«El canal de la vía Augusta»  en los asentamientos de Medina Elvira.

«El canal de la vía Augusta» en los asentamientos de Medina Elvira.

Una acequia recuerda el camino del agua entre Deifontes, Elvira e Ilurco hace más de dos milenios. Discurre entre olivares y monte bajo, es una puerta en el tiempo que permite imaginar el acueducto que abastecía villas y campos.Desde el aire se aprecian unos muretes de piedra en forma de embudo que cruzan sobre una conducción de aguas de color verde intenso. Son pasos de remoto origen y pequeños diques de contención de tierras que evitan que los desprendimientos cieguen los canales. Aparecen al suroeste de Deifontes, a lo largo del cauce del río Cubillas y poco antes de llegar al pantano.

No es más que una vieja acequia de regadío que alimenta plantaciones de olivos y antiguos secanos, pero su trazado marca un camino similar al que hace más de dos milenios, en el siglo II antes de Cristo, recorría el agua desde Fonte Dei, la fuente de los dioses, hacia las villas y cultivos que en el curso medio del actual Cubillas colonizaban las tierras de Ilurco, el Pinos Puente romano, y los asentamientos que después se convirtieron en Medina Elvira y dieron origen a Ilíberis y Granada.

Lo hacía a través de acequias y un largo acueducto del que aún se conservan algunos restos. Una obra hidráulica confirmada en 1996 por los especialistas de la Universidad de Granada, Orfila Pons, Castillo Rueda y Casado Millán, y que conectaba villas también estudiadas en las márgenes del pantano, conocidas como las del Canal y la de Cubillas. (…)

Es una inmersión en la historia. Una puerta de conexión hacia épocas que establecieron las claves del futuro de un territorio donde aún perviven paisajes dibujados por usos centenarios. Es posible imaginar la red hidrológica que serpenteaba junto a los caminos que conectaban con la calzada, que en los primeros tiempos de la Hispania romana enlazaba el sur de la península con la Galia, la llamada vía Augusta, que al parecer pasaba por las tierras de Agatucci, que aunque no existen evidencias físicas, parece ser que era la localidad de Iznalloz, a muy pocos kilómetros aguas arriba de Deifontes. La acequia que hoy es posible recorrer utiliza senderos marcados por la historia, el camino que desde el sur podía ascender hacia el norte peninsular.

La acequia parte desde el río Cubillas a la salida de Deifontes. Se oculta hasta aparecer en superficie a solo kilómetro y medio del pueblo para recorrer algo más de 700 metros y llegar hasta un gran caserío agrícola que se sitúa como punto en el que se encuentran pasos de ganado y diques, modificados a través de los años pero que muestran signos de fábrica posiblemente romana o romanotardía.

Desde la antigua carretera hacia Deifontes, parte un camino a la derecha con la señalización municipal: ‘Presa de los Prados’. Conecta con un puente sobre el Cubillas desde el que se aprecia una densa vegetación de ribera con alamedas, zarzales, sauces, y donde es fácil deleitarse con los sonidos de ruiseñores, lavanderas y bisbitas. Casi de inmediato, el carril cruza la vía del tren (en uso y con un paso a nivel sin barrera) y se interna en tierras de propiedad privada. A solo un centenar de metros está el cauce de la acequia, que al noreste sube hacia Deifontes, y al suroeste, aguas abajo, recorre algo más de un kilómetro entre espacios de monte bajo, un improvisado sendero que es posible realizar sobre el pretil del canal hasta que vuelve a ocultarse bajo la tierra para aparecer más allá, tras las lomas de olivares del término de Albolote.

El viaje hacia la Granada romana continúa en la antigua carretera de Madrid, poco después de pasar bajo la actual autovía en dirección a Cubillas, a la derecha, se ven los restos de una villa, denominada del Canal, que estaba relacionada con otra situada en la ruta que desde ese punto bordea la cola del pantano y se dirige hacia la Estación de Calicasas. Solo es posible verla si sobrepasa el talud bajo el que discurre la carretera y tras las vías del tren. Son las construcciones asociadas a los caminos del agua que hace dos milenios saciaron la sed de los primeros pobladores de Ilíberis y su metrópoli.