“EL GATO Y EL BAR” por Manuel Sierra

“EL GATO Y EL BAR” por Manuel Sierra

A lo que vamos, que el camarero le dice al cliente, quillo, cierra la puerta que no entre más el gato ese… ¡que me tiene frito, hombre! No acabo de echarlo y entra otra vez cuando se abre la puerta.A lo que el cliente, tranquilo él, y conciliador, le suelta lo de probetico el animal, que entra por el instinto.

El otro día estaba yo con un amigo en un bar tomándome una cerveza… hay que ver lo que puede dar de sí una cerveza cuando te la tomas en un bar, a gusto, tranquilo, porque no siempre te puedes tomar esa cerveza tranquilo,… los que tenemos niños lo sabemos, ¡vaya que si lo sabemos! Y ahora soy primo hermano Dios, pero hace sólo unos pocos años, no había manera de que pudieras quedar con nadie,… cuando no era un resfriado es que había que llevar al niño (o a la niña) al deporte, a la música, al inglés,…¡mira que somos tontos los padres! Las actividades extraescolares son pá nosotros, la parte mala, la de perder la tarde pendiente de llevar o traer; ¡cómo ha cambiao el cuento! Cuando éramos niños los padres de ahora, las clases extraescolares eran en tu puerta, o más lejos, en el terrizo, en las madres del Rao o en el campo las ranas. Bueno, pues a lo que iba, que me despisto y acabamos donde acaban las vueltas (¡pues eso, que no acaban!). Estábamos mi amigo y yo en el bar tomando agustito una birra cuando oi una conversación entre el camarero y uno de los clientes “habituales” del bar, porque teneis que saber que un bar que se precie debe contar con un número indeterminado de personajes que de forma natural están en el bar más que en su casa, vamos, que parece que vivan allí, porque vayas cuando vayas, ellos ya están con su cafelito, su cervesita, su cubatita o sus cartas. Pero otra vez me estoy dispersando, esto no va a terminar nunca? Dios mío dame un poquito de concentración, que no acabamos!

A lo que vamos, que el camarero le dice al cliente, quillo, cierra la puerta que no entre más el gato ese… ¡que me tiene frito, hombre! No acabo de echarlo y entra otra vez cuando se abre la puerta.A lo que el cliente, tranquilo él, y conciliador, le suelta lo de probetico el animal, que entra por el instinto.

Ahí se me disparó el sentido corrector que algunos llevamos dentro y que se enciende como una luz roja en una alarma; no se de qué estábamos hablando mi amigo y yo, sería de algo intrascendente, de fútbol, mujeres o política seguramente, poniendo a parir al Gobierno nacional, al regional, al local (no, al local no, que acaba de entrar nueva gente y hay que darles tiempo), porque uno no puede olvidarse de que estudió lengua y literatura y hay veces, muchas veces, que hay erratas (aparentes o verdaderas, como la placeta de Santa Ana, que no es que sea un error, sino una realidad en la que jugaba de chiquillo, vamos) lingüísticas que hacen saltar al pepito grillo que llevo dentro. ¿Ha dicho que el gato entra por el instinto? ¿y para qué iba a entrar si no? Para charlar? Para jugar un pellejo? Pues claro que no, ni tampoco por la simpatía que hacia él tenía nuestro camarero; entraba el gato porque las migajas de las tapas que caen al suelo son un manjar delicioso para alguien que vive en la calle, como él, y por el fresquito del bar en verano, y el calorcico en invierno.

Total, que cai en la cuenta de que el lenguaje  debe servir para comunicarnos, y hacernos entender, hasta ahí correcto, pero hombre, ¿qué trabajico nos cuesta, además, una cierta corrección? Aunque también es posible que aquí primara para nuestro cliente la parte económica del lenguaje, es decir, hacer entender el mensaje con el menor número de palabras, ya sabes, aquello de esto son pollas, dejaos de pollas, nos vayamos a pollas, que aquí en Andalucía, y más en Graná, todos entendemos como “de lo que tú sabes ni hablamos, así que no me toques las narices y deja las cosas como están”; o sea, que este cliente no es que no sepa hablar, por Dios, al contrario, ha creado una imagen nueva, y yo me imagino al gato, a su instinto, y al camarero intentando echarlo pero, ¿dónde está el instinto? El instinto no es como una puerta, que la cierras y ya está, ¡es joío, no creas! … Lo de cerrar la puerta no, aunque haya gente de Madrid que siempre se las deja abiertas. Me refiero a lo de apreciar estas perlas literarias, porque te crees que… y luego no!, aunque lo que quiero recalcar es que no nos paramos a pensar en las frases que a veces nos salen (yo no soy ninguna excepción a ésto y de vez en cuando suelto alguna, que pá mí se queda); porque a ver, ¿cómo va a entrar el gato por el instinto? Entrará por la puerta, como tó el mundo; otra cosa es que entre llevado por su instinto, o para satisfacer su instinto de comer.

Fijaros entonces en que, en efecto, nuestro lenguaje más que rico, es, como dice Arguiñano, rico, rico. Le comenté a mi amigo estas disquisiciones y nos dimos un buen lote de reir, porque otra cosa, no, pero reir, como en un bar no se ríe uno en ningún sitio,… quitando algún mortorio, claro, que, quizás porque como es el sitio menos indicado, por lo del dolor y todo eso, es donde el humor se dispara a la mínima ocasión. Y no discrimina amigos, familiares, compromisos, porque el humor es lo único que no nos pueden quitar (aunque nos quiten las ganas de reir, ya nos inventaremos nosotros de qué sí nos podemos reir). Y mientras, el gato, el probe, entrando y saliendo del bar y ya cada vez que lo veíamos entrar o salir, ambos nos mirábamos y, sin decirnos nada, que no hacía falta, se nos escapaba una sonrisa.