«EL PAPA, EL NIÑO Y EL BURRO» por Manuel Sierra

«EL PAPA, EL NIÑO Y EL BURRO» por Manuel Sierra

EL PAPA, EL NIÑO Y EL BURRO (historia basada en la fábula del Conde Lucanor)

Hace mucho tiempo, cuando era bastante más joven, alguien me contó una historieta que se convirtió para mí en una enseñanza de vida. Seguro que sabéis a qué historia me refiero en cuanto empecéis a leerla.

Al parecer, en la posguerra -qué más da de qué país si todas las posguerras en todos sitios son igual de duras-, debía ser a principios de los años 60, un día de primavera, fresquito pero con un sol que calentaba lo justo, venían andando por el camino que unía la vega con el pueblo un padre y su hijo de unos doce años tras haber realizado las faenas del campo, y traían con ellos un burro algo entrado en años, que les ayudaba en alguna de las tareas más pesadas del campo, que como todo agricultor sabe, son casi todas. Ahora, como hemos sustituido los animales de carga por todo tipo de maquinaria, parece que todo se hacía con la gorra, o sea, casi sin esfuerzo, pero preguntarle a algún agricultor mayor, y os sacará de vuestro error.

Pero a lo que vamos, que venían andando los tres por el camino la vega en dirección a su pueblo, y se cruzaron con dos vecinos que, al pasar a la familia, comentaron: -Ahí tienes el futuro. Mira que somos tontos, anda que dejar que el burro vaya sin cargar con ninguno de los dos. Qué es lo que nos queará por ver?

Este comentario llegó a oídos del hijo, que se lo transmitió a su padre, quien  tras pensarlo unos momentos, decidió que tal vez tenían razón. Por otra parte un asno es un animal de carga, y ya que ese día no tenía que llevar nada, lo suyo sería que montase en su lomo al menos a su hijo. Así lo pensó y así lo hizo. Subió al niño a lomos del burro y siguieron andando los tres tan campantes. La verdad es que al salir de la huerta, padre e hijo andando, ni siquiera pensaron que pudieran no estar haciéndolo bien.

Al cabo de unos minutos, volvió a cruzarse con ellos un grupo de agricultores del pueblo que no bien los hubieron pasado, comentaron sin miramientos: Manda güevos! El papa andando, con lo cansao que debe estar después de to er día en el campo, mientras el hijo, tan jovencico, ahí lo tienes, encima del animal. Ande vamos a llegar!

Esta vez fue el padre quien oyó el comentario y tras hablarlo con el hijo, decidieron que igual éstos también tenían razón, y optaron porque el padre fuese quien se subiera al jumento mientras el hijo hacía el camino andando. A tó esto, el rucio, callao!

 

No bien habían caminado un par de cientos de metros cuando unas mujeres que iban a lavar a la acequia se dijeron: -Hábrase visto. El burro llevando ná más que al papa, mientras que el niño, pobresito, con lo chico que es, andando. Igual no se han enterao que este animal puede con los dos. A lo que otra le contestó: Lo que tienen que hacer es subirse los dos a lomos del borrico que pá eso es un animal de carga.

Dicho y hecho, padre e hijo, tras sopesarlo, porque también veían sus razones en el planteamiento de las mujeres, se subieron a lomos del burro, que aunque seguía sin decir esta boca es mía, no le hizo mucha gracia el último trueque. Pero como era muy burro, de noble que era, pues a apechugar, que no quedaba otra.

Casi entrando ya al pueblo, montados ambos en el pollino, un anciano que estaba a la puerta de su casa sentado en una silla de anea, les reconvino: -Pero no le da a usted vergüenza, hombre? Ir los dos subíos en el pobre burro, que está que va a echar las asauras, en vez de ir los dos andando, con lo sanicos que se les ve? No ve usté que el probetico está arrangao! Con lo güeno que es andar, que lo manda hasta el médico. Vamos, vamos, si es que ya no hay hombres como Dios manda.

El padre no dijo nada por el respeto que debe tenerse a las personas mayores, pero finalmente hizo lo que el viejo les dijo, y ambos se apearon de la bestia, resultando como al principio ellos mismos habían decidido ir, es decir, todos andando porque ni estaban muy cansados, y el pobre asno la verdad es que ya tenía sus años; además, tampoco el trayecto era tan grande.

