“CORSA Y LA RAJA SANTA” por Jose Enrique Granados

“CORSA Y LA RAJA SANTA” por Jose Enrique Granados

Esta es la leyenda que recogí de la tradición oral del pueblo, pero era tan verosímil, tenía tantos datos sobre la vida e historia de Sierra Elvira, que quedé fuertemente impresionado y hasta deseé y sospeché en el fondo auténtico e histórico qué pudiera haber tras la leyenda
Vivía en Atarfe una viuda morisca, llamada Corsa. Alazaque, su único hijo, era el recuerdo vivo de su feliz matrimonio, continuador del oficio de su padre, que era alfarero, fue siempre la ilusión de su vida.
Corsa, en vida de su esposo, había sido bautizada en secreto, con el nombre cristiano de Aldonza. Fiel practicante y cumplidora de todos los preceptos cristianos, era bien vista entre los suyos por su sentido caritativo y porque, en recuerdo de su fallecido esposo, nunca pudieron conseguir con ruegos y amenazas que se quitara el velo con que cubría su cara, circunstancia muy bien considerada por todos los de su raza.
Corsa, no por miedo, sino por evitar discusiones con los suyos, con los que tenía que convivir, había bautizado secretamente a su hijo Alazaque con el nombre cristiano de Antón. Sus padrinos fueron don Baltasar Alguacil y doña Guiomar de Toledo, su esposa.
Pasó el tiempo, y Antón Alazaque cumplió los diecinueve años. Educado siempre bajo la vigilancia amorosa de su madre, había crecido como un muchacho ejemplar, pero por pertenecer a la raza vencida, sus amistades fueron moriscos como él, soportando con valentía humillaciones y malos tratos de parte de los que se llamaban y consideraban cristianos viejos.
Con el tiempo los contratos de rendición de los Reyes Católicos se habían ido olvidando, y la muerte de dichos monarcas terminó por borrar todo recuerdo de lo capitulado. El malestar de los moriscos era cada día mayor, y los moriscos de Atarfe confabulados con los del Albaicín y los de las Alpujarras solo aguardaban las campanadas de la Torre de la Vela para dirigirse contra Granada y apoderarse de nuevo de la ciudad. Las autoridades granadinas no ignoraban estos movimientos de rebelión, y hasta se enteraron de la reunión secreta en el Albaicín en la que los moriscos nombraron rey a don Fernando de Córdoba y de Válor, caballero veinticuatro del Ayuntamiento granadino, con el nombre de Aben-Humeya.
Enterado de todo esto el monarca español Felipe II, envió a su hermano don Juan de Austria para reprimir la sublevación, ya iniciada en las Alpujarras. Las órdenes fueron fulminantes: los moriscos de edad de siete a sesenta años fueron concentrados en las iglesias de los pueblos para ser luego trasladados a otras regiones interiores de España. Muchos moriscos de Atarfe se refugiaron en Sierra Elvira, llevando consigo sus riquezas, que ocultaban para evitar la codicia de la soldadesca, y esperando que los acontecimientos cambiasen y mejoraran.
Entre los refugiados en la sierra estaba nuestro ya conocido Antón Alazaque, pero por el gran cariño que tenía a su madre no pudo aguantar mucho tiempo sin verla, y un día, desesperado, bajó al pueblo, donde al momento fue visto, hecho prisionero, y atado con otro morisco también escapado, fue deportado a Ciudad Real.
Podemos imaginar cuáles fueron los sentimientos de la madre viuda por la pérdida de su amado hijo, aunque pocos pudieron ser testigos de tales sufrimientos maternos, pues la desdichada madre nunca más sería vista en el pueblo.
Y así pasó el tiempo, se olvidaron todas estas cosas cuando empezaron a oírse rumores de que en la Raja Santa, lugar poco frecuentado por haber habido en sus proximidades un cementerio, se veía pasar una mujer que tenía allí su refugio. En las horas de menos gente, salía con su cara tapada para tomar agua de una fuente próxima con la cual se suministraba Atarfe. De dicha fuente se alimentaba un pilar que existió junto a nuestra iglesia, en el Álamo Gordo.
