{"id":4726,"date":"2015-11-25T07:46:48","date_gmt":"2015-11-25T07:46:48","guid":{"rendered":"http:\/\/miradordeatarfe.es\/?p=4726"},"modified":"2015-11-29T17:29:48","modified_gmt":"2015-11-29T17:29:48","slug":"la-necesidad-de-complacer","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/miradordeatarfe.es\/?p=4726","title":{"rendered":"La necesidad de complacer"},"content":{"rendered":"<div class=\"encabezado \">\n<div class=\"hgroup\">\n<div id=\"subtitulo_noticia\">\n<p style=\"text-align: justify;\">Es algo instintivo, casi un acto reflejo: buscamos agradar a los dem\u00e1s. Un sentimiento que puede resultar paralizante e impedir que nos desarrollemos plenamente<\/p>\n<\/div>\n<\/div>\n<\/div>\n<p style=\"text-align: justify;\"><!--more--><\/p>\n<div class=\"columna_texto\">\n<div id=\"cuerpo_noticia\" class=\"cuerpo_noticia\">\n<p style=\"text-align: justify;\">Los electrizantes golpes de cadera de Elvis Presley fueron los responsables de que el paleoantrop\u00f3logo Ignacio Mart\u00ednez bautizara con el nombre <em>Elvis<\/em> a los restos f\u00f3siles de una pelvis. Perteneci\u00f3 a un <em>Homo heidelbergensis<\/em> que vivi\u00f3 hace unos 300.000 a\u00f1os. Si en esa \u00e9poca hubiera existido el r\u00e9cord Guinness, probablemente lo hubiera conseguido por vivir hasta los 45. Era un aut\u00e9ntico vejestorio. Viejo y cojo. Una enfermedad degenerativa de columna que padeci\u00f3, probablemente desde su infancia, le imped\u00eda cazar y m\u00e1s bien lo convert\u00eda en un estorbo para su clan. Sobrevivi\u00f3 porque sus cong\u00e9neres no lo sintieron as\u00ed y lo cuidaron. Si Elvis hubiera sido relegado del grupo, hubiera muerto en poco tiempo.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Nosotros somos hijos de esos <em>homos<\/em> que grabaron en sus cromosomas <strong>\u201cest\u00e1s en grupo o mueres\u201d o \u201csi no gustas a los dem\u00e1s, te juegas la vida\u201d.<\/strong> Ese sentimiento de \u201cjugarse la vida\u201d lo hemos heredado y miles de a\u00f1os despu\u00e9s seguimos notando esa <em>punzante sensaci\u00f3n de algo grav\u00edsimo si no gustamos a los dem\u00e1s.<\/em> Somos capaces de ir en contra de nuestras propias necesidades para actuar seg\u00fan lo que pensamos que el otro espera de nosotros. Son nuestros genes, nuestro cavern\u00edcola interior, los que encienden ese sentimiento. Ahora ya no solemos jugarnos la vida si el otro se enoja, pero lo seguimos sintiendo as\u00ed.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">No podemos manipular los genes para menguar ese terror instintivo, pero s\u00ed poner luz sobre nuestra reacci\u00f3n: <em>si el otro se enfada, lo \u00fanico que pasa (en la mayor\u00eda de casos) es que se ha enfadado y a partir de ah\u00ed lo que sintamos ya es cosa de nuestras interpretaciones.<\/em><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><strong>Los genes no son los \u00fanicos responsables de esa imperiosa tendencia de complacer para conseguir seguridad y amor.<\/strong> La sociedad y la cultura se suman a los cromosomas para decirnos que debemos ser buenos y atender a los dem\u00e1s. Y que si amamos, debemos entregarnos por completo. <em>El amor, aunque resulte parad\u00f3jico, es el responsable de generar din\u00e1micas que enredan las relaciones con sentimientos de entrega, gratitud, culpa<\/em>\u2026 En ocasiones, la entrega absoluta de los padres abona en los hijos un sentimiento de deuda de por vida que los encadena. Una sensaci\u00f3n que los amarra convirti\u00e9ndolos en siervos de lo que creen que sus padres esperan de ellos.