Cuando acabaron de contarme este cuento moralizante, le pregunté al narrador: -¿por qué hicieron tantos cambios para al final, acabar como empezaron? ¿es que no sabían cómo debian ir los tres? Si, total, el burro era suyo, ¿Qué más daba lo que les dijeran los demás?

Hijo mío, seguramente cada uno de los que los criticaron creían que su forma de ver las cosas debía ser la correcta, y seguro que pensaban que era la única forma de que fuesen los tres; pero como ves, no hay una sola forma correcta de ver cualquier cosa, y menos en este país, con 40 millones de entrenadores, médicos, abogados o periodistas; vamos, que aquí todo el mundo entiende de todo y no tiene remilgos a la hora de pregonarlo a los cuatro vientos, sea verdad o no, lo sepan con certeza o simplemente lo hayan oído (puede que ni siquiera lo hayan oído) porque es “su verdad” y ni se les ocurre plantearse que puedan estar equivocados. Pero de esta historia, como de cualquier problema, podemos sacar algunas enseñanzas; como por ejemplo, que vayas como vayas, siempre habrá alguien que te critique, o que hagas lo que hagas, alguien habrá a quien no le guste, y sobre todo, la mejor enseñanza es que cuando decidas hacer algo y te hayas informado convenientemente, debes ir a por ello sin importarte lo que digan los demás. Debes oírlos, claro, además con empatía, y en algún caso, incluso te harán modificar tus actuaciones, pero tienes que ser lo suficientemente firme para no cambiar a la primera crítica que recibas, máxime si no te convence. El padre de la historia ha querido contentarlos a todos, y al final, ya ves, su primer criterio es el que finalmente les ha parecido más correcto, lo que no quiere decir que lo sea, pero si que lo es para ellos y tiene tanto valor como cualquiera de las otras opciones. No desprecies ni le tengas miedo nunca a las críticas, porque te ayudarán a decidir y a veces, enriquecerán tu punto de vista.

Hoy me ha venido a la cabeza esta historia mientras veía, abochornado, el debate por la ampliación del estado de alarma a cuenta del coronavirus. Abochornado, ¿por qué?

Porque hoy me ha dado, debido al confinamiento en que estamos (y a quién se le ocurre, ¿verdad?) por ver y oír (parece una perogrullada pero no lo es) el debate parlamentario sobre la prórroga del estado de alarma.

Por cierto, me parece impresentable que en pleno siglo XXI y teniendo en cuenta por un lado el desarrollo tecnológico y por otro las prohibiciones establecidas por el propio Gobierno en cuanto a la restricción de la movilidad de personas y la enumeración de trabajos esenciales, etc., pues me parece fatal que no se celebrara esta sesión del Congreso por videoconferencia, sin necesidad de poner en riesgo a tanto personal como mueven los señores diputados y las señoras diputadas, amén de los miembros del propio Gobierno presentes en el hemiciclo y aledaños para permitir la celebración de esta sesión. Ahí el portavoz de Ciudadanos a mi juicio ha dado en el clavo.

Pero entrando en el debate propiamente dicho, qué pena escuchar tanta crítica gratuita e irresponsable echando mano de datos interpretables, cuando no falsos o manipulados intencionadamente para que sirvieran de saeta contra las medidas que se han adoptado y las decisiones gubernamentales, y también, por qué no decirlo, escuchar a tanto santurrón  separatista que se ampara en su idea de que España no es su nación (pero pagar si paga bien, ¿a que sí?), para no apoyar las medidas que pueden y deben salvarnos la vida, ¡a todos y a todas! De qué os absteneis, ¿os pensáis acaso que el bichejo entiende de fronteras?

Ahora toca lo que toca y ya vendrán tiempos para exigir esa supuesta libertad que os quita España. Sois tontos, pero tontos del tó, no pá un rato, no: del tó! (frase de mi admirado humorista José Mota).

¿Es que nadie en la Cámara de representantes del pueblo español tiene en su bitácora lo que se llama interés nacional? ¿No sois, unos y otros, capaces de aceptar que en este momento todos estamos en el mismo barco? Que ahora no es momento de hacer la guerra cada uno por su cuenta; si hasta en Europa se han dado cuenta y han reculado, ¿Por qué aquí seguimos erre que erre con mirarnos cada uno nuestro ombligo y ver quien la tiene más grande?

