«LA TIENDA LA ESQUINA» por José Enrique Granados

«LA TIENDA LA ESQUINA» por José Enrique Granados

En la gacetilla de hoy podemos ver la publicidad de «la Tienda de la Esquina» en el programa de fiestas de 1929. “Santa Ana, almacén de coloniales, paquetería, quincalla y chacinas; al por mayor y menor; de Antonio Sánchez Jiménez. Especialidad en cafés, semillas y embutidos………….”

En la parte izquierda de la misma, la fotografía propiamente dicha, contemplamos en su esplendor el establecimiento, aunque no podemos mostrar algo bastante característico de aquellos lugares como son los olores. Aromas a arenques, a bacalao, a aceite, a escabeches, a jabón, a café, a queso, a tierra….. Un olor único que se ha perdido para siempre.

Las tiendas de ultramarinos o coloniales, como así se denominaban, han desaparecido totalmente de nuestro pueblo, aunque en algunas ciudades se mantienen e incluso en otras se están recuperando algunos de aquellos colmaos en donde compraban nuestras abuelas y madres, y en menor medida los más mayores de nosotros.

En aquellos añejos locales que suministraron víveres a las generaciones que nos precedieron, apenas había espacio para maniobrar. Al atravesar sus puertas se mostraba ante nuestros ojos un caos hermoso. Decenas de estanterías, aprovechadas hasta el último milímetro, atiborradas de mercancías de lo más variado. Sus frascos de cristal, sus hermosas y grandes latas de conservas colocadas de manera ordenada y los enormes sacos de legumbres a granel.

Aparte de las estanterías bien surtidas de alimentos, vemos sobre el mostrador una balanza. Y colgando del techo, unas barras de acero suspendidas en donde se exponen algunos jamones y otros embutidos. Obsérvese la pulcritud en el atuendo de los dependientes, todos y cada uno de ellos con su correspondiente guardapolvos.

La perspectiva de la fotografía nos imposibilita ver algunos de los elementos clásicos de aquellos establecimientos como eran el molino del café, que se vendía en grano o molido, la caja registradora o la cuchilla para cortar el bacalao. También faltan aquellos recipientes redondos de madera que contenían los arenques.

Quien pudiese entrar una última vez a estos ultramarinos, pasearse por sus gastados suelos y escudriñar sus estantes y paredes en busca de algo tan intangible y preciado como la autenticidad. Por suerte, mantenemos alguna fotografía como ésta, para con ella y un poco de imaginación atravesar la puerta de aquellos comercios de nuestra niñez, de intensos y variados olores que se fueron cerrando o reconvirtiendo con el paso de la modernidad.

Curiosidades elvirenses.

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