ATARFE: DIEZ AÑOS DE LA APERTURA DEL CENTRO CULTURAL MEDINA ELVIRA por Jose Enrique Granados

ATARFE: DIEZ AÑOS DE LA APERTURA DEL CENTRO CULTURAL MEDINA ELVIRA por Jose Enrique Granados

El pasado 31 de marzo se cumplieron diez años de la inauguración del Centro Cultural Medina Elvira. Con más pena que gloria esa efemérides ha pasado desapercibida para la gran mayoría de los atarfeños. Aunque la situación presupuestaria no es para nada halagüeña, el austericidio tan poco es la receta ideal en estas situaciones. Prudencia y mesura es el remedio idóneo.

Para conmemorar aquel evento, en la Gacetilla rescatamos el artículo titulado “Centro Cultural Medina Elvira, nombre medieval para la cultura de vanguardia” que el crítico de IDEAL, Andrés Molinari escribió en el suplemento de las fiestas de aquel lejano ya 2007. La ilustración se corresponde con un óleo de María Asunción Herrera Baca

“Lo primero que sorprende al visitante son la prestancia y la claridad que desprende todo el edificio. No acompleja a nadie con su altura ni él mismo se siente agobiado por el caserío circundante. Ha emergido rodeado de casitas bajas, como una manzana más, como un vecino nuevo que se ha mudado a este barrio de Atarfe, junto al Parque y a un paso del centro del pueblo. A pesar de la angulosidad de sus formas externas y pese al uso de materiales fríos como el granito, el metal y el vidrio, hay un juego seductor de tejuelos cobrizos, que no se extralimita en presunción, y un quiebro de las líneas rectas, en forma de caparazón de quelonio, muy estudiado para que no parezca un alarde de cubismo urbano en un pueblo de vega. Aún le falta ese toque vegetal que tanto aminora los furores veraniegos y que colorea los otoños con el mismo cobre que sus espejuelos, pero los seres vivos, como las buenas famas derivadas de acertadas programaciones, crecen con la lentitud del tiempo y del tesón.

Es el Centro Cultural Medina Elvira, el que fue inaugurado el último día de marzo de este año. Con su nombre medieval recuerda la vieja historia del pueblo que lo acoge y la ciudad cuyas ruinas ahora se desentierran, a un paso del propio Atarfe. Pero su mirada se dirige al futuro, como sus cuatro costados elevan sus fachadas hacia cualquier paisaje de la vega, más allá incluso de los asombrosos panoramas que se ven, en un día claro, desde las cumbres de Sierra Elvira. Como ejemplo aquel primer acto del día 31 de marzo: una orquesta checa, la nacional, con una música en gran parte americana. Como dos columnas de Hércules, una anclada en la cultura europea y la otra en el cine americano, Medina Elvira se inauguró señalando el “más allá” que nos espera, más allá de lo provinciano y lo pueblerino, sin olvidar las raíces que le han visto nacer.

Otras noches han llegado después, todas acertadas en estos cuatro meses escasos de vida que tiene el Medina Elvira. Música de Verdi, de Revolver, de Paco Ibáñez o del grupo extremo Sebastián Bach y palabras de buen teatro, dichas por Concha Velasco, Verónica Forqué, Osinaga y otros más, han nacido en su gran escenario, que se ensancha casi hasta los 19 metros entre hombros y se ahonda hasta más de 10 de fondo. Sonidos preparados en los amplios sótanos, en los que se aúnan casi una decena de camerinos con media docena de salas de ensayo perfectamente insonorizadas. Artistas ampliamente acogidos en entre decorados móviles y bambalinas que bajan desde una parrilla situada casi a 20 metros del linóleo, en la que se puede colgar toda la fantasía teatral y sobre la que se pueden proyectar todos los rayos láser y tecno de última generación. Sonidos nacidos también en el foso orquestal, ancho y bien situado, para casi 40 atriles con su director.