<\/p>\n<div id=\"sumario_2|html\" class=\"derecha\" style=\"text-align: justify;\"><em>Con la entrega constante no se llena la autoestima, solo enterramos nuestras ilusiones<\/em><\/div>\n<p style=\"text-align: justify;\">En otras ocasiones, el sacrificio hacia los dem\u00e1s no presenta ni un \u00e1pice de correspondencia. Entonces aparece la rabia, el enfado, la furia o, incluso, la pena y la depresi\u00f3n profunda. En una semana he escuchado dos historias estremecedoramente parecidas. En ambas, una mujer donaba a su marido un ri\u00f1\u00f3n para salvarle la vida. En la primera historia, una vez el marido estuvo recuperado totalmente, le fue infiel con otra mujer. En la segunda, el hombre, ya sano, la abandon\u00f3 por otra. Un desgarro doble. Sin ri\u00f1\u00f3n y con el coraz\u00f3n roto. La moraleja no se dirige al dilema de si debemos o no donar un \u00f3rgano a la persona que amamos. La conclusi\u00f3n es que si lo damos, no podemos esperar nada a cambio. En el momento de dar (un ri\u00f1\u00f3n o un bol\u00edgrafo) debemos interrogarnos profundamente sobre el motivo por el que lo hacemos. \u00bfLo hacemos por el amor que sentimos o por el que esperamos?<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><em>El club de la buena estrella<\/em> es una deliciosa pel\u00edcula (basada en la novela de Amy Tang) donde se plasma la vida de un grupo de mujeres de origen chino que emigran a EE UU. Las m\u00e1s j\u00f3venes son ya estadounidenses. Vemos c\u00f3mo su cultura les ha insertado en el n\u00facleo de todas sus c\u00e9lulas el deber de la entrega. En una de las historias, protagonizada por una de las j\u00f3venes de la \u00faltima generaci\u00f3n, se presenta un ejemplo de las devastadoras consecuencias de la autoesclavitud de complacer. En la Facultad, uno de los chicos m\u00e1s populares se enamora locamente de ella en el momento que ella se muestra sincera y aut\u00e9ntica expresando sus sentimientos. Se enamora de su autenticidad. Al poco, se casan. Ella se siente peque\u00f1a a su lado, menos que \u00e9l. As\u00ed que se esfuerza por complacerlo. Deja sus ilusiones, sus estudios, sus ambiciones a un lado y se vuelca en \u00e9l.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Poco a poco se van distanciando. A \u00e9l le aburre vivir al lado de alguien tan servicial. Y entonces llega una de las m\u00e1s ejemplarizantes escenas. Ella le pregunta d\u00f3nde quiere cenar: en casa o fuera. \u00c9l le contesta que donde ella quiera. La joven insiste en que sea donde \u00e9l desee. Entonces el marido le ruega por favor cenar donde ella elija, le pide que exprese sus deseos, le explica que se sentir\u00eda mejor si supiera lo que piensa. La quiere aut\u00e9ntica como cuando se enamor\u00f3 de ella. La protagonista se siente muy turbada, ya no sabe lo que prefiere, de tanto enterrar sus deseos los ha olvidado. Y decide quedarse en casa porque ser\u00e1 lo mejor para \u00e9l. En la escena siguiente ya aparecen los papeles del divorcio.<em> Con la entrega constante no se llena la autoestima, lo \u00fanico que logramos es ir esparciendo arena por encima de nuestras ilusiones hasta soterrarlas<\/em>.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Albert Ellis, uno de los padres de la terapia cognitiva, postula que el sufrimiento no viene generado por los hechos externos, sino por la interpretaci\u00f3n de los mismos. Esas interpretaciones vienen sesgadas por creencias irracionales que habitan en nuestra mente. Este psicoterapeuta detect\u00f3 11 ideas il\u00f3gicas como causantes del malestar. La primera es: <em>\u201cNecesito el amor y la aprobaci\u00f3n de todas las personas significativas de mi entorno\u201d.<\/em> Una creencia que, en diferentes grados, se encuentra instalada en todas las cabezas.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">La tenemos tan bien implantada que el \u201cs\u00ed\u201d casi se ha convertido en un reflejo. De nuestra boca sale \u201cs\u00ed\u201d cuando queremos decir \u201cno\u201d. Desde las cotidianidades m\u00e1s nimias (decir \u201cs\u00ed\u201d a la invitaci\u00f3n a un caf\u00e9 que no nos apetece) hasta las cuestiones m\u00e1s vitales (decir \u201cs\u00ed\u201d cuando los padres nos sugieren que cursemos unos estudios que no nos motivan). Nos formulan una petici\u00f3n y antes de procesarla ya hemos aceptado, sin pensar siquiera si nos apetece o nos conviene. Dejar un espacio entre la petici\u00f3n y la respuesta puede ser una buena f\u00f3rmula para convertir el reflejo en un acto reflexivo. <em>Cambiar el \u201cs\u00ed\u201d por \u201cd\u00e9jame que lo piense\u201d podr\u00eda ser una buena manera para lograr este espacio.