¿QUÉ PERFIL DOCENTE SE NECESITA PARA MEJORAR EL SISTEMA EDUCATIVO? por Juan de Dios Fernandez

¿QUÉ PERFIL DOCENTE SE NECESITA PARA MEJORAR EL SISTEMA EDUCATIVO? por Juan de Dios Fernandez

Sin lugar a duda se necesitan muy buenos docente, pero ser buen docente es necesario, pero no suficiente. Todos conocemos el dicho africano “Para educar a un niño hace falta toda la tribu”. Pues eso hay que aplicarlo a los centros… “Para educar a niños y niñas hace falta todo el colegio

Hay que ser consciente de que el trabajo en equipo es “imprescindible”, pero no solo trabajar en equipo, también el “aprender en equipo” , lo que sé es de todos, lo comparto y además siempre aprendo de mis compañeras y compañeros. Mi éxito no es completo si no es éxito entre todos. Ese es el perfil profesional que da seguridad cara al futuro. Esa es la actitud que mejora la calidad educativa de un país.

EXPONEMOS A CONTINUACIÓN EL ARTICULO PUBLICADO EN EL CONFIDENCIAL DONDE HéCTOR G. BARNéS PLANTEA QUE PUEDE SRR UNA MALA NOTICIA YA QUE COMO ÉL DICE :” este premio bienintencionado –que promete “reconocimiento de sus logros a nivel nacional e internacional”– dice poco del estado de la docencia en un país determinado, hace poco por mejorar las condiciones materiales del resto de profesores e incluso puede ser contraproducente si termina dando pie a una nueva cultura del profesor estrella.”


Un español puede convertirse en el mejor ‘profe’ del mundo, y quizá sea mala noticia

Hemos colado a tres candidatos al premio en los últimos años, pero algunos docentes temen que estemos a las puertas de la era del docente estrella y la competición en las aulas

 

El próximo mes de marzo, conoceremos cuál es el “mejor profesor del mundo”. O, mejor dicho, el ganador del Global Teacher Prize, el galardón otorgado por la Fundación Varkey que desde hace cuatro ediciones reconoce al docente más sobresaliente del planeta. Entre los 50 candidatos figura el profesor gaditano de 42 años Xuxo Ruiz, que imparte clase en el colegio público San Sebastián de Albaida del Aljarafe (Sevilla) y es autor de ‘Educando con magia’. Lo que le diferencia de otros aspirantes es lo que él denomina “magiasterio”: desde que comenzó a impartir clase, a finales de los 90, ha utilizado la magia como una herramienta de enseñanza, motivación y resolución de conflictos.

Otro año más, los españoles estamos de enhorabuena. En la edición de 2017 fue David Calle, el profesor ‘youtuber’, quien aspiró a alzarse con el premio. En 2015, fue el hoy en día muy célebre César Bona quien optó al millón de euros que entrega la cadena de colegios privados. Tres profesores españoles en cuatro años. No está nada mal. Sin embargo, este premio bienintencionado –que promete “reconocimiento de sus logros a nivel nacional e internacional”– dice poco del estado de la docencia en un país determinado, hace poco por mejorar las condiciones materiales del resto de profesores e incluso puede ser contraproducente si termina dando pie a una nueva cultura del profesor estrella.

¿Es necesario convertir un servicio público cuyo objetivo es formar personas en un espectáculo y una competición invididual?

El camino al infierno está asfaltado de buenas intenciones. No dudo de la capacidad como profesores de nuestros candidatos españoles: he entrevistado a dos de ellos –Bona y Calle– y me resultan creíbles, enamorados de su actividad y considero que, cada uno a su manera, han resultado de gran ayuda a sus alumnos, sea en un aula o a través de internet, como ocurre con el madrileño. No obstante, sospecho que suponen una excepción que puede contribuir a dar una imagen equivocada de en qué consiste la docencia y su trabajo diario, generalmente, una labor de hormiga paciente, enfrentada a retos cotidiano, casi triviales vistos desde fuera, y realizada en equipo junto al resto del claustro, que nada tiene que ver con un galardón individual. Es posible que muestren el camino de la modernización del profesor, pero esa cada vez parece más lejos de los más de 600.000 profesores españoles que naufragan entre programaciones, burocracia y sabotaje legislativos varios.

David Calle optó al premio en la edición de 2015. (Efe/Unicoos)
David Calle optó al premio en la edición de 2015. (Efe/Unicoos)

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A medida que pasan los años, son cada vez más los docentes que muestran sus reservas sobre el premio, cuando no directamente se lo toman de forma, ejem, irónica. Algunos de ellos objetan, por ejemplo, que Calle, es un profesor “virtual” que no pisa el aula; otros temen que de repente estas nuevas figuras se conviertan en el rasero por el que será juzgado su trabajo. Es lógico preguntarse si es necesario convertir un servicio público cuyo objetivo es formar y educar a los niños en un espectáculo y una competición. Si se desprecia el Balón de Oro porque se trata de un premio individual en un deporte en equipo, ¿por qué aceptar un equivalente en el mundo del profesorado, que desde luego no es una competición, por mucho que sus galardonados nos parezcan meritorios? ¿Y si debajo de esta reivindicación hubiese una redefinición (interesada) del rol del profesor?

Cuando todo es un ‘talent show’

Hoy, uno puede poner la tele y ver competiciones con un toque de ‘reality’ en cualquier profesión. Todo comenzó con la música a la manera de la academia de talentos, pero ya no hay campo que potencialmente no pueda convertirse en un ‘talent show’. La cocina, obviamente, pero también otras dedicaciones ‘cool’ como el emprendimiento… o los propios profesores, a través de la excusa de la “innovación”. Quizá no falte mucho para que estrenen un concurso para encontrar al mejor médico de cabecera, al conductor de autobuses más eficiente, al barrendero más carismático o el bombero más vanguardista. Es una reducción al absurdo, pero que nos recuerda que quizá no todo deba convertirse en una competición.

