{"id":32259,"date":"2019-06-01T11:18:43","date_gmt":"2019-06-01T09:18:43","guid":{"rendered":"http:\/\/miradordeatarfe.es\/?p=32259"},"modified":"2020-06-26T13:13:24","modified_gmt":"2020-06-26T11:13:24","slug":"la-habitacion-redonda-por-alberto-granados","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/miradordeatarfe.es\/?p=32259","title":{"rendered":"\u00abLa habitaci\u00f3n redonda\u00bb por Alberto Granados"},"content":{"rendered":"\n<h4 class=\"wp-block-heading\"><em>A Miguel Cobo, que siempre gust\u00f3 de los trenes<\/em> <em>\u00a0y de esas casas antiguas como\u00a0recuerdos.<\/em><\/h4>\n\n\n\n<p>Mario ha \ntardado m\u00e1s de cincuenta a\u00f1os en volver a la casa donde naci\u00f3. Al abrir \nla puerta, reconoce el ampl\u00edsimo vest\u00edbulo, el arranque de la lujosa \nescalera, la puerta del sal\u00f3n\u2026 Ve las marcas desva\u00eddas de los cuadros \ndesaparecidos como fantasmales vestigios de aquella \u00e9poca y siente un \nvac\u00edo atenazador. Se pregunta si mantener candente el rencor tantos a\u00f1os\n ha merecido la pena. Se lo ha preguntado miles de veces y nunca ha \nencontrado un argumento, ni una raz\u00f3n, ni un atisbo de idea que pudieran\n servirle de respuesta. Su padre lo apart\u00f3 de aquella casa hace \ncincuenta y un a\u00f1os, lo arranc\u00f3 de su madre, del abuelo, de la ausencia \nde su t\u00eda Delia, de su infancia\u2026 y aliment\u00f3 en su esp\u00edritu el odio, \ndespu\u00e9s la indiferencia y, por \u00faltimo, el olvido de ese pasado que ahora\n le ha devuelto un notario, tras haberlo buscado por los consulados \nespa\u00f1oles de medio mundo desde hace m\u00e1s de tres a\u00f1os, para hacerle \nefectiva la herencia de su madre.<\/p>\n\n\n\n<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; La \nestaci\u00f3n de ferrocarriles, tan cercana, le regala el silbido de un tren \ny, por un momento, cree que el tiempo se ha estancado milagrosamente, \nque est\u00e1 a\u00fan en la nebulosa d\u00e9cada de los cincuenta, creciendo en esa \nmisma casa junto al abuelo H\u00e9ctor, sus padres y la t\u00eda Delia en medio de\n un confortable universo de casa rica, atendido por una pl\u00e9yade de \ncriadas, una cocinera, el ch\u00f3fer \u2013el abuelo siempre prefiri\u00f3 la \npronunciaci\u00f3n aguda, a la francesa:<em> chauffeur<\/em>\u2013 y otros empleados, cuyos cometidos le parecen hoy muy difusos, aunque recuerda sus nombres, sus aspectos y hasta sus voces.<\/p>\n\n\n\n<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Mario\n se ve a s\u00ed mismo junto a su abuelo, que le contaba cuentos y le \nense\u00f1aba el solfeo indispensable para tocar peque\u00f1as piezas para piano, o\n jugando ambos aquellas partidas de ajedrez en las que, invariablemente,\n el anciano se dejaba ganar; tambi\u00e9n recuerda la sonrisa permanente, \nvitalista, de su madre, siempre te\u00f1ida por un aura de secreta \ninfelicidad; la&nbsp;tristeza, fatal y end\u00e9mica, en el rostro de su padre; la\n mano suave y c\u00e1lida de Delia, su t\u00eda, una adolescente s\u00f3lo unos a\u00f1os \nmayor que \u00e9l, que lo proteg\u00eda y lo acunaba cuando su madre y su padre se\n sum\u00edan en aquellos dilatados silencios, intensos como cataclismos, con \nla serenidad de su mirada, su voz, siempre llena de una musicalidad \nl\u00e1nguida y casi desmayada, el tacto de aquella piel, que siempre le \ndevolv\u00edan una intensa paz\u2026 Todo en aquella casa suscitaba seguridad, \ncalor humano, bienestar, una situaci\u00f3n ed\u00e9nica que nunca podr\u00eda \nresentirse ni afectar a su vida. Pero eso era s\u00f3lo la visi\u00f3n equivocada \nde un ni\u00f1o incapaz de discernir las cosas del mundo adulto, pues la \nrealidad empez\u00f3 a mostrar su destructiva capacidad de producir dolor y \nsufrimiento.