«LAS MADRES DEL RAO, LAS ERAS Y LOS OLIVARES» por F.L. Rajoy Varela

«LAS MADRES DEL RAO, LAS ERAS Y LOS OLIVARES» por F.L. Rajoy Varela

En cualquier lugar, ciudad, pueblo o aldea, hay sitios, rincones o símbolos que guardan recuerdos o momentos que la memoria y los sentimientos han hecho que sean entrañables

Se han transmitido de generación en generación y se han convertido en algo místico y de leyenda. Una química que por sí sola justifica y explica la historia de ese lugar lleno de leyendas urbanas, a veces ficción y otra realidad. Haciéndose muy difícil delimitar la frontera entre una y otra.

Personalmente, y sin entrar en polémicas absurdas, la auténtica memoria histórica está escrita en esos parajes, en esas piedras y en esas cosas que nos recuerdan quienes fueron nuestros ascendientes y quienes somos nosotros. Si esa memoria histórica desaparece, nosotros desaparecemos con ella y lo más triste, ¿qué recordarán nuestros descendientes? Nada. Por tanto, sería o hubiese sido nuestra obligación moral conservar esa historia y depositarla en manos de las siguientes generaciones. Pero la realidad ha sido bien distinta. Ese patrimonio histórico, ese legado cultural ha ido desapareciendo con el paso de los años gracias a la especulación, a la ambición, a la codicia y, en definitiva, a la maldad y a la estupidez del ser humano. El dinero que todo lo prostituye y lo corrompe.

Recuerdo las madres del Rao, la umbría y el frescor de las alamedas. Lugar de encuentro de familias y amigos, las comidas a los sones de las guitarras y bandurrias, las canciones y las jornadas inolvidables. Sus pozas y riachuelos donde se refrescaban las bebidas. Esa Vega, equilibrio ecológico y pulmón natural de Atarfe destruido y sustituido por un mal llamado Corredor Verde artificial y que no puede ejercer nunca la función natural de la Vega.

Y qué decir de las Eras y los Olivares, patrimonios del paisaje y la cultura de nuestro pueblo, también arramblados y sustituidos por la cultura del cemento, por ese urbanismo irracional y salvaje símbolo de los tiempos actuales y la miseria del ser humano. Que las cosas cambien con el paso del tiempo es lógico, como cambia el ser humano. Es la evolución natural de la especie y su entorno. Pero lo que no es natural, es perder la esencia de las cosas, su peculiaridad. Eso que hace diferentes y entrañables unas ciudades de otras, unas personas de otras. Es lógico que Atarfe haya ido cambiando con el paso de los años. Lo que es irracional es la despersonalización que se respira hoy día. En mi época nos sentíamos orgullosos de ser atarfeños, ¿y hoy?

A esta pérdida de grandes lugares, se suman las pequeñas y cotidianas, las simbólicas. Cito algunos ejemplos. Desconozco si aún permanecen en pie los dos pilares que abastecían de agua a la gente. Uno, al lado del Ayuntamiento. El otro, frente a la Iglesia. La gente llenando los cántaros y sus tertulias, eran estampas costumbristas de una época entrañable. La Cruz de los Muertos, ¿qué mal hacía?, ¿a quién molestaba ese patrimonio de los atarfeños? Otra cruz, más discutida por lo que representaba que por lo que obligaba, la de los caídos, frente a la entrada de la Iglesia. En otros países europeos, símbolos como esos o similares, se mantienen y te obligan a recordar hechos bárbaros que no debieron ocurrir y te exigen que, desde la tolerancia y el diálogo, no se vuelvan a repetir nunca jamás.

Dos últimos símbolos, uno era la puerta de los clavos en la calle Real, al lado del callejón del Aire. Una puerta para aquellos que la conocieron, de un gran valor sentimental por lo simbólico y material. Puedo entender, aunque no compartir, que el solar donde se ubicaba económicamente era muy goloso. Pero una vez construido, ¿porqué no mantener la puerta? ¿Tanto costaba sostener la coherencia y la racionalidad? Otra muestra de la voracidad especulativa, la casa de Ana Mari Zamora al lado de la Iglesia. Una casa recia, con el atractivo arquitectónico de otra época. ¿Tan difícil era conservar la fachada original? Al parecer y tras la polémica razonable después de su derribo y posterior construcción, se quiso arreglar el desaguisado con la réplica vulgar de la original. Lo que hemos conocido la fachada original ver el esperpento actual, entristece. La calle Real tenía y, aún conserva, algunos edificios que, sin ser posiblemente joyas arquitectónicas, le conferían una personalidad propia. Es una pena no haber continuado con la tendencia inicial y, por el contrario, se han construido adefesios que provocan vergüenza ajena.

CANTO A LA VEGA

Hoy como ayer, como mañana

y como siempre, mientras dure

mi efímera existencia, cierro

mis ojos y recuerdo la bruma

matutina abrazando tu hermoso cuerpo,

cubriendo con su manto tu espléndida desnudez.

Aún puedo percibir tu aroma

Inconfundible, la mezcla de tu perfume.

Sabía a hierba fresca y a lágrimas

de hojas de chopo, de una forma

sensual, sutil y delicada.

Olías como una hermosa dama

después de una noche de amor.

Aún puedo oír los riachuelos surcando,

acariciando, cada rincón de tu hermoso cuerpo.

Aún puedo sentir el aire puro de la mañana

acariciando tus cabellos, jugando

con tus rizos, llenándote con su esencia

de profundo misterio, de eterna sensualidad.

Aún te recuerdo en el silencio de la noche,

desnuda sobre un lecho de estrellas,

la luna allá en lo alto, alumbrándote

con su pálida luz y celosa de tu hermosura.

Los sonidos del silencio componían una hermosa

sinfonía llena de paz, misterio y lujuria.

Eras esa hermosa dama que te invita a poseerla,

que, para no destruir su pura esencia,

se posee una vez y después se guarda su aroma, su sabor, en el rincón más íntimo

de nuestro ser, allí donde la pureza del sentimiento

no muere, ni con su muerte y se hace eterna.

Tu esencia impregnó mi esencia.

Tu espíritu impregnó mi espíritu.

Decir que soy Hijo de la Vega,

es decir, es sentir una forma de vivir.

Es decir que, aunque las cosas mueren

siempre viven dentro de uno eternamente.

Fuiste envejeciendo, fuiste muriendo,

hoy de ti, queda en mí un íntimo recuerdo

que me acompañará siempre hasta mi último aliento.

Tú serás mi paraíso perdido, mi edén eterno.

Allí, tu regazo acogerá mi último sueño.

Allí, me volveré a sentir el niño que nunca ha muerto.

Hoy cuando tu sepultura la cubre el cemento,

cuando de lo que fuiste no queda ni un pálido reflejo.

Hoy este Hijo de la Vega, desde su íntimo recuerdo,

a tu tumba trae las flores de sus versos

como último homenaje de lo que fuiste

y sigues siendo, en mi memoria y en mi sentimiento.

Francisco L. Rajoy Varela

prajoy55@gmail.com

Mayo 2020

FOTO: De Don José Osuna, publicada por la Gacetilla y Curiosidades Elvirenses  en donde se representa el pilar y la cruz que se levantaba en la calle Horno Viejo

 

FOTO PORTADA concurso de pintura al aire libre “Ciudad de Atarfe”