12 octubre 2026

Carles Puigdemont, por los caminos de Europa, ejerciendo de protomártir; como un Napoleón redivivo disfrazado de demócrata; como un señor fetén que ha hecho el gran sacrificio del nacionalismo burgués en caída libre, cargando sobre sus hombros todo el peso de una historieta tan rotundamente inventada que ni fue ni será. Mayormente porque va en primera instancia contra el interés general de los ciudadanos de Cataluña (conste que la denominación “ciudadanos de Cataluña” no es mía, sino del sagaz discurso de Josep Tarradellas cuando pudo volver de su exilio verdadero) y contra la realidad misma.

Es decir, que don Carles montó la escenografía de un fracaso sin inmutarse porque creyó que él podía convertirse en Tarradellas —mejor no mentar a Companys en el clima actual—, sin percatarse, ay, de que carecía de la capacidad crítica necesaria para interpretar el momento geopolítico en el que planteó su disparate y le sobraba un palmo de flequillo. Y lo más llamativo es que el gerundés sigue convencido de que su relato histriónico tiene vigencia, como si el personal no hubiera aprendido nada del intento de quiebra de la estabilidad de siete millones de personas.

Pero, a pesar del daño infligido, ya puede retornar como si nada por obra y gracia del Tribunal Constitucional, sin afrontar ninguna responsabilidad penal por haber creado tal confrontación estulta, algaradas callejeras entre neumáticos incendiados que tuvieron a Barcelona como epicentro. Es decir, que el capricho de declarar la independencia le ha salido gratis, y él siente que regresa triunfante a una nación, la nuestra, donde sus exiguas huestes no le han avisado de que ya es poco más que una suerte de caganet, el personaje escondido extramuros del pesebre navideño con los pantalones bajados haciendo sus necesidades. Vulgar y prosaico, reducido a vergonzante símbolo de  infamia y cobardía.

Aún así, hay quien insiste en sostenerle un aura de mínima dignidad institucional, como si el relato pudiera doblegar la fuerza de los hechos; de esta forma, por efecto de la Ley de Amnistía, Puigdemont vendrá cuando le plazca, pero no para rendir cuentas de sus actos, sino para ejercer de molt honorable expresident, con coche oficial, escolta, secretaria y una asignación cercana a los ochenta mil euros anuales. Algunos consideran que manteniendo la red de prebendas de su camarilla y haciendo la vista gorda con su micropartido, Junts, quizá dejen de fastidiar en las instituciones supraautonómicas. Aunque  todos ellos hayan demostrado sistemáticamente lo poco que vale su palabra porque, vista su trayectoria, resulta difícil que puedan caer más bajo del inframundo en el que tan cómodos parecen desenvolverse.

Mientras tanto, con nuestras luces y nuestras sombras, los demás hemos seguido avanzando como hemos podido en estos nueve años en los que el personaje ha deambulado entre Bélgica y Francia, ejerciendo de bufón ridículo por aquí y por allá. Y tal vez podría considerarse una figura anecdótica en esta nueva hora de España si no fuera porque vivimos un momento complicadísimo de polarización extrema protagonizado por individuos aún más perversos, cuya ambición de poder y cuyos intereses espurios los hacen capaces de destrozar la convivencia con una facilidad alarmante. Ahí reside la gravedad última, en el ejemplo que supone su amnistía para quienes utilizarán este retorno como la validación de que se puede tensar un país entero a voluntad sin asumir después ninguna consecuencia.