Muchos años de gobierno, casos de corrupción, políticas acomodaticias, incoherencias ideológicas o imposibilidad de hacer frente a los problemas reales de la ciudadanía provocaron que buena parte del electorado socialista andaluz se quedara en su casa y no acudiese a votar. El desencanto por un proyecto socialdemócrata agotado desde hace más de una década hizo que la abstención se convirtiese en la tumba del socialismo andaluz. Susana Díaz ganó las elecciones, sí, pero previsiblemente cederá el gobierno a una coalición de las derechas en la que los ultrafascistas tendrán un papel fundamental en la gobernabilidad de Andalucía.

El mismo desengaño es el vivido en las filas de la coalición de Izquierda Unida y Podemos. En este caso no hablamos de una cuestión de medidas adoptadas que fueran en contra de los intereses o las necesidades ciudadanas sino, precisamente, todo lo contrario, es decir, la imposibilidad de llevar el activismo sobre el que se asentó el nacimiento de la marca Podemos a las instituciones para que las reivindicaciones del pueblo alcanzaran los estadios de poder sin ningún filtro. No lo han logrado, de momento, y el castigo ha sido la abstención.

A diferencia de otros países, el votante de izquierdas español no bascula el sentido de su voto y no castiga depositando la papeleta del oponente en la urna. El votante progresista español busca dar el escarmiento a sus políticos quedándose en su casa. Ese es el error que comete el pueblo porque la derecha moviliza siempre a su electorado. Si sumamos los votos de los diferentes partidos conservadores podemos comprobar que suman prácticamente el mismo porcentaje que cuando la única opción era la del PP.

Sin embargo, el acomodamiento también ha podido venir por la seguridad en la victoria. Todo el mundo daba por hecho un pacto de gobierno entre PSOE y Adelante Andalucía porque lo que perdiera Susana Díaz se daba por descontado que pasaría a la confluencia IU/Podemos. Sin embargo, no ha sido así y las consecuencias ya son irreversibles.

En un colegio electoral un señor decía a una periodista que los que no fueran a votar que después no se quejaran. Ahí está el quiz, la sabiduría popular.

El problema de estas elecciones andaluzas está en que, además de los actores civilizados de la derecha (PP y Ciudadanos) había entrado en escena un actor nuevo y peligroso: VOX. La desafección también estaba instalada en el bloque conservador, pero, a diferencia de los progresistas, sus votantes sí que castigan llevándose su papeleta a otro partido y, en este caso, la gran mayoría de los votos perdidos por el PP han ido a parar a VOX.

Esta situación de desafección transformada en abstención recuerda a un discurso de la película V de Vendetta porque ahí podemos comprobar cómo el quedarse en casa, «en la comodidad del hogar», puede tener consecuencias irreparables para la convivencia democrática:

«La verdad es que en este país algo va muy mal, ¿no? Crueldad e injusticia, intolerancia y opresión. Antes tenías libertad para objetar, para pensar y decir lo que pensabais. Ahora, tenéis censores y sistemas de vigilancia que os coartan para que os conforméis y os convirtáis en sumisos. ¿Cómo ha podido ocurrir? ¿Quién es el culpable? Bueno, ciertamente, unos son más responsables que otros. Y tendrán que rendir cuentas. Pero, la verdad sea dicha, si estáis buscando un culpable, sólo tenéis que miraros al espejo. Sé por qué lo hicisteis, sé que teníais miedo ¿Y quién no? Guerras, terror, enfermedades. Había una plaga de problemas que conspiraron para corromper vuestros sentidos y sorberos el sentido común. El temor pudo con vosotros y, presas del pánico, acudisteis al actual líder […] Os prometió orden, os prometió paz. Y todo cuanto os pidió a cambio fue vuestra silenciosa y obediente sumisión».

Por

José Antonio Gómez

VOX se nutrió de la desafección… como ya ocurrió con Hitler