<\/p>\n\n\n\n<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; \nPrimero fue el ataque del abuelo, que qued\u00f3 hemipl\u00e9jico y mudo. Se le \nacab\u00f3 la habitaci\u00f3n redonda, arriba, llena de ventanales desde los que \nse ve\u00edan todo el llano y la costa. Era un capricho de la desaparecida \nabuela, que vivi\u00f3 su infancia frente al faro y, cuando construyeron \naquella casa, &nbsp;quiso un cuerpo redondo y elevado en una de las esquinas.\n All\u00ed fueron colocando libros y un despacho donde tocaban el piano a la \nhora de la siesta, donde el abuelo pasaba, finalmente, sus noches \ninsomnes de viudo entregado al triste recuerdo de su extinta esposa.<\/p>\n\n\n\n<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Tras \nel ataque, el abuelo s\u00f3lo dispon\u00eda de la silla de ruedas y de su bast\u00f3n,\n que se empe\u00f1aba en retener como un cetro y que usaba para dar golpes en\n el suelo cuando quer\u00eda algo. Toda su vida subiendo y bajando la \nescalera, poniendo en vertical la galer\u00eda de cuadros de sus antepasados,\n abriendo y cerrando los amplios ventanales\u2026 y ahora condenado para \nsiempre a ocupar un saloncito de la planta baja, adaptado como \ndormitorio. Mario recuerda la impresi\u00f3n que le produjo ver a su abuelo \nconvertido en un pelele sin fuerza ni voz y su mirada atormentada y \nvac\u00eda. Su madre le ped\u00eda que tocara el piano para entretener al enfermo y\n \u00e9l lo hac\u00eda con mucho cuidado para no equivocarse, con las puertas de \nla habitaci\u00f3n redonda abiertas y, terminada cada pieza, bajaba corriendo\n a buscar la aprobaci\u00f3n en los ojos sin alma de su abuelo, que muchas \nveces estaban cubiertos de l\u00e1grimas.<\/p>\n\n\n\n<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; A\u00fan \nno se hab\u00eda hecho a la nueva situaci\u00f3n, cuando su t\u00eda Delia desapareci\u00f3.\n Hubo un revuelo lleno de caras de preocupaci\u00f3n y alarma, pero cada vez \nque \u00e9l preguntaba por aquella dulce adolescente s\u00f3lo obten\u00eda las \nrespuestas de su padre, pues la madre guardaba un estruendoso silencio: \nun \u201c\u00a1C\u00e1llate!\u201d, un \u201cNo hagas preguntas\u201d o, ya alg\u00fan tiempo despu\u00e9s, un \n\u201cEn esta casa no se vuelve a nombrar a esa mujer, \u00bfestamos? Igual que si\n se hubiera muerto\u201d. S\u00f3lo muchos a\u00f1os despu\u00e9s, Mario supo por su padre \nque la t\u00eda Delia guard\u00f3 toda la dulzura de su voz, de su piel y de su \namor para un hombre casado, con el que huy\u00f3. Tambi\u00e9n supo que termin\u00f3 en\n un burdel de la ciudad y que fue la verg\u00fcenza de la familia durante \nmucho tiempo, aunque a\u00fan quedaba pasar por una afrenta mayor, de la que \n\u00e9l fue testigo.<\/p>\n\n\n\n<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\n Ya ha recorrido la mayor parte de la casa y entra, por \u00faltimo,&nbsp;a la \nhabitaci\u00f3n redonda. Observa las cortinas de cretona con las que su \nabuelo proteg\u00eda del sol los libros, siempre ordenados en aquellos \nanaqueles bajos, encargados a la medida de la altura de las ventanas. \nRecuerda algunas porcelanas que aparec\u00edan intercaladas en aquella masa \nde libros&nbsp;y una caja de cart\u00f3n donde su abuela caligrafiaba las fichas \nde cartulina de cada libro y comentaba su calidad usando para ello un \nc\u00f3digo de min\u00fasculos dibujos de flores. Lo que entonces le parec\u00eda una \ninfinidad de libros, es ahora una biblioteca modesta, cubierta de polvo y\n tal vez sin abrir en treinta o cuarenta a\u00f1os. El piano a\u00fan est\u00e1 en su \nsitio y cuando lo ve siente una opresi\u00f3n en el est\u00f3mago, un ahogo que lo\n obliga a sentarse en la banqueta.