Manifiesto para las chicas listas

Manifiesto para las chicas listas

La periodista Lucía Litjmaer presenta Yo también soy una chica lista (Destino), un manual divertido y ameno para mujeres inconformistas y desafiantes

Qué vergüenza, ¿no? Un manifiesto. Así, a lo loco. En realidad, no tanto. En realidad, esto es un cúmulo de apuntes que resumen, sin teorización alguna, lo que a mí me hubiera gustado oír cuando empecé a pensar acerca del lugar que ocupamos en el mundo. El resultado de conversaciones, discusiones y charlas con mujeres que se dieron el Golpe en la Cabeza e intentaron luchar contra la sensación de sentirse impostoras, las injusticias constantes y absurdas en la intimidad y en el trabajo, la apremiante y terrorífica imposición mediática de lo que teníamos que ser y en realidad no somos.

Así que no, no es un manual de instrucciones, no son consejos, sino más bien unos principios básicos que pueden servir de ayuda y a los que llegué solo gracias a la ayuda de mujeres brillantes.


1.
El feminismo es variado, ¿y qué?

Uuuuh, las feministas se pelean todo el día entre sí. Uuuuh, esa es una abolicionista y la otra es radical. Uuuuh, esa es anarcofeminista.

Nada le gustaría más al sistema que nos rodea que, como en La vida de Brian, la película de Monty Python, los diferentes grupúsculos que componen la lucha feminista acabaran enfrentados hasta la implosión por puro desgaste. Ja. Sigue soñando, chaval.

El mayor mito sobre el feminismo es que su extremada pureza hace que sea inaplicable a gran escala. Y lo cierto es que es una falacia como la copa de un pino: hay corrientes diferentes, posturas variadas e incluso enfrentadas, pero la realidad demuestra que están de acuerdo en lo esencial. Y eso es ampliar los derechos de las mujeres, recortar sus desigualdades y que vivamos en una sociedad más justa.

El feminismo, o más bien, los feminismos han logrado a base de lucha y presión todos los derechos que disfrutamos las mujeres hoy en día. TODOS. Si eso no es una razón para hacerte feminista, ya me dirás. ¡Viva!


2.
Si te hace sentir bien, es bueno para ti. Ya sea un bocadillo o una persona

¿Fácil, eh? Pues así es. Evidentemente, tiene su letra pequeña. Que te haga sentir bien sin que después te sientas fatal. Que te haga sentir bien como te hace sentir un buen concierto, una ducha en el infierno, conspirar contra los malos, ese tipo de cosas.

El truco es la falta de comparación: a las mujeres nos han enseñado a tener que cumplir una imagen aspiracional imposible, y esa imagen se nos repite constantemente. Ya sea como un anuncio de perfume francés o un montaje musical de películas románticas —¿alguien ha follado alguna vez como se folla en las
películas?—, cumplir el ideal es imposible.

Por eso, independientemente de las contradicciones, independientemente del hecho moral que haya detrás, hay cosas que te hacen sentir bien. Practícalas.

Un día puede que incluso se conviertan en algo que te salve la vida.


3.
Jamás vayas hacia el lugar donde la música se pone tétrica (a menos que lleves un hacha en la mano)

Hablando de vivir: ¿a que mola? O, al menos, ¿a que mola una gran parte del tiempo? Sin ningún tipo de fármaco en el cuerpo puedo afirmar que vivir es mejor que cualquiera de las otras opciones posibles. Es por eso que doy el único consejo que se me ocurre después de ver muchas pelis: si eres un personaje de ficción, no sigas avanzando en el bosque a oscuras.

¿Oyes cómo los violines son cada vez más tensos y rápidos?

¿Y no se te ha ocurrido que pueda ser porque en esa cabaña solitaria, en esa escalera que cruje, en ese rincón de la fábrica deshabitada PASA ALGO MALO? Esto se lo digo únicamente a personajes de ficción, y ¿sabes por qué? Porque alguien ordena sus movimientos. Es decir: hay un/a director/a, un/a guionista, una actriz. En el mundo real no. Porque en el mundo real una mujer no debería tener miedo volviendo a casa sola por la noche, en un bosque, en un pasillo que no termina nunca. Porque una mujer no es un objeto, porque una mujer no es un personaje, porque una mujer es un ser humano.


