{"id":80156,"date":"2025-11-26T10:44:39","date_gmt":"2025-11-26T09:44:39","guid":{"rendered":"https:\/\/miradordeatarfe.es\/?p=80156"},"modified":"2025-11-26T14:00:13","modified_gmt":"2025-11-26T13:00:13","slug":"el-relato-del-domingo-por-pedro-ruiz-cabello-61-cuarenta-anos-despues","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/miradordeatarfe.es\/?p=80156","title":{"rendered":"El relato del domingo, por Pedro Ruiz-Cabello (61): Cuarenta a\u00f1os despu\u00e9s"},"content":{"rendered":"<h3 style=\"text-align: justify;\">Yo admiraba a mi abuelo. El cari\u00f1o que le profesaba desde que era peque\u00f1o me hab\u00eda llevado a considerarlo como un hombre ejemplar.<\/h3>\n<p style=\"text-align: justify;\">Quiz\u00e1 la causa no fuera otra que el amor que \u00e9l siempre me hab\u00eda tenido, incluso antes de que viniera al mundo, porque yo s\u00e9 que mi nacimiento hab\u00eda sido aguardado por mi abuelo con gran expectaci\u00f3n, como si hubiera visto en \u00e9l una poderosa raz\u00f3n para cambiar su vida. Ese amor, manifestado al principio en forma de gozosa espera, se fue consolidando a medida que yo crec\u00eda, hasta el punto de que no paraba de agasajarme con atenciones y con regalos que a otros nietos no procuraba.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Aquella privanza que ten\u00eda conmigo debi\u00f3 de ser, por tanto, el principal motivo de que lo quisiese. Me acostumbr\u00e9, adem\u00e1s, a acompa\u00f1arlo: desde que ten\u00eda seis o siete a\u00f1os iba con \u00e9l a cualquier lado, incluso a lugares a los que tal vez no deb\u00eda ir un ni\u00f1o. Su presencia era muy parecida a la de un padre que vela constantemente por su hijo, a la de un padre responsable y celoso. Ten\u00eda ya m\u00e1s de sesenta a\u00f1os en la \u00e9poca a la que se remontan mis primeros recuerdos. Era alto, de complexi\u00f3n m\u00e1s bien delgada, con el pelo negro, entreverado de canas. En su semblante era raro encontrar un gesto contrariado: mostraba casi siempre una expresi\u00f3n sonriente en sus ojos verdes, en el modo en que abr\u00eda o cerraba la boca. Seg\u00fan dec\u00edan, hab\u00eda tenido un gran tipo cuando era joven: su estampa y su donaire no les hab\u00edan pasado desapercibidos a las mujeres con las que hab\u00eda tratado; m\u00e1s de una, por la atracci\u00f3n que ejerc\u00edan sus encantos, habr\u00eda deseado en aquel tiempo que \u00e9l se le declarase, que \u00e9l le hiciera una proposici\u00f3n atrevida. Por las fotograf\u00edas que se conservaban de entonces, yo comprobaba que era cierto: ve\u00eda en ellas a un joven muy apuesto, con el cabello ondulado, vestido siempre con trajes muy elegantes. Mi abuela, que tanto lo hab\u00eda querido, aseguraba que parec\u00eda una estrella del cine y que por los sitios por los que pasaba siempre llamaba la atenci\u00f3n. Su opini\u00f3n coincid\u00eda con la de otros contempor\u00e1neos suyos, por lo que no deb\u00eda dudar de aquello.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">La cualidad m\u00e1s relevante de mi abuelo no resid\u00eda, con todo, en su f\u00edsico: su mayor virtud era la simpat\u00eda arrolladora con la que se ganaba el afecto y la consideraci\u00f3n de la gente. Seguramente era una condici\u00f3n que hab\u00eda sabido cultivar siempre, una condici\u00f3n que le hab\u00eda granjeado muchas amistades a lo largo de su vida. En el negocio que entonces regentaba, una tienda de ultramarinos, siempre se mostraba afable y ocurrente, convencido de que su cometido all\u00ed no era otro que complacer a la clientela. Su af\u00e1n de atenderla de la mejor manera hac\u00eda que no descuidara tampoco nada: quer\u00eda que el comercio estuviese bien surtido de productos y que estos no defraudasen a quienes los adquir\u00edan. Yo