<\/p>\n\n\n\n<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\n Mira la luz que entra por el poniente, una distante luz de crep\u00fasculo \ndoliente y mustio. La memoria le juega una mala pasada y se ve a s\u00ed \nmismo entrando a ver a su madre tocar el piano. Fue cuando \u00e9l ya hab\u00eda \nempezado el instituto, cuando a mam\u00e1 le sobraban mucho tedio y \nmucho&nbsp;&nbsp;tiempo y tomaba clases de piano, impartidas por aquel extra\u00f1o \nprofesor cuyo origen no consigue recordar.<\/p>\n\n\n\n<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\n Aquel hombre y su madre sub\u00edan a la habitaci\u00f3n redonda y la m\u00fasica del \npiano sonaba. El abuelo, que conoc\u00eda todas aquellas partituras, segu\u00eda \ndesde abajo el ritmo, dando suaves golpes con el bast\u00f3n o torc\u00eda la \ncabeza cuando la ejecutante atacaba sin soltura o sin habilidad una de \naquellas melod\u00edas. Mario lo acompa\u00f1aba repasando las declinaciones del \nlat\u00edn, o las obras de Garcilaso, o los cabos y r\u00edos de la cornisa \ncant\u00e1brica.<\/p>\n\n\n\n<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\n Aquella tarde, cuando la m\u00fasica empez\u00f3 a sonar con una desacompasada \ncadencia, el abuelo, m\u00e1s atento que nunca, golpe\u00f3 furiosamente el suelo \ncon la contera de su bast\u00f3n. Era un golpear tan intensamente rabioso que\n Mario se alarm\u00f3, mir\u00f3 hacia la segunda planta, ech\u00f3 a correr escaleras \narriba, se acerc\u00f3 a la habitaci\u00f3n redonda y vio a su madre: la falda \nlevantada, la blusa abierta, semidesnuda, entre los brazos de aquel \nhombre, extendidos hacia el teclado y tocando vagamente el Vals del \nAdi\u00f3s de Chopin, al tiempo que le besaba ansioso los pechos y la negrura\n del pubis. Ella, con la barbilla levantada, jadeaba y respiraba \nentrecortadamente, las aletas de la nariz enormemente dilatadas y una \nexpresi\u00f3n nunca vista por el ni\u00f1o. <\/p>\n\n\n\n<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\n Ha recordado miles de veces esa imagen, los jadeos, la m\u00fasica \ndesfigurada, los golpes obsesivos del bast\u00f3n del abuelo\u2026 Ha visto la \nexpresi\u00f3n de sorpresa desgarrada en la cara de su madre cuando se dio \ncuenta de su presencia, un gesto que no ha olvidado en tantos a\u00f1os\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\n Esa misma noche, su padre y \u00e9l cogieron un tren en la cercana estaci\u00f3n y\n desaparecieron para siempre. Tras varias tentativas de abrirse camino, \nterminaron en un punto perdido en el mapa de la Argentina y all\u00ed han \npasado todos estos a\u00f1os. Nunca supieron de la muerte del abuelo, de la \nenfermedad de la madre, de su final triste y desolado hace tres a\u00f1os\u2026 \nHoy, el notario le ha entregado la escritura de propiedad de la casa, \nuna respetable cantidad de dinero, unas acciones y una carta que ha \nle\u00eddo en el tren. En ese papel, escrito hace casi medio siglo, su madre \nle dice que lo quiere, que la perdone pese a todo, que s\u00f3lo ha sido una \nmujer d\u00e9bil, que lo echa de menos de una manera lacerada y sangrante, \nque le d\u00e9 apoyo a su padre, con el que \u2013ahora lo sabe,&nbsp;o tal vez lo supo\n siempre- nunca debi\u00f3 