Toda la gente se preguntaba muy extrañada cómo sería la forma de alimentarse de aquella extraña mujer que hacía vida de ermitaño, y hasta se pensó que fueran las alimañas del monte o incluso los ángeles los encargados de alimentarla y de cuidar de ella.
Por aquel tiempo y muchos años después Sierra Elvira fue refugio de asaltantes de caminos, huidos de la justicia y de toda clase de malhechores, pero todos ellos encontraron en esta santa mujer consuelo, consejo, y para algunos fue tabla de salvación al llevarlos al buen camino.
En el pueblo andaban los pareceres muy encontrados: para unos era “la santa”; para otros, “la loca”. Para todos tenía ella la misma frase, al tiempo que ofrecía su socorro: “Que mi hijo encuentre en su necesidad la misma protección que yo te doy.”
Cada día crecían las pruebas de su bondad: un muchacho que se cura, una enferma que mejora; todos pensaban en una ciencia profunda o conocimiento de las virtudes de las plantas, pues nadie que a ella acudiera regresaba sin traer cocimiento, elixir o poción, con los que hiciera más llevadero su mal. Todo ello lo hacía sin aparente interés, aunque sí con la misma frase: “Que mi hijo encuentre en su necesidad la misma protección que yo te doy.”
¡Quién pudiera pensar que esta santa mujer fuera la morisca Corza! Difícil era, ya que nunca se dejó ver la cara. Y así pasaron los años, hasta que un día fue encontrada muerta a la entrada de la Raja Santa, con las rodillas hincadas en el suelo, la mirada dirigida al cielo, con una expresión de alegría y una actitud recogida y devota. Nadie ante este cuadro podía pensar que estaba muerta; para todos fue esto más bien confirmación de su santidad. Su entierro fue una total manifestación de fervor y de reconocimiento de todo el pueblo.
Pasaron muchos años y siempre ocurría que en el día y mes que murió mucha gente debía ver una procesión de cirios que desde la Raja Santa se dirigía hacia nuestra iglesia, al lugar donde estuvo el cementerio de San Miguel.
Esta es la leyenda que recogí de la tradición oral del pueblo, pero era tan verosímil, tenía tantos datos sobre la vida e historia de Sierra Elvira, que quedé fuertemente impresionado y hasta deseé y sospeché en el fondo auténtico e histórico qué pudiera haber tras la leyenda. Primero supe que mi narrador había aprendido la leyenda de su abuelo. Luego, no contento con retroceder al siglo XIX, conociendo los inmensos tesoros históricos de los archivos parroquiales, consulté el de Atarfe, y allí pude encontrar en los primeros libros de bautismos los nombres cristianos de Aldonza y Guionar, así como los árabes de Corza y Alazaque, de frecuencia bien probada. También pude saber que doña Guiomar de Toledo fue madrina de muchos moriscos, pues figura como tal en los mencionados libros. Todo esto era algo verdaderamente prodigioso. El narrador de la leyenda jamás tuvo ocasión ni posibilidad de consultar dichos archivos. Lo más significativo a favor de la tradición histórica y del origen remoto de la leyenda ocurrida en el mismo siglo XVI, a raíz de los hechos que narra, es que el mismo narrador nada sabía de la existencia de la fuente en Sierra Elvira ni del cementerio de la Raja Santa, recientemente descubierto, ni del otro de San Miguel, junto a la iglesia, y tantos detalles que no pudieron ser de invención reciente, sino apoyados en la tradición y en la historia.
Leyenda recogida por don José Osuna Jiménez y publicada en el texto titulado Historias de Atarfe. En la fotografía, entrada a la Raja Santa en abril de 1956. Algunos le achacaban el origen de los terremotos de aquel año.
Curiosidades elvirenses.