a veces, cuando estaba all\u00ed, me admiraba de la facilidad con la que hablaba, con la que sab\u00eda atraerse a todos los que lo escuchasen. Refer\u00eda con gracia an\u00e9cdotas, no solo cercanas, sino tambi\u00e9n de otros tiempos, cuando \u00e9l se hab\u00eda movido por otros sitios, porque mi abuelo hab\u00eda viajado por muchos lugares, en los que hab\u00eda conocido a infinidad de personas; pr\u00e1cticamente no hab\u00eda ciudad o pueblo donde \u00e9l no hubiera estado, bastaba con que se mencionaran por casualidad en el di\u00e1logo para que contara algo que en ellos le hubiera pasado. Le gustaba reproducir las conversaciones que hubiera tenido: casi palabra por palabra las reproduc\u00eda, como si las tuviera bien grabadas en la memoria. Era un narrador ameno, pr\u00f3ximo, muy cuidadoso con los detalles. Con \u00e9l era dif\u00edcil aburrirse; pod\u00eda estar dos horas hablando sin que el interlocutor perdiera inter\u00e9s por lo que le estaba diciendo.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Mi abuelo, como era natural, no pod\u00eda limitarse al reducido \u00e1mbito de la tienda. Su propensi\u00f3n a expandirse lo llevaba a salir de ella con frecuencia y a relacionarse con otros c\u00edrculos, como eran los que se establec\u00edan en los bares o en otros locales p\u00fablicos. Me acuerdo de que entonces intervino decisivamente en la formaci\u00f3n de un nuevo equipo de f\u00fatbol en el pueblo: con algunos amigos tuvo reuniones en un bar muy conocido, hasta que finalmente se sac\u00f3 adelante el proyecto. A su edad, ya avanzada, actuaba con la ilusi\u00f3n de un joven, con el empuje de alguien que no ha dejado de creer en sus valores. Hoy, cuando lo recuerdo, me sorprende que as\u00ed se comportara: lo normal, despu\u00e9s de todo lo que hab\u00eda vivido, era que tuviese un esp\u00edritu esc\u00e9ptico, inclinado al recelo y a la melancol\u00eda. Parec\u00eda como si la vida le hubiera dado una segunda oportunidad y no quisiera desaprovecharla, como si se hubiera armado de fe y de confianza para emprender un nuevo periodo.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Muchas veces me llevaba a m\u00ed de paseo por Granada. Mi abuelo hab\u00eda vivido en Granada cuando era joven. A menudo pas\u00e1bamos por delante de la casa donde hab\u00eda residido, situada en un callej\u00f3n muy estrecho. Una vez me cont\u00f3 que algunos d\u00edas llegaba de madrugada y que como no ten\u00eda llave tiraba un chino al cristal de la ventana del dormitorio de sus padres para que uno de los dos le abriera. Recorr\u00eda con \u00e9l tambi\u00e9n los lugares m\u00e1s emblem\u00e1ticos de la ciudad, todos cargados de recuerdos. Mientras los visit\u00e1bamos, me refer\u00eda historias que \u00e9l conoc\u00eda, la mayor\u00eda de ellas salpicadas de leyendas. Me acuerdo de que cuando pas\u00e1bamos por la Gran V\u00eda siempre se\u00f1alaba un letrero descolorido que colgaba de una de las fachadas. Era el letrero de una marca de abonos ya inexistente; a duras penas se sosten\u00eda sobre el bajo donde hab\u00eda estado alojado el comercio, cerrado con una vieja persiana met\u00e1lica, sobre la que se acumulaban la mugre y el polvo. Dec\u00eda que \u00e9l hab\u00eda trabajado en aquel negocio y que hab\u00eda sido quien hab\u00eda colgado el letrero. \u00abParece que fue ayer cuando estaba subido en la escalera; con veinte a\u00f1os, era el trabajador m\u00e1s joven, al que le encargaban las tareas m\u00e1s duras\u00bb, insist\u00eda con una voz de ensue\u00f1o, vi\u00e9ndose all\u00ed subido en la escalera, posiblemente de madera, tratando de clavar en la pared aquel pedazo de chapa de hierro con el nombre de la empresa. Yo me lo imaginaba as\u00ed mientras me lo contaba; me acordaba de las fotograf\u00edas, en las que aparec\u00eda como un hombre gallardo.