Palabras, música e imágenes que han saltado la gran boca del escenario, adaptable a telones de guillotina o americano, para enredarse con la atención silenciosa o la carcajada veraz de los atarfeños, siempre a gusto y siempre satisfechos en la gran sala del teatro. Sin olvidar al chiquillerío que disfrutó con el conciertazo de Fernando Argenta. Es una sala confortable y cálida, cubierta, desde el suelo hasta el techo, con maderas claras que le dan una envidiable sonoridad, surcada por tres pasillos de suave pendiente que no desaprovechan los espacios de mejor visibilidad y con los asientos tapizados en su justa medida para que el espectador se sienta cómodo pero sin exceder el límite de tela, absorbente de sonido, que debe tener un teatro moderno. La iluminación para el público ni distrae con su presunción ni despilfarra presupuesto en grandes lámparas o en apliques costosos. El techo se quiebra en unos cuantos zig-zags, justo los que aconseja la acústica moderna para que el sonido se expanda con reverberación, pero sin ecos molestos. Esta mezcla de sencillez, efectividad y elegancia la han conseguido la empresa constructora Acsa y el estudio de arquitectura de Juan Carlos García de los Reyes.

Pero al visitante le esperan unas cuantas sorpresas más. Normalmente los visitantes de fuera del pueblo dejamos el automóvil en la amplia Avenida de la Diputación, en la que se encuentra enclavado el edificio, y que posee estacionamientos junto a ambas aceras sin demasiado problema. Y luego hacemos tiempo paseando por el parque del pueblo, vecino del Medina Elvira. Sin embrago, pasado el verano, el visitante no tendrá que dejar su coche en la calle pues toda la amplitud del edificio, en su primer sótano, se destinará a aparcamiento subterráneo capaz para más de un centenar de vehículos.

Poco a poco el mobiliario de acogida y de descanso va haciendo su aparición en el gran zaguán acristalado y en los pasillos que conducen a la sala. No se pretende emular a los teatros de ópera decimonónicos. La simplicidad reina en las puertas, en los pasamanos, en los asientos y en los mostradores. La misma sencillez que se refleja en la placa inaugural, clavada en un lado de dicho zaguán: nada de citar a grandes personalidades que llegan un instante y después abandonan su patrocinio hacia el pueblo. Simplemente dos nombres, el de Teresa Jiménez, como Delegada del Gobierno autonómico, y el de Víctor F. Sánchez Martínez, alcalde y gran impulsor de este edificio por y para Atarfe. Y aquella fecha del 31 de marzo, que dejaba al Centro Cultural anclado definitivamente casi junto a la carretera nacional, en un rasgo más de acierto, para que los muchos camiones que traen y llevan equipos y decorados no se pierdan entre callejas o dañen propiedades del vecindario.

Medina Elvira, además de la gran sala para 650 personas, además de los dispositivos motorizados en el escenario y de los exigentes sistemas de seguridad, incluido el telón cortafuegos, es un centro que crece y que espera tener, en breve, tanto ajetreo diurno como vida nocturna. No me refiero al cotidiano trabajo matutino del director del centro, Raúl Alcover, y de su equipo de técnicos, ni a los guardias de seguridad o a los ayudantes que montan y desmontan espectáculos de los más variados géneros desde tempanas horas de la mañana para que a la noche todo esté a punto. Me refiero a que el Centro Cultural Medina Elvira pronto dispondrá de aulas de informática, talleres para jóvenes, una luminosa y nutrida biblioteca, centro de documentación atarfeña, salas de reuniones para las asociaciones del pueblo y todo aquello que da alma, vida y sentido a una inversión que puede rondar los quince millones de euros.

Ahora el Medina Elvira es un niño precoz, su corazón juvenil, que es su sala teatral, ya late con la fuerza de un gran teatro que para sí lo quisiera la propia ciudad de Granada. Pero el equipo técnico del teatro ya trabaja para que otros ámbitos del Centro pronto adquieran también su madurez plena. Unas fichas, en las que aparece el modular y alomado perfil del edificio, colocadas en los mostradores del zaguán, solicitan los datos del respetable para elaborar una gran familia con los asistentes habituales a los conciertos y representaciones. Y no será raro ver pronto las cabinas de traducción simultánea, que posee la sala, descifrando lenguas de cualquier parte, en un congreso internacional, que puede celebrarse en cualquier momento.

Ya se trabaja en los próximos estrenos y en programar con tino la temporada que viene. Como es natural, Atarfe será lo primero, y Atarfe es un pueblo polifacético en el que gusta lo mismo la comedia que el drama, lo mismo la ópera, bien traducida, que el rock internacional y lo mismo la zarzuela con nostalgia que el punk de vanguardia. Pero en el horizonte también se divisa el área metropolitana, con la cercanía de la capital de la provincia, en la que faltan edificios tan bien dotados como éste e incluso equipos tan ilusionados y capacitados como el que ahora trabaja para poner en la mejor “marcha” al Centro Cultural Medina Elvira de la Ciudad de Atarfe”.

Curiosidades evirenses.