4.
Si te hace sentir mal, gorda o fea, no es bueno para ti. Ya sea un bocadillo o una persona

O un jefe. O el amor. O la depilación integral. La idea del amor que hace sufrir, de que la letra con sangre entra, la del sacrificio constante para llegar a la realización, es tan solo una manera muy sencilla de justificar el sometimiento. Por supuesto, no me refiero a que la vida sea un baile de hedonismo y martinis—o no, al menos, fuera de mis sueños—. La rutina existe, como existen el tedio, el esfuerzo y las acelgas. Pero hay algo que se nos inculca, ya no necesariamente desde la familia, sino desde todas y cada una de las narrativas que tenemos alrededor: el amor duele si es de verdad. Si no duermes, no comes y sobre todo no SUFRES por amor, no has estado enamorada.

Analicémoslo como se merece: ¿realmente debemos sufrir para amar? ¿Qué chorrada es esa? No me refiero a tener nervios por las ganas de ver a la persona amada, no. Los mitos del amor romántico: Cleopatra y Marco Antonio, Cumbres borrascosas, Duelo al sol…, todas son parejas alzadas al cielo del amor destructivo y por tanto poderoso que hace que cualquier otro amor palidezca a su lado.

Pero… ¿realmente es así? Cathy y Heathcliff acaban fatal de lo suyo, y Gregory Peck le da una patada LITERALMENTE a Jennifer Jones antes de confesar que sí, que la ama profundamente. Angelito. Ninguna historia de amor que realmente triunfe parte de la anulación de la otra persona, de socavar la intimidad del otro, de normalizar el conflicto. Si te monta un pollo cada vez que puede, no te quiere. Como poco, solo se está haciendo el guion de su propia película.


5.
La belleza dejará de ser tu principal currículum tarde o temprano (a menos que salgas en Supermodelo o seas un robot)

La belleza es opcional. Parece mentira, ¿eh? Pero sí, la belleza, independientemente de todo lo que digan los anuncios, los medios y en general todo lo que tienes a tu alrededor, no es una obligación. Probablemente ahora no respiras aliviada, porque ninguna lo hacemos, pero es importante recordarlo: ser guapa no es una casilla necesaria para ser mujer, solamente se concibe como tal para resultar deseable. Si has nacido con el cálido confort de gustar inmensamente por tu físico, hay quien lo verá como una suerte. En cualquier caso, no se lo debes a nadie, todo lo tuyo es exclusivamente tuyo.

Seas convencionalmente guapa o no, ten un plan más allá de esa lotería genética. Estudia, lee, trabaja. Porque, tarde o temprano, el sistema te dirá que eres obsoleta, vieja o no lo suficientemente flaca. Francamente, bastantes exámenes tiene la vida como para no optar a nada más que a un muro de lamentaciones hecho de gente a la que siempre decepcionarás. Además, estamos convencidas de que «porque yo lo valgo» tiene que ser algo más que un lema para vender champús.


6.
A partir de los doce años, todo cuesta

Seguir el consejo anterior te hará poco cómplice del status quo. Y eso tiene consecuencias: la más importante es que no gustarás a muchos. Qué rollo. Toda la infancia creyendo que si trabajabas duro y hacías caso a los demás te iría bien en la vida, ¿eh? Es mentira. El mundo a tu alrededor te miente, ese es uno de los primeros lemas, y, si no, pregúntaselo a Justin Bieber, ahí, cantando en playback cada vez que puede.

No te preocupes, el dolor de saber que no gustarás siempre acaba pasando. Te dura lo que tardas en entender que en realidad no querías gustar a todo el mundo, que hay gente asquerosa por ahí suelta de la que no quieres ser espejo.

Lo más importante de ser feminista es darse cuenta de que, como en todas las demás luchas sociales, nadie ganó nada siendo complaciente. A cambio tendrás trolls, incomodidad laboral y algún que otro desengaño con quienes pensabas que eran tus aliados naturales. Pero las amigas te salvarán. Ganarás muchas y serán constantes, leales y divertidas.


7.
Ríete

Hablando de diversión. El punto uno del decálogo de cómo ligarte a un tío siempre ha sido: no seas graciosa. No, rectifico: el punto uno es que no hables de ti misma,
pero, si lo haces, por favor, NUNCA JAMÁS seas graciosa. Estoy mintiendo, pero no en lo esencial: ese decálogo en realidad no necesita ser escrito. Porque está ahí, grabado a fuego ya no en el ADN sino en la cultura popular mediática como la conocemos. ¿Lista? Bien. ¿Guapa? Ideal. ¿Graciosa? Perdona, acaba de estallar el cerebro del guionista, ¿y si mejor la hacemos vulnerable?