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Era aquel un episodio que no se me ha olvidado. Durante varios a\u00f1os permaneci\u00f3 aquel letrero colgando del mismo sitio. Cada vez que pasaba por la Gran V\u00eda no pod\u00eda dejar de recordar lo que \u00e9l me hab\u00eda contado. Hab\u00edan pasado cuarenta a\u00f1os. Para mi abuelo, cuarenta a\u00f1os no eran nada, le parec\u00eda que era ayer cuando hab\u00eda tenido lugar aquella escena. Yo, cuando era ni\u00f1o, no lo entend\u00eda: no pod\u00eda entender que el tiempo transcurriera tan deprisa. Hoy, en cambio, comprendo a mi abuelo. La vida es muy corta: el tiempo en ella vuela. Mientras se vive, quiz\u00e1 se ignora: los intereses de cada momento absorben la atenci\u00f3n, impidiendo que se discurra de otra manera. Yo lo he comprendido a partir de cierta edad, cuando ya ten\u00eda una buena parte de mis objetivos cumplidos. Por lo general, no se piensa cuando se act\u00faa. Mi abuelo, cuando ten\u00eda veinte a\u00f1os y trabajaba en aquella empresa, no pod\u00eda pensar que el momento en que estaba colgando el letrero habr\u00eda de ser evocado despu\u00e9s por \u00e9l con tanta emoci\u00f3n. Era, simplemente, un encargo que le hab\u00edan hecho y que \u00e9l trataba de cumplir del mejor modo posible. Quiz\u00e1 su continuaci\u00f3n en el empleo depend\u00eda de eso, de lo bien que ejecutase su cometido. Es una escena que parece normal pero que est\u00e1 cargada de sentido. Demuestra que no hay nada que sea inocuo, nada que no pueda tener consecuencias imprevisibles.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Cuarenta a\u00f1os no hab\u00edan sido nada para mi abuelo. El letrero permaneci\u00f3 alg\u00fan tiempo m\u00e1s colgando del mismo sitio, a punto ya de desprenderse. Cada vez que pasaba por all\u00ed, no pod\u00eda evitar acordarme de mi abuelo: lo ve\u00eda subido en el \u00faltimo pelda\u00f1o de la escalera, en un mediod\u00eda de oto\u00f1o, con un sol tibio alumbrando la Gran V\u00eda. Hoy est\u00e1 ya \u00e9l muerto; me aproximo de forma inapelable a la edad que entonces ten\u00eda. Parece mentira que esto ocurra. Yo tambi\u00e9n recuerdo escenas o sucesos de mi juventud, velados por el aura de un sue\u00f1o. Podr\u00eda decir lo que dec\u00eda mi abuelo, cuando paseaba conmigo por la Gran V\u00eda. Yo era un ni\u00f1o; \u00e9l, casi un anciano. A veces creo que sigo siendo un ni\u00f1o, un ni\u00f1o que se acaba de subir al tren de la vida y que ve pasar ante \u00e9l im\u00e1genes sucesivas. Camino cogido de la mano de mi abuelo, de la que no oso apartarme. \u00c9l dirige mis pasos, me lleva a los lugares a los que desea que vaya. Me dice que ha viajado mucho y que en todos los sitios ha visto lo mismo. Pueden ser distintos los modos o las circunstancias que concurren en un determinado caso, pero lo esencial no var\u00eda. Soy ahora un hombre con alma de ni\u00f1o. Mi abuelo camina conmigo, siento el contacto de su mano en la m\u00eda. No tengo miedo. Todo me sonr\u00ede. Los a\u00f1os siguen pasando, pero no me har\u00e9 viejo. Vivo en un presente eterno, en un tiempo que se dilata de forma indefinida. La muerte no acaba con nada: tras ella se abre una etapa nueva, en la que el esp\u00edritu sobrevive a sus angustias. No, mi abuelo no ha muerto, contin\u00faa caminando a mi lado. Me lleva, en un mediod\u00eda de oto\u00f1o, a un lugar que todav\u00eda no he visitado. Soy casi un anciano; \u00e9l, un ni\u00f1o que no ha dejado de crecer y que habla con indecible encanto. Yo lo admiro. Me cuenta que hace cuarenta a\u00f1os hab\u00eda colgado una chapa alargada de hierro de una fachada de la Gran V\u00eda, en la que estaba escrito el nombre de la casa de abonos en la que \u00e9l entonces trabajaba. Ese letrero todav\u00eda cuelga encima del local donde se hallaba aquel negocio. Yo lo miro. Tiene los bordes doblados, las letras est\u00e1n ya borrosas. Han pasado cuarenta a\u00f1os. Parece incre\u00edble, me dice mi abuelo. En sus labios se dibuja una sonrisa. S\u00e9 que nunca miente: si \u00e9l lo dice, ser\u00e1 cierto. El tiempo pasa muy deprisa. Lo que se pierde es lo que se ha tenido, lo que ha sido objeto de una posesi\u00f3n insegura. Ya no hace falta que piense: seguir\u00e9 caminando con \u00e9l hacia ese lugar impreciso, donde ya nada envejece ni muere.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Quiz\u00e1 esto que he referido no se parece a un cuento. En un cuento el tiempo fluye y en este relato todo se mezcla. Es acaso la narraci\u00f3n de un sue\u00f1o, la relaci\u00f3n de un recuerdo que ha ido creciendo de forma descontrolada y confusa. Es, en cualquier caso, una historia que no ha seguido un orden o que no se ha sometido a un patr\u00f3n cierto. Contar no es pensar: contar es solo tirar de un hilo, con palabras que en \u00e9l se van ensartando de modo espont\u00e1neo. Las personas a las que les gusta mucho hablar lo saben. Mi abuelo, que tan bien hablaba, sab\u00eda que su discurso ser\u00eda m\u00e1s atendido cuanto m\u00e1s hablase, cuantas m\u00e1s palabras en \u00e9l ensartara. Como buen narrador, daba mucha importancia a los detalles. Quiz\u00e1 si la hubiera contado de otro modo, aquella historia del letrero no la hubiera recordado, y este relato, que m\u00e1s se parece a un sue\u00f1o o a una reflexi\u00f3n desordenada, yo no lo hubiera podido escribir. Me he dado cuenta, ahora que he llegado al final, de que no narro como \u00e9l: a veces no me detengo en lo que a los lectores o al p\u00fablico les pudiese gustar. Desear\u00eda parecerme a mi abuelo, a quien no le faltaba nunca instinto para elegir siempre lo que hab\u00eda de despertar m\u00e1s inter\u00e9s. Era un don que \u00e9l ten\u00eda y que explotaba continuamente. Un don del que yo carezco, por mucho que escriba o que crea que lo hago bien.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">La vida, como mi abuelo dir\u00eda, no termina: si se sabe contar, continuar\u00e1 existiendo en la memoria del lector, como en la m\u00eda perduraron sus relatos, las historias que \u00e9l me contaba cuando era peque\u00f1o.<\/p>\n<div class=\"wp-block-post-author has-large-font-size\">\n<div class=\"wp-block-post-author__content\">\n<p class=\"wp-block-post-author__name\" style=\"text-align: justify;\"><strong>Pedro Ruiz-Cabello Fern\u00e1ndez\u00a0 <\/strong>Profesor de instituto IES ILIBERIS y escritor.<\/p>\n<p>La Gran V\u00eda de Granada ::RAM\u00d3N L PEREZ<\/p>\n<blockquote class=\"wp-embedded-content\" data-secret=\"3eWORI7lAq\"><p><a href=\"https:\/\/en-clase.ideal.es\/2025\/11\/16\/el-relato-del-domingo-por-pedro-ruiz-cabello-61-cuarenta-anos-despues\/\">El relato del domingo, por Pedro Ruiz-Cabello (61): Cuarenta a\u00f1os despu\u00e9s<\/a><\/p><\/blockquote>\n<p><iframe loading=\"lazy\" class=\"wp-embedded-content\" sandbox=\"allow-scripts\" security=\"restricted\" style=\"position: absolute; visibility: hidden;\" title=\"\u00abEl relato del domingo, por Pedro Ruiz-Cabello (61): Cuarenta a\u00f1os despu\u00e9s\u00bb \u2014 IDEAL En Clase\" src=\"https:\/\/en-clase.ideal.es\/2025\/11\/16\/el-relato-del-domingo-por-pedro-ruiz-cabello-61-cuarenta-anos-despues\/embed\/#?secret=Pi7qpK8M5j#?secret=3eWORI7lAq\" data-secret=\"3eWORI7lAq\" width=\"600\" height=\"338\" frameborder=\"0\" marginwidth=\"0\" marginheight=\"0\" scrolling=\"no\"><\/iframe><\/p>\n<\/div>\n<\/div>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Yo admiraba a mi abuelo. 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