‘Bullying’ en la familia: qué pasa cuando tu acosador es tu hermano

Este tipo de abuso permanece oculto, pese a que se ha calculado que es hasta tres veces más común que el escolar

Verónica Palomo

Se trata de un tipo de maltrato del que apenas existen datos con los que calcular su prevalencia: el bullying entre hermanos, una violencia que se produce en el núcleo familiar y que no es fácil identificar. Ahí, precisamente, radica el desafío: ser capaces de distinguir entre una rivalidad normal entre hermanos y una interacción fraternal abusiva.

No hay muchos estudios al respecto, pero el profesor de psicología Mark Kiselica, de la Universidad de Cabrini, en Pensilvania, ha hecho uno cuyas conclusiones son llamativas: se trata de la forma de abuso más común de la sociedad occidental, más común que el abuso doméstico o el abuso infantil. En su trabajo, el psicólogo encontró que entre un tercio y la mitad de los niños menores de 18 años están involucrados de alguna manera en el acoso entre hermanos y que es hasta tres veces más frecuente que el acoso escolar.

«Qué exagerado», pensarán algunos. «Llevarse como el perro y el gato es algo normal entre hermanos». Y es cierto, hasta cierto punto. Aunque no sea lo ideal, tirarse algún que otro tirón de pelo y darse patadas y pellizcos debajo de la mesa está dentro de lo predecible. Ya sea porque las personalidades son muy distintas y chocan, por competitividad, por llamar la atención de los padres, por celos; quererse y odiarse con la misma intensidad son cosas de hermanos, sentimientos que emergen en todas las familias. A veces, incluso, que tu hermano no deje de meterse contigo tiene sus ventajas, ya que la superioridad que ejerce el mayor casi siempre enseña al pequeño a manejarse en los conflictos reales que luego surgen fuera de casa. ¿Pero que ocurre cuando este comportamiento se convierte un ataque permanente y despiadado?

La rivalidad es recíproca, el acoso no

«En la mayoría de las ocasiones, tras las peleas de hermanos no subyace un verdadero problema, simplemente son cosas normales que surgen dentro de una conducta infantil. Según pasa el tiempo, estas peleas van disminuyendo y los niños aprenden a comportarse de forma más correcta. No hay que alarmarse por las discusiones, ya que entran dentro de lo cotidiano y permiten al niño aprender habilidades de resolución de conflictos, puesto que le enseña a resolver sus problemas, lo que les va aportando una mayor independencia», cuenta Alexandra Sierra, psicóloga infantojuvenil y forense.

La mecánica del enfrentamiento a edades infantiles suele ser sencilla. El motivo que lo ocasiona normalmente es algo muy simple que los padres identifican de inmediato (ese juguete es mío, me tocaba a mí, me ha roto algo…) Por otra parte, se ve claramente cómo se ha producido el conflicto y quien lo ha iniciado (una vez es el mayor, otra el pequeño, a veces los dos tienen la culpa), por lo que es fácil intermediar y hablar con ellos para poner remedio al asunto. Se piden disculpas, se hacen las paces y hasta otra. Hasta aquí, todo normal.

Pero el acoso o el bullying entre hermanos no es equiparable a la típica rivalidad, que, para serlo, tiene que ser recíproca. Por ello, cuando hay un abuso continuado de uno de ellos sobre el otro, aprovechando una situación de poder, no estamos hablando de lo mismo, aunque las familias tienden a darle normalidad y a equipararlo con las situaciones anteriormente descritas

La psicóloga Alexandra Sierra advierte de ciertas situaciones que deben alertar a los padres: «Primero, cuando se producen insultos y violencia psicológica hacia un hermano. Un insulto puede hacer más daño que el abuso físico, ya que hará mella en su autoestima con consecuencias de por vida. También cuando se intenta anular al hermano en cualquier aspecto (ridiculizarle frente amigos o familiares, infravalorarle por cualquier cosa), cuando hay agresiones físicas o ganging; es decir, cuando más de un hermano está involucrado en el bullying hacia otro, cuando todos los hermanos confabulan hacía uno de ellos, haciéndole sentir solo».