Bienvenidos a la Nueva Era, en la que la Tierra es redonda, hemos descubierto la penicilina y la capacidad de las mujeres para hacer reír. Hay mujeres graciosas por todas partes, y curiosamente no tienen tres cabezas ni escamas. Eso sí, tienen tetas, e incluso alguna que otra hará chistes sobre ellas. Disfruta del humor y únete.


8.
Crees que realmente quieres ESO pero a lo mejor no lo quieres

Insisto: son los amigos y las amigas los que te salvarán con sentido del humor y lealtad, no un par de zapatos o todo ese chocolate lujurioso de la publicidad. Si hay una imagen humillante es la de los anuncios en los que una mujer desea, indefectiblemente, no un mejor salario o que el pesado de contabilidad deje de tirarle la caña, sino una barrita de chocolate.

¿Qué somos, un cocker spaniel esperando su huesito? No importa lo que diga la televisión, no importa lo que digan los catálogos: una gran cantidad de velas aromáticas no te hará más feliz, es solo una solución del capitalismo para mantenerte a flote hasta el próximo anuncio.

A lo largo de una larga experiencia por las teletiendas de fin de semana en la madrugada, he descubierto que nada de lo que te prometan que es mejor que el sexo es mejor que el sexo. A menos que sea sexo.

Y nada que pretenda sustituir a una experiencia real será, jamás, una experiencia real.


9.
Discute, te hace mejor

«¿Qué hace una mujer callada? Es que se le ha estropeado el teléfono.» Ja, ja, ja. Hay cincuenta mil variaciones de este chiste rulando por ahí. La mayoría proviene de una muy arraigada idea de que a las mujeres hay que callarlas, porque no cesan de parlotear.

No vamos a gastar energía en derribar un estereotipo machista, sino que vamos a potenciarlo.

¿Que hablo mucho? Ya verás tú lo que puedo llegar a hablar. Porque sí. Porque me da la gana. Porque es necesario discutir para avanzar. Y, sobre todo, porque si hablo desmonto la principal idea que hay detrás de hacerme callar: las cosas no hablan.

A lo largo del camino encontrarás maneras de discutir. Algunas escuecen más que otras. En algunas tu interlocutor alzará las cejas y entornará la comisura
de los labios. Esa mueca la reconocerás como el Rictus Condescendiente Para Contrarrestar a Feministas.

Es tan peligroso como un troll, porque está destinado a minimizar tu discurso. En otras ocasiones, en las discusiones alguien aportará datos o enfoques que te hagan crecer y aprender.

Pero, lo mejor de todo, encontrarás un mundo plagado de gente queriendo charlar y argumentar y contradecir y de todo ello aprenderás. Y todo partirá siempre de la premisa de que tu opinión, por defecto, por el mero hecho de tenerla, merece ser tenida en cuenta.


10.
Pase lo que pase, cuéntalo

Es lo verdaderamente importante. No te lo calles. Cuéntaselo a alguien. Sea lo que sea, y cuanto más haya impactado en tu vida, más debes hacerlo. Claro, da pudor. A mí me pasa, aquí, hablando de mis cositas, siempre con una voz interior que dice:

«¿Por qué cuentas eso, no te da vergüenza?». Por supuesto que me da vergüenza, especialmente cuando sé que corro el riesgo de que se me tome poco en serio, que lo que cuento se piense como una experiencia menor. Pero no lo es, nunca lo es. Porque
estamos ávidas de historias, de narraciones, de experiencias.

Porque hemos aprendido, año tras año, hecho tras hecho, que lo que nos pasa es cultural, pero además es político. Y que todos los verdaderos cambios políticos empiezan cuando alguien cuenta algo por primera vez. Los movimientos en favor de los derechos civiles, los campesinos durante la revolución china, las mujeres en Argentina con el movimiento Ni Una Menos. Si no lo cuentas, no existe. Si no lo narras, no pasó. Y cada vez que intentan convencerte de que estás sola, de que tus sensaciones son individuales, hay una única manera de contradecir esa mentira: contándolo y viendo qué pasa. Te garantizo que ninguna experiencia está aislada, que siempre habrá alguien que ha pasado por algo así antes.

http://www.eldiario.es/cultura/libros/Manifiesto-chicas-listas_0_645336373.html