«Mujeres leyendo » por Alberto Granados

«Mujeres leyendo » por Alberto Granados

Hace un par de meses, pensando en que se aproximaba el Día de la Lectura en Andalucía, decidí celebrar tal evento con una galería pictórica y elegí un tema muy repetido: la mujer y la lectura. Es fácil escribir en Google “mujeres leyendo” y darle a Imágenes. Se obtienen miles de resultados en milisegundos.

Eso hice y empecé a reunir los cuadros de todas las épocas que me iban gustando. Es una tarea inabarcable, así que decidí poner punto final al llegar a lo que hoy os traigo aquí. Reconozco que no soy el único, pues aparecen montones de blogs que ya han hecho algo parecido, pero esta selección es “la mía”.

ALEXANDR DEINEKA, “Muchacha con un libro”

ALEXEJ HARLAMOFF, “Las actividades literarias de una damisela”

ALLAN R, BANKS, “Leyendo en una tarde soleada”

ANTOINE WIERTZ, “La lectora de novelas”, 1853

ARTHUR HUGHES, “El equipo de pesca completo”, 1884

BERTHE MORISOT, “La lectura”

CHARLES COURTNEY CURRAN, “Chica leyendo”, 1892

CHARLES PERUGINI, “In the orangery”

CLAUDE MONET, “En el prado”

DELFIN ENJOLRAS, “Mujer leyendo junto a una ventana”

EDWARD HOPPER, “Habitación de hotel”, 1931

EDWARD JOHN POINTER, “En un  jardín”, 1891

EDWARD KILLINGWORTH JOHNSON, “Tomando café y leyendo en el jardín”

EDWIN HARRIS, “Una lectura tranquila”

ERASMUS ENGERT, “Jardín doméstico vienés”

FELIX MILIUS, “Un atardecer”

FERNANDO BOTERO, “Mujer leyendo”

FRAGONARD, “La lectora”

FRANK BENSON, “La lectora”, 1910

El año pasado, al llegar este día, hice mi particular manifiesto por la lectura. Se llamaba “Dejarte abrazar” y apareció publicado en Pliegos de Alborán, la separata cultural de la revista El Faro de Motril, donde suelo colaborar. El texto es este:

Leer es dejarse abrazar, mecer, acariciar, engañar, seducir… por algo tan dudoso, contradictorio y desleal como un libro, un objeto extraño incrustado en los entresijos de nuestro espíritu, algo ajenamente nuestro, que nos elige como un predador selecciona a su presa.

Tú, lector, puedes llegar a pensar que eres quien elige un libro. ¡Torpe ingenuidad! Es su extraña irrealidad (la campaña previa de publicidad, la reseña leída en un periódico, la recomendación de alguien de tu entorno, la posición en el expositor de la librería, el impacto visual de su portada…) quien te  selecciona a ti con un fatal determinismo para el que no tienes defensa alguna, pues llegado el libro a tus manos, lector, caerás en el impulso atávico de sentarte en torno a una hoguera imaginaria, para escuchar lo que te dice el chamán, que te desgrana, palabra a palabra, un universo que sin ser el tuyo, pasa irremisiblemente a ser tu propia entidad, tu ser más profundo, repitiendo una liturgia mil veces vista: la de dejarte seducir por lo que ese libro-chamán quiera proponerte, sea buscar por los siete mares a un obsesivo monstruo llamado Mobby Dick, perpetrar una venganza largamente meditada desde la prisión injusta de la isla de If, sentir la zozobra espiritual de una Ana Ozores o una Emma Bovary, dividida entre mil impulsos antagónicos, comprobar en Macondo que las estirpes condenadas a cien años de soledad no tendrán otra oportunidad sobre la tierra, o seguir la atormentada biografía del jorobado Orsini, cristalizada en las pavorosas estatuas, llenas de una convulsa belleza, con que llenó su misterioso jardín.

Y es que el libro, como una tentación, está lleno de formas seductoras; como una cortesana experta, está lleno de promesas; como una criatura mítica, te propone perderte en un laberinto de emociones; como un simple objeto doméstico, que te rodea a diario, apenas perceptible, te llena de pequeños placeres caseros, en cuyas redes caerás inexorablemente.

Libros: objetos que te liberan al tiempo que te hacen su presa, que te eligen en el momento en que los eliges, que te hacen suyo en el mismo momento en que decides adquirirlos, que te enredan en su trama y que te obligan a abrazar causas, en muchas ocasiones perdidas, absurdas, ajenas, inexplicables… Que juegan contigo tan caprichosamente como los antiguos dioses jugaban con sus criaturas.

Y tú, lector, ingenuo e inerme, sólo puedes doblegarte, aceptar tu irremediable destino de gozosa víctima; rendirte a tu libro, a la peripecia de sus personajes, a las pasiones que los azotan al mismo tiempo que a ti, incauto lector, que te adentraste cándidamente en sus páginas; someterte a los ritmos, cadencias y tempos de su posesiva música, una música a cuyo son, bailarás, como una diabólica marioneta, lo que el libro determine; aceptar que cuando terminas su lectura, las situaciones, conflictos y personajes se han metido de manera inexorable en tu alma, de la que ya serán indisolubles; que cuando lo devuelves a la balda de tu estantería, cuando abandonas a esos personajes, algo se rompe en tu universo interior, pues es una dolorosa despedida, si no una traumática separación en toda regla, aunque abierta a eventuales reencuentros, a relecturas…

De este modo, el libro, finalmente, te poseerá, lector, y no tendrás más remedio que dejarte abrazar por la fatalidad del destino, extrañamente decidido por ese objeto que tú pusiste, ingenuo, entre tus manos.

 

FRANZ VON DEFREGGER, “Mujer leyendo una carta”

FREDERICK DANIEL HARDY, “Leyendo junto al fuego”

HANS HEYERDAHL, “En la ventana”, 1881

ISADORE WEINER,  “Muchacha leyendo”, 1938

JAMES JEBUSA SHANNON, “Cuentos de la selva”,  1895

JAMES SANT, “Cuentos de hadas”

JAMES TISSOT, “El escondite”, 1877

JAMES TISSOT, “Kathleen Newton en un sillón”

JEAN JACQUES HENNER, “La lectora” (1)

JEAN JACQUES HENNER, “La lectora” (2) ,1880

LEE KAULA, “La madre lectora”

LUDOVICO MARCHETTI, “Un buen libro”

MARY STEVENSON CASSATT, “Lydia leyendo en el jardín”

MATISSE, “Mujer Leyendo”

MONET, “Una mujer leyendo”, 1872

PAUL GUSTAV FISCHER, “Leyendo en la terraza”

RICHARD JACK, “La manzana”, 1901

ROBERT JAMES GORDON, “Mujer leyendo”

SUSAN RICKER KNOX, “Leyendo en el jardín”

TAMARA DE LEMPICKA, “Mujer leyendo”

TAVIK FRANTIŠEK ŠIMON, “Vilma leyendo un libro”

THEODORE ROUSSEL, “La muchacha leyendo”, 1868

WILLIAM PAXTON, “El periódico de la mañana”

Y en esta galería, no podía faltar mi misteriosa dama contemplativa, cuya historia se está decantando y que pronto aparecerá por aquí:

Ahora que se cierran bibliotecas y se desaloja a los lectores, ahora que vienen tiempos de recortes, os deseo, más que nunca, una feliz lectura.

Alberto Granados