casarse\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>Mario\n observa el piano. Hay una partitura polvorienta sobre el atril: el \nmismo vals de Chopin, decadente, triste, lleno de presagios pat\u00e9ticos. \nNo puede resistirse y empieza a tocarlo. A lo lejos suena un tren de la \nestaci\u00f3n, y ese silbido le parece el contrapunto a la m\u00fasica que fluye, \nm\u00e1gica,&nbsp;del piano. Vuelve a su mente el gesto de su madre en aquel \nterrible momento. Ahora comprende que fue una s\u00faplica a su hijo, la \npetici\u00f3n desesperada a un ni\u00f1o de que no le desgarrara aun m\u00e1s la vida, \ncosa que \u00e9l no supo o no quiso interpretar, puesto que baj\u00f3 la escalera \ndando un grito hist\u00e9rico, impropio de un ni\u00f1o de doce a\u00f1os, al que \nacudi\u00f3 el padre. Tambi\u00e9n recuerda que, delante del abuelo y del padre, \ncont\u00f3 todo lo que hab\u00eda visto y acus\u00f3 a su madre, que ya hab\u00eda bajado y \nlos miraba con serenidad y resignada determinaci\u00f3n. El silencio, \nopresivo y agobiante, los envolvi\u00f3. Despu\u00e9s aquella casa desapareci\u00f3 \nhasta hoy.<\/p>\n\n\n\n<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\n La melod\u00eda fluye como si la tocara un aut\u00e9ntico maestro y el tiempo, \ntramposo y desleal, parece retroceder, pues percibe con incre\u00edble \nnitidez los sonidos, las voces, los olores, la m\u00fasica y los ruidos de \nesa casa que \u00e9l habit\u00f3 hasta aquel d\u00eda en que su ni\u00f1ez qued\u00f3 rota para \nsiempre. Le parece o\u00edr los valses tristes de Chopin, las dulzonas \nhabaneras, las sonatas para piano que tocaba su abuelo conjurando el \ndolor de su viudedad. Cree revivir los olores de los guisos que le \ngustaban a sus padres y a Delia, de las frutas cociendo para la compota,\n del dulce de membrillo y las mermeladas, aquellos aromas que inundaban \nla casa. Siempre se sinti\u00f3 all\u00ed a salvo de los males que los mayores \naseguraban que estaban deshaciendo el mundo, que le parec\u00eda algo tan \najeno y lejano como si le hablaran de remotos planetas\u2026 Una seguridad \nque siempre ha echado de menos desde entonces.<\/p>\n\n\n\n<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\n -\u00a1Mam\u00e1! \u00bfEst\u00e1s ah\u00ed? \u2013se sorprende interpelando al vac\u00edo en plena \noscuridad,&nbsp;sin encontrar m\u00e1s respuesta que el silbido de otro tren que \nse pierde en la noche.<\/p>\n\n\n\n<div class=\"wp-block-image\"><figure class=\"aligncenter\"><a href=\"https:\/\/albertogranados.files.wordpress.com\/2010\/09\/labellainsomne-wordpress.jpg\"><img data-recalc-dims=\"1\" decoding=\"async\" src=\"https:\/\/albertogranados.files.wordpress.com\/2010\/09\/labellainsomne-wordpress.jpg?w=640&#038;h=216&#038;fit=300%2C216\" alt=\"\" class=\"wp-image-825\"\/><\/a><\/figure><\/div>\n\n\n\n<p>(Imagen tomada de labellainsomne.wordpress.com)<\/p>\n\n\n\n<p>Relato comprendido en mi libro electr\u00f3nico \u201cCabos sueltos\u201d, disponible en el servicio de descargas de Amazon.es .<\/p>\n\n\n\n<h3 class=\"wp-block-heading\">Alberto Granados<\/h3>\n\n\n\n<figure class=\"wp-block-embed is-type-link is-provider-alberto-granados\"><div class=\"wp-block-embed__wrapper\">\n<blockquote class=\"wp-embedded-content\" data-secret=\"a0HyF7w42W\"><a href=\"https:\/\/albertogranados.wordpress.com\/2010\/09\/16\/la-habitacion-redonda\/\">La habitaci\u00f3n redonda<\/a><\/blockquote><iframe loading=\"lazy\" class=\"wp-embedded-content\" sandbox=\"allow-scripts\" security=\"restricted\" style=\"position: absolute; 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