Los niños esperan estar seguros en el hogar, por eso es devastador

Otra investigación, publicada recientemente en la revista Developmental Psychology, señala que este tipo de intimidación entre hermanos, además de no entender de clases sociales, se daba más en las familias que tenían tres o más hijos (independientemente si la familia era monoparental o biparental) y que era el hermano o hermanos mayores los que atacaban a los pequeños con más frecuencia. Además, su autor, el profesor Dieter Wolke, vinculaba este bullying a lo primitivos que somos los humanos, por mucho que avancen las sociedades.

«Un hijo primogénito siempre va a tener sus recursos (emocionales y materiales) reducidos a la mitad con el nacimiento de un hermano, y, más aún, a medida que se agreguen más hermanos a la familia. Esto hace que luchen por esos recursos limitados a través del dominio», explica el experto en su estudio. Así es como los celos y el egoísmo intrínseco con el que nacemos todos, sin la intervención a tiempo de los padres (atender al recién nacido, pero sin olvidar las necesidades de los mayores), puede terminar alargándose a lo largo de la infancia y causar un verdadero daño psicológico a la víctima.

Porque cuando esto ocurre en casa, las consecuencias son aún más devastadoras. Existen trabajos que aseguran que el bullying entre hermanos puede ser incluso peor que el acoso en la escuela, algo que tiene posibilidades de terminar en el desarrollo de depresión y episodios de ansiedad en la edad adulta. Alexandra Sierra explica por qué: «En casa, un niño espera una relación de cariño y seguridad, y encontrarse un entorno hostil de violencia y maltrato puede generar sentimientos de impotencia y de inseguridad que hacen que no pueda encontrarse protegido en su propio hogar, algo que incrementa la posibilidad de padecer desarreglos emocionales en un futuro».

Para la psicóloga experta en terapia infantil y adolescente Maribel Paz, «la infancia es un periodo crucial en el desarrollo de la personalidad, una etapa en la que la familia es la que más influye en los niños, a través de la que se guían y van entendiendo el mundo. Además, la familia le devuelve a los niños la imagen de cómo son y así ellos van formando su autoestima. Si su mundo, su referencia, su base no está en armonía y no satisface sus necesidades físicas y emocionales, el niño estará en alto riesgo de toda clase de enfermedades mentales en el futuro».

El problema es de todos, también de los padres

Como padres, lo importante es averiguar cuál es el origen del comportamiento del hermano abusador porque, indica Alexandra Sierra, «en ocasiones está reproduciendo lo que a él mismo le han hecho. Cabe la posibilidad de que él lo haya sufrido con anterioridad. Si no es este el motivo, es importante intentar poner al hermano abusador en el lugar de la víctima, su hermano, y trabajar las emociones que puede estar provocando en él».

Con respecto a la víctima, habrá que ofrecerle todo el apoyo emocional del mundo. «Trabajando su autoestima y sus sentimientos, sobre todo que florezcan, que cuente lo que siente. Pero cuando se trata de un verdadero caso de bullying fraterno hay que trabajar con toda la familia, también los padres, por lo que lo mejor es pedir ayuda a un profesional», explica Sierra. Pero hasta llegar a este punto, primero hay que identificar el problema.

La prueba de que el bullying entre hermanos es algo que se tiende a normalizar en el seno familiar la aporta un estudio publicado en The Journal of Family Violence, que publicó las respuestas más comunes con las que se encontraron las víctimas que, por fin, confesaron a sus padres lo que les estaba haciendo su hermano y recibieron respuestas que restaban hierro al asunto: «Es algo normal», «no te lo tomes en serio», «será tu culpa también»…

«Los padres tienen que intervenir, y siempre con autoridad. La disciplina es primordial porque, en contra de lo que se cree, con ella los niños se crían más seguros y protegidos. Los padres son los responsables de ejercerla para mantener un sistema democrático, ordenado y claro en casa, dejando claro que hay una serie de límites y normas que se han de cumplir, normas que están basadas en los valores familiares y sociales», explica Paz. Es importante también que esa autoridad se imparta de forma adecuada, no oscilar según el día entre un estilo educativo demasiado estricto y otro día otro más negligente, ya que, según esta psicóloga, «esto es algo que puede producir alteraciones en la conducta de los miembros de la familia que perjudicarán siempre a los más débiles».

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