Otros, léase PP, embisten y embisten, por aquello de calumnia, que algo queda. Y amenazan con los tribunales, no vayan a pensarse nuestros votantes, por un momento, que estamos de acuerdo con éstos (sea quien sea, que ellos son los que tienen la única verdad posible). Luego, claro, en este debate tienen que apoyar al gobierno, porque a diferencia de otros, tontos no son y aunque no estén de acuerdo con las medidas propuestas, las aceptan. ¡Qué remedio! Siempre dejando claro que las nuestras hubiesen sido mejores, ¿alguien lo duda?

Acaso algunos no tienen ni idea de lo que proponen: Vox quiere la dimisión del Gobierno, ¿ahora? ¿en serio? ¿no saben el procedimiento para elegir nuevo Gobierno, no lo han vivido en sus carnes en el que tenemos ahora, lo que implica, lo que tarda, y mientras tanto, que hacemos con la gente, la dejamos salir hasta que el nuevo gobierno decida si volver a confinarnos o no? ¿dimite el gobierno o presentáis una moción de censura? ¿y al virus, le decimos que pare hasta entonces, que por favor no contagie a nadie más? ¿Cómo se puede ser tan tremendamente irresponsable, solo por atacar al Gobierno, solo por hacer el numerito del machote frente a los 300 restantes!

De verdad que mientras escuchaba el discurso de “esa” parte del hemiciclo, he sentido una pena como hacia tiempo no me aquejaba. Poner en preferencia tu ideología de partido, enfrentada por definición a la que defiende la coalición de partidos que nos gobierna, en un momento tan crucial de la historia de España, una crisis que es más grave aún que la crisis económica de 2008, ¡me parece un disparate tan grande!

Pero lo está haciendo bien el Gobierno? Indudablemente que se han cometido errores, como el de la convocatoria en sí del debate que ya he comentado antes, y tal vez hayan pecado de falta de previsión, y puede que también les falte algo de humildad para reconocer errores y aceptar consejos, pero es quien tiene que decidir y no es fácil ordenar que paren las máquinas. Hablamos de mucha gente y de mucho dinero. Y con 40 millones de expertos, lo normal es que alguno te salga sabiondillo y no esté de acuerdo con el criterio oficial. Pero no es el momento ahora de cuestionar las decisiones que se están tomando, sino esperar que sean lo más efectivas y eficaces, y nos permitan volver a nuestras rutinas anteriores a la mayor brevedad posible.

Lo único que si se le debe pedir al Gobierno es que escuche a ese comité de expertos con el que debe consultar las medidas, antes de tomar ninguna decisión técnica, económica, social o profesional.

Ahora toca apoyar hasta que esto acabe. Lo repetiré hasta que alguno de estos descerebrados lo escuche, lo medite y finalmente acepte que ahora mismo no puede ser la reina del baile. Es que no hay ni baile.

Como algunos, si no todos, habréis acertado ya, lo que estamos sufriendo ( que no es nuevo, pero en este etapa se hace más sangrante, más esperpéntico) es similar a la historia del principio de este artículo: el Gobierno es el padre, los españoles somos el hijo y el burro de la historia, uno en su casa y el otro trabajando, haciendo siempre lo que el padre nos diga, con resignación y con la esperanza de que, ahora sí, venzamos la pandemia con la mayor diligencia, eficiencia y eficacia. Y adivinen quienes son los diferentes grupos opinadores, no todos con la misma mala uva pero sí todos poniendo trancas en las ruedas. Y así no andamos nada.

Sin acritud, sin deseo de ofender, pero con claridad. Repito, en este momento toca apechugar cada uno con lo que pueda, y todos a una en la misma dirección, para vernos libres de nuevo cuanto antes; y luego, cuando finalmente estemos a salvo, lugar habrá de exigir responsabilidades, por la vía que cada cual estime.

Por eso, me parece que lo correcto es acatar la decisión del Gobierno de establecer y ampliar lo necesario el estado de alarma, de luchar contra la precariedad de medios humanos y materiales en hospitales, supermercados, transporte, y todos los medios de producción esenciales que se ven afectados en el convencimiento de que la curva de infectados se aplane, el número de urgencias y fallecidos se reduzca totalmente cuanto antes.

Indudablemente que se han hecho cosas mal, porque siempre yerra quien hace las cosas.