¿Cuántas veces te lo tengo que decir?

¿Cuántas veces te lo tengo que decir?

Alternativas para rebajar la tensión en los conflictos con los niños

Cuántas veces te lo tengo que decir? Debería bastar una sola, pero Marga ni las cuenta. En una escena que se ha vuelto tediosamente previsible, cada tarde, a la hora de irse a casa, comienza en el parque la pelea con Adri, su hijo pequeño (5 años). «¡No! ¡No quiero!». El crío pega patadas a su madre y ella pacta con él «un ratito más». Pero pasa ese ratito y la escena se repite. En casa, la pelea es con Iván (10 años). «¿Pones la mesa». «Estoy jugando…», «no sé hacerlo…», hasta acabar en el insulto. Para «mantener la paz», Marga la pone ella. Después de la cena, bronca por la película. El padre le prohíbe verla porque acaba tarde. «¡Haré lo que me dé la gana!», responde Iván; y su madre trata de convencer a su marido: ‘Por un día no pasa nada…’. Un triunfo para el chaval, que se vuelve a su padre: «Eres imbécil».

El episodio es el primero de los diez que se relatan en el libro ‘¿Cuántas veces te lo tengo que decir? Soluciones eficaces y sencillas para conseguir que nuestros hijos nos escuchen y nos respeten’ (Arpa), escrito por la psicóloga Maribel Martínez. Encabeza cada capítulo una frase que nos suena: ‘No os peleéis’, ‘Come, no te levantes de la silla’, ‘Venga, que llegamos tarde’, ‘Deja el móvil ya’, ‘¿Quieres hacer el favor?’… ¿Y hacen el favor? Pues no, no lo hacen, así que desterremos esta retahíla, anima la autora, que propone otras formas de dirigirnos a los niños. Y otro tono, ¡hasta otra distancia!: «Un metro, que más lejos no sería eficaz. Voz firme y seria, mirándole a los ojos y sin dar muchas explicaciones».

El consejo va también para Marga, una madre «permisiva» que solo quiere que el niño no se frustre. «Empatiza con su hijo, le da pena: ‘Pobrecito, es normal que quiera jugar’. Y no tiene en cuenta la manera en la que el niño logra quedarse jugando. Sin darse cuenta, refuerza su comportamiento y ante cualquier negativa de sus padres Adri incrementará el nivel de agresión o el tono». Y parecido Iván. «No hay que decirle: ‘¿Pones la mesa?’. No es una pregunta. ‘Ayúdame a poner la mesa’». E intervenir temprano ante las faltas de respeto, aunque sea un ‘pesado’. «Se le dice: ‘Háblame bien que soy tu madre’. Luego, dar media vuelta e irse. Ni un sermón ni un diálogo que permita al niño excusarse porque ‘no ha hecho nada’. Así lo cree él, pero corresponde a los padres decidir dónde está la línea roja».

¿Hay elección? Pues chocolate

«¿Qué quieres para merendar?». Si hace esta pregunta, espere una respuesta del tipo: chuches, chocolate… Y dígale luego que no. «Una fórmula que funciona es dar a escoger entre dos opciones razonables: ¿Quieres un bocadillo de queso o de jamón?, ¿quieres ducharte ahora o en diez minutos?». Responderán que en diez minutos, pero al cabo de ese rato lo aceptarán mejor».

¿Y si le llevamos en pijama?

¿Quieres ponerte la camiseta blanca o la roja? Y no quiere ninguna. Llega la hora de salir al cole y la niña sigue en pijama. «Animo a los padres a decirle que no pasa nada, que irá en pijama. Y si hace falta que salga así a la calle, con la ropa metida en una bolsa. Posiblemente espabile y llegue a clase vestida. Eso sí, si se lo decimos, hay que cumplirlo».

En peleas de hermanos, el padre al margen

Muchas familias están comprobando estas semanas que los hermanos, lejos de entretenerse juntos, «se pasan el día peleando». La buena noticia es que la estadística dice que «el 65% de los adultos considera a su hermano o hermana su mejor amigo», así que lo que pasó en la infancia, ahí quedó. Aunque ahora parezca un mundo. Consejos para los padres: No acudir a la llamada de socorro, no intervenir para poner paz, no reñir, no castigar a uno o a los dos, no intentar convencerles de que se tienen que llevar bien. «Hay que observar sin que los niños lo sepan. Y si se alarga en el tiempo, soltar con tono de decepción: ‘¿Aún estáis así? ¡Vaya…!’». Más alternativas al ‘¡no os peleéis!’: ‘Lo estáis haciendo bien, estáis aprendiendo a argumentar… seguid así’, ‘¿Hay algún brazo roto? ¿Hay que ir al hospital a poner algún punto de sutura? ¿No? Pues ala, seguid negociando’.