El esfuerzo del profesor suele reconocerse con el tiempo, cuando ha dejado su huella en distintas generaciones. Es un trabajo íntimo, de hormiguita

Detrás de este cambio de paradigma se encuentra un paso más de la espectacularización de todos los aspectos de nuestra vida, desde nuestras costumbres sexuales hasta los hábitos de consumo pasando por el empleo. Este ya no es una actividad más o menos agradable y vocacional por la que a cambio de una remuneración mensual mejoramos nuestra comunidad, sino parte consustancial de nuestra identidad gracias a la cual podemos disfrutar del aplauso inmediato y el reconocimiento ¡internacional! de nuestros iguales. Pero la de profesor, como la mayoría de profesiones, es una labor anónima e íntima, y no hay nada malo en que sea así. El maestro de Albert Camus no es célebre por haber dado clase al Nobel, sino sobre todo por los “esfuerzos, trabajo y corazón generoso” que quiso reivindicar el autor de ‘La peste’.

Porque, ¿qué demonios significa que alguien sea el mejor profesor del mundo? ¿Que ha conseguido que sus alumnos adquieran una gran cantidad de conocimiento y que saquen buenas notas, que ha dado una oportunidad de formarse a estudiantes que de otra manera estarían destinados al fracaso o que, después de décadas y décadas de ejercicio, sea recordado por sus alumnos con cariño y respeto que quizá emergieron a lo largo del tiempo, años después de abandonar el colegio? Ninguna de estas cosas es inmediata: el verdadero reconocimiento de un profesor se produce a largo plazo. Hace unos días se viralizó la emocionante despedida que los compañeros de Agustín Moreno, antiguo profesor en un colegio de Vallecas y veterano sindicalista, le dedicaron. Ese quizá sea un buen Global Teacher Prize.

Lo que muchos docentes sienten es que la labor de estos otros profesores estrella no se parece en nada a su labor diaria, de igual manera que el Premio Pulitzer es para la mayoría de periodistas una entelequia. En la mayoría de casos, los ganadores suelen serlo por razones excepcionales –Hanan Al Hroub es una profesora palestina que da clase en Cisjordania, Maggie MacDonnell ha trabajado en una pequeña y conflictiva escuela rural inuit del Ártico– o por su capacidad innovadora (como la canadiense Nancie Atwell) lo que sugiere que la labor oscura, diaria y poco llamativa de la mayor parte de profesores no es susceptible de obtener el galardón. Es otra frustrante división para un trabajo poco reconocido: está la anónima masa gris y la élite hipermotivada y superinnovadora.

Una comercialización sutil

No hay que perder de vista qué clase de organizaciones están detrás de este proyecto, o de otros semejantes llevados a cabo en nuestro país. Como ya explicamos en su día, la Fundación Varkey es propietaria de una de las grandes cadenas globales de colegios privados, con 130 centros repartidos en 20 países. Según ‘Forbes’, el patrimonio de Sunny Varkey, su presidente, ronda los 2.100 millones de dólares. El premio, no obstante, intenta recordar que la de docente es “la profesión más importante del mundo”. Pero ¿qué clase de profesor?

¿Qué mejor que crear una élite del profesorado como reclamo comercial en un entorno de creciente competitividad en la formación privada?

A muchos docentes les sonará la reivindicación del millonario, que explica que decidió otorgar el premio tras comprobar que “la imagen y el respeto por los profesores se encontraba en declive”. Sin embargo, los rasgos de los finalistas de las economías desarrolladas se encuentran más cercanos a una nueva estirpe de docentes con valor añadido que al antiguo canon del profesor tradicional, que asumía que su labor era forzosamente local. Que este no hiciese Innovación con mayúscula –o que no publicase libros con sus experiencias, o que no las conceptualizase para exponerlas en una bien pagada conferencia– no quería decir que no innovase; tan solo, que la herramientas que improvisaba no eran homologables a un Método Definitivo™. El importante era el alumno, no el profesor.

Si hay alguien a quien le interese que ese foco cambie quizá sea la educación privada, que no se circunscribe a los colegios de pago, sino que abarca cursos online, academias, másteres y toda es industria de la formación que ahuyenta los fantasmas del paro a cambio de un puñado de euros. ¿Qué mejor que crear una élite del profesorado para tener un reclamo comercial idóneo en un entorno de creciente competitividad, alguien con un método único e intransferible que atraiga a cientos de potenciales clientes? Nada que ver con el papel cercano que solían jugar los profesores en un pasado no tan lejano, valorados por formar parte de la misma comunidad en la que crecían los niños. Un colaborador diario con quien poder hablar, no una estrella de la televisión.

Estos recogían el fruto de sus esfuerzos a lo largo del tiempo. A veces, a fin de trimestre o de curso. A menudo, pasadas las décadas, cuando se reencontraban con esos alumnos ya adultos que reconocían que, a pesar de las broncas y los castigos, se habían convertido en quien eran gracias a ellos. Lo confieso, mi padre también era profesor –y mi madre, pero esa es otra historia–, y durante el último año, gracias a los misterios de las redes sociales, decenas de sus antiguos alumnos se han puesto en contacto conmigo con el objetivo de que le transmitiese sus saludos, recordándole como uno de los mejores profesores que tuvieron nunca. Quizá nunca habría podido aspirar al Global Teacher Prize, pero estoy seguro de que su trabajo dejó una entrañable huella. Quién necesita más.


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