<\/em><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Cuando nos atrevemos a decir \u201cno\u201d, nos sentimos tan mal que nos deshacemos en excusas y justificaciones. En el fondo no lo hacemos tanto por el otro como por nuestra imagen. No sea que el otro piense mal de nosotros. Como siempre, las buenas intenciones pueden llevarnos a caer en una trampa. Cuanto m\u00e1s largas son las justificaciones, m\u00e1s pie le damos a la otra persona para que insista. \u201cHoy no puedo ir a tomar un caf\u00e9 porque tengo clase de ingl\u00e9s y luego deber\u00eda ir a casa a preparar un trabajo para el viernes\u201d. Le estamos regalando al otro argumentos para desmontar: \u201cSi el trabajo lo tienes que entregar el viernes, lo puedes preparar ma\u00f1ana\u201d. Se podr\u00eda entrar en un toma y daca que puede acabar con un \u201cs\u00ed\u201d resbalando por nuestros labios o con una tirantez en el ambiente. Pero un \u201clo siento, no puedo\u201d, puede resultar m\u00e1s llevadero.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><strong>Muchas personas se estrujan las neuronas intentando averiguar por qu\u00e9 se encuentran enredados en esa din\u00e1mica de volcarse en los otros.<\/strong> Nunca podremos saberlo, es absurdo empe\u00f1arse, y m\u00e1s si tenemos en cuenta que, aunque lo supi\u00e9ramos, no nos ayudar\u00eda a superarnos. Algunas personas se remiten a su infancia como la causante del problema, y como forma parte del pasado y no se puede alterar, caen en el victimismo inmovilista.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">La pregunta no es de d\u00f3nde viene, sino qu\u00e9 estamos haciendo o pensando para mantener esta din\u00e1mica de entrega. Si en un momento de paz somos honestos, si nos atrevemos a mirar muy dentro de nosotros mismos, es probable que experimentemos destellos de lucidez y veamos qu\u00e9 miedo nos est\u00e1 inmovilizando. Esa clarividencia suele ser fugaz. As\u00ed que debemos atraparla con todas las fuerzas cuando se presente. Podemos convertirlo en un mantra.<\/p>\n<div class=\"aside estirar\" style=\"text-align: justify;\">\n<h2>Para saber m\u00e1s<\/h2>\n<div class=\"centro\">\n<div class=\"media\">\n<div class=\"foto figure\"><a class=\"posicionador\" title=\"ampliar foto\"> <img data-recalc-dims=\"1\" loading=\"lazy\" decoding=\"async\" title=\"\" src=\"https:\/\/i0.wp.com\/ep01.epimg.net\/elpais\/imagenes\/2015\/11\/18\/eps\/1447850534_137577_1447851552_sumario_normal.jpg?resize=300%2C250\" alt=\"\" width=\"300\" height=\"250\" \/> <span id=\"capaAmpliarFotoReposo_p7\" class=\"ampliar_foto reposo\"><\/span> <\/a><\/p>\n<p class=\"figcaption estirar\"><span class=\"firma sola\">anna parini<\/span><\/p>\n<\/div>\n<\/div>\n<\/div>\n<p><strong>Pel\u00edculas<\/strong><br \/>\n<em>El club de la buena estrella<\/em><br \/>\nWayne Wang<\/p>\n<p><em>Nueve semanas y media<\/em><br \/>\nAdrian Lyne<\/p>\n<p><em>27 vestidos<\/em><br \/>\nAnne Fletcher<\/p>\n<p><em>Zelig<\/em><br \/>\nWoody Allen<\/p>\n<p><strong>Libros<\/strong><em><br \/>\nLa necesidad de complacer<\/em><br \/>\nM. Fine (Urano; Barcelona, 2015)<\/p>\n<p><em>Ego\u00edsmo sano. C\u00f3mo cuidar de uno mismo sin sentirse culpable<\/em><br \/>\nR. Heller y R. Heller (Urano; Barcelona, 2007)<\/p>\n<\/div>\n<p style=\"text-align: justify;\"><em>elpaissemanal@elpais.es<\/em><\/p>\n<p><a href=\"http:\/\/elpais.com\/elpais\/2015\/11\/18\/eps\/1447850534_137577.html?id_externo_rsoc=TW_CM\">http:\/\/elpais.com\/elpais\/2015\/11\/18\/eps\/1447850534_137577.html?id_externo_rsoc=TW_CM<\/a><\/p>\n<\/div>\n<\/div>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Es algo instintivo, casi un acto reflejo: buscamos agradar a los dem\u00e1s. 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