Feminismo y hegemonía hoy

Feminismo y hegemonía hoy

En tiempos de confinamiento como el que se nos impone, tenemos mucho más tiempo para pensar. Entendiendo por pensar, como lo decía el filósofo, lo que la humanidad sabe de sí y traduce en conceptos. Precisamente quiero empezar por ocuparme de eso, de algunos conceptos. Porque sin aclaración conceptual mal podremos pensar.

Hay conceptos que nos son familiares. Y hay otros en cuyo uso no reconocemos el más leve parentesco lejano. Esto es lo que ocurre con el concepto de «hegemonía» cuando se adjetiva y nos encontramos, por ejemplo, con el tan traído y tan llevado uso de «feminismo hegemónico». Parece que «feminismo» no necesita mayor aclaración en su uso más común. Pero, cuando entra en conjunción con «hegemonía», la cosa ya no está tan clara.

En términos generales, «hegemonía significa «dominio» y, por tanto, algo hegemónico es algo que ejerce una dominación. Este concepto tuvo su mayor recorrido en el discurso marxista y, como este, parece haberse ido difuminando. En sus Cuadernos de la cárcel, el teórico marxista Antonio Gramsci reconocía como mayor contribución teórico-política de Lenin el concepto de «hegemonía». Y, a la vez, el propio Gramsci aportaba una nueva lectura de esta. En Lenin la hegemonía se entiende como dirección política: se trata, entonces, de la dictadura del proletariado. Gramsci va a entender la hegemonía de un modo que permite hablar de «hegemonía cultural», una conceptualización que se ha comparado con lo que el sociólogo Pierre Bourdieu llamó «violencia simbólica»: la dominación mediante medios culturales e ideológicos de las creencias, normas, moral, religión, educación, producción intelectual, ideas, valores, etc. de una sociedad.

Hago estas puntualizaciones no por afán de dar la nota culta, ni tampoco para que nos ocupemos ahora de Gramsci. No. Empiezo por ahí, porque lo que me interesa es justamente eso de la hegemonía y, sobre todo, eso que tantas veces oímos del «feminismo hegemónico»: ¿A qué se apela exactamente con esta denominación? ¿Existe tal cosa? En caso de que exista ¿es algo permanente y que se asigna siempre en la misma dirección?

Una primera aproximación nos devuelve el significado de «feminismo hegemónico» por oposición al feminismo decolonial o a los feminismos decoloniales. Y, a partir de ahí, se puede decir sucintamente que ha sido criticado como feminismo hegemónico el que se centra en las mujeres blancas, heterosexuales y de clase media, obviando representar opresiones de raza, clase, género y sexualidad. Esto hoy ya está aceptado plenamente en el acervo común del feminismo.

Pero, como escribía la analista Pilar Aguilar en su artículo El malvado feminismo hegemónico (en Tribuna Feminista del 07/11/2018), yo también « Agradecería que, al menos por una vez, alguien explicara quiénes son esos grupos o personas que constituyen el `feminismo hegemónico´ «. Porque, además, aun cuando aceptáramos sin rechistar tal denominación, tampoco parece clara su referencia, puesto que el ejercicio de la hegemonía no puede ser el mismo en cada momento y está, por ello, sujeto a cambios de grupos y de dirección. Y, en todo caso, si de lo que se habla es de un ejercicio de dominio, estará claro que se trataría de un dominio cultural, de esa «hegemonía cultural» mencionada ya.

Yo me atrevería a decir que esa «hegemonía cultural» es algo muy parecido a lo que puede ser el pensamiento único. Y el pensamiento puede ser eso, único, aunque lo que predique sea celebrar la pluralidad y la diversidad, pero eso sí desde un solo discurso. Hoy se puede decir que ha permeado ese pensamiento que, en realidad, es un contra-pensamiento: es pensamiento contra las grandes teorías críticas del pasado. Se trata de una estrategia conceptual que se ha ido instalando en nuestro presente, a partir de los llamados «nuevos filósofos franceses» de los años 70 del siglo pasado con su acendrada crítica del comunismo, pasando por lo que se denominó «Il pensiero debile» de los 80, hasta recalar en la postmodernidad o, por mejor decirlo, en los postmodernismos.

Uno de los padres de la postmodernidad, Francois Lyotard, decía que la cultura es el conjunto de los grandes relatos en los que esta (la cultura) se ha contado a sí misma. Si esto es así, de lo que se trata con la postmoderna operación es de deconstruir esos grandes relatos. Y, entre estos, estaría el relato de la igualdad, que la modernidad puso en pie, y el relato del sujeto político, el sujeto revolucionario, que tiene que protagonizar la lucha por conquistarla. Finiquitadas ambas cosas y declarada la defunción de toda teoría crítica, se impone una nueva «hegemonía cultural», una hegemonía que resulta ser muy favorable al orden neoliberal y de mercado global, para acabar así con los últimos bastiones de la resistencia a su lógica. Y para todo esto, se toma al filósofo Michel Foucault como referencia de cabecera, obviando que probablemente el pobre Foucault no hubiera jaleado en absoluto estas ceremonias funerarias del pensamiento crítico fuerte.

¿Cómo afecta todo esto al feminismo? El pensamiento feminista, obvio es decirlo, no es ajeno al contexto general de pensamiento en el que se mueve. Por tanto, no es ajeno a ser permeado por la cobertura ideológica que el pensamiento dominante, este pensamiento único de nuestro presente, da a las relaciones de producción del sistema neocapitalista. Y esto es lo que conforma la actual «hegemonía cultural» del feminismo. Así, asistimos a cómo se arrumban las grandes reivindicaciones feministas que emanaban del contexto de la teoría crítica y son desplazadas por reclamaciones de identidades plurales, de diversidades fragmentadas y de la disolución de todo sujeto político. Insisto: pluralidad, diversidad y fragmentación que reclama un pensamiento único, que no es lo mismo que una pluralidad de pensamientos.

Esta «hegemonía feminista» no está por la labor de recordar lo que nos enseñó la crítica política al capitalismo inicial: que la base económica es la que determina todas las demás relaciones políticas, morales, jurídicas, etc., Vamos, eso que el marxismo denominó «superestructura».  Y no está por la labor de recordarlo, porque no está por la labor de transformar esas condiciones materiales de vida. Tampoco puede hacerlo, atrapado en los coletazos de una postmodernidad que renuncia, vuelvo a decirlo, a las teorías críticas y a sus luchas.

Que este es el escenario de fondo quedó bien patente en la pasada manifestación del 8M: hay un  feminismo que quiere ser hegemónico y que no acepta que se transgredan sus reglas ni que se entonen reivindicaciones fuera de su pensamiento único. Un pensamiento que se auto-arroga ser inclusivo con todas las diversidades y que repite el mismo mantra de acoger a todas las sensibilidades diferentes, pero que, en realidad, solo se representa a sí mismo. Y lo hace con un discurso calculadamente despolitizado, declaradamente hostil y decididamente excluyente de las feministas hoy disidentes: aquellas que seguimos entendiendo el feminismo como el último gran proyecto de emancipación económico, político y también ético; esto es, como pensamiento crítico.

@LuisaPosadaKubi

FOTO: Vista de la manifestación del 8M, en Madrid. REUTERS/Susana Vera

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