Trucos para ‘prevenir’ rabietas

«¡No!», «¡Nooo!», «¡Noooooo!». Esta etapa empieza a los 2 años y suele pillar desprevenidas a las familias. «¡Pero si no sabe hablar todavía!». Pero sabe decir que no: la temible rabieta que tan al límite pone al adulto. «Es la forma inmadura que el niño tiene de expresar su frustración, su ira o enfado cuando aún no controla las emociones. Se suele superar de forma natural a los 4 años», tranquiliza la psicóloga. Que de nuevo invita a cambiar de táctica: «Le decimos ‘no llores’. Pero si deja de llorar, malo, porque está aprendiendo a censurar la emoción, no a gestionarla. Si sigue llorando aprende que sus lágrimas ejercen un gran poder sobre nosotros». Y ocurre que a veces cedemos, y estamos perdidos «porque crecen con la sensación de que pueden conseguir lo que quieran llorando. Aunque de diez rabietas solo lo hayan conseguido una vez interiorizan que se logra así, aunque haya que insistir». Así que probemos otra cosa: «Cuando un niño recibe un ‘no’ como respuesta es muy probable que empiece una pataleta. Pero podemos negarnos ofreciéndole una alternativa: ‘Entiendo que quieras pintar, pero en el sofá no puede ser. Sin embargo, puedes hacerlo en este cuaderno’». Otra rabieta de libro: no quiere recoger los juguetes. «Podemos avisar cinco minutos antes. No menos porque no le daría tiempo a ‘cerrar’ su juego ni más porque se queda absorto en él». Cuando lo haga, «refuerzo positivo: ‘estoy orgulloso de ti’». Más trucos: hacer de algo ‘aburrido’, algo ‘divertido’, «por ejemplo cronometrar cuánto tardan en recoger los juguetes y ponerles el reto de bajar esa marca cada día». Más ‘técnicas’ de prevención: la distracción. «Sabes que tu hija se va a enfadar porque el bocadillo no es de chocolate, así que mientras se lo damos, le distraemos: ‘Ahora vamos a ir al parque y nos vamos a subir al tobogán…’». Y una experiencia propia: «Hasta los 8 años los niños mezclan el mundo imaginario y el real. Un día iba con mi hija en el coche y empezó a decir que tenía hambre y que quería un plátano. Faltaban 15 minutos para llegar a casa y no quería imaginarme ese trayecto con una pataleta, así que cuando llegamos a un semáforo le dije: ‘Menos mal que mamá siempre lleva plátanos mágicos en el bolso’. Lo abrí e hice como si sacara uno. Pelé el plátano imaginario y se lo dí. Ella se quedó atónita y se lo ‘comió’. Cuando la pataleta iba a empezar mi hija pudo gestionar la rabia gracias a su imaginación».

Y cuando ya ha estallado…

«Actuar como si no nos afectara». Cuesta, pero asegura la psicóloga que es una inversión. «Es habitual que nos pongamos a reñirle e incluso que le cojamos a la fuerza del suelo. Pero no, hay que mantener la calma y evitar cualquier intervención. Pretender que nos escuche en ese momento no tiene efecto. Cuando está enrabietado no puede escuchar y menos aún comprender. La rabia es una de las emociones más difíciles, tanto que muchos adultos no saben tampoco gestionarla». Así que ayudémosle a sacarla «de manera terapéutica». «Aunque nos parezca una solución indeseable podemos decirle que dé puñetazos al cojín durante cinco minutos para desahogarse». Y para los ‘veteranos’ de las rabietas, un par de alternativas: «Cuando han tenido muchas tienen un punto de sobreactuación, así que podemos comentar entre los adultos cosas del tipo: ‘¡Fíjate cuando chilla ese gesto que hace con la mano, qué bien conseguido!’». Y ante el niño que habla chillando, nada del ‘¡no chilles!’ (que a veces soltamos chillando también). La alternativa: «’¿Qué dices?, así no te entiendo’».

«No te sientes para comer»

Para el ‘peliagudo’ asunto de la comida, el ilustrativo caso de Txema, 6 años, un niño muy inquieto al que le cuesta estar sentado a la mesa. «Siéntate bien, no te levantes…». Con él no funcionan las órdenes. Al menos no esas. «Les propuse a sus padres que le quitaran la silla: ‘Txema, llevo tiempo diciéndote que te sientes pero por fin me he dado cuenta de que no te gusta estar sentado. Así que a partir de ahora quitaremos tu silla y comerás de pie’». Cuenta Maribel Martínez que al principio el chiquillo estaba contento pero después del primer plato ya pidió sentarse porque estaba cansado. ‘A ti no te gusta estar sentado’, le replicó su madre. «Al cabo de una semana pedía la silla».

Frases ‘incorrectas’

¡No os peleéis, no chilléis!

¡No llores!

¿Qué quieres de merendar?

¡Estudia!

¡Haz la cama!

Eres tonto.

No dejes la mochila tirada.

¡Que comas la verdura!

Frases ‘correctas’

¿Hay algún brazo roto? Pues nada, seguid negociando.

Ya puedes empezar a llorar, que esla hora de ir ala cama.

¿Quieres merendar plátano o yogur natural?

No podemos estudiar por ti, desde hoy estarás 45 minutos en tu escritorio, puedes hacer los deberes o no, tú mismo.

¿Haces la cama ahora o en cinco minutos?

Eso que has hecho es una tontería.

Deja la mochila encima de la silla.

Cinco minutos más de cuento cuando acabes la verdura.

YOLANDA VEIGA

FOTO: MARTÍ FERRER