NO HAY DERECHO  por Juan Alfredo Bellón

NO HAY DERECHO por Juan Alfredo Bellón

NO HAY DERECHO por Juan Alfredo Bellónpara EL MIRADOR DE ATARFE del domingo 12-03-2017

    Nunca hasta la fecha la hartazón nacional de las transgresiones más palpables en el ámbito de la corrupción socioeconómica y sociopolítica había atenazado a la opinión pública de nuestro país, no solo por la cantidad de violaciones de las leyes que regulan nuestra convivencia, sino por el cinismo con que se cometen los más abyectos actos contra la propiedad y el patrimonio común de los españoles y la rectitud en el desempeño de la administración delegada en el manejo de esos bienes. Los límites en este terreno de la honestidad y de la moral pública vienen saltando por los aires desde hace tiempo y provocando entre nosotros la impresión se sobrenadar una gran ciénaga pestilente e insoportable que a todos nos toca por activa o por pasiva y que difícilmente podremos apartar de nuestra vida cotidiana.

    Cuentan las crónicas nacionales que el último barómetro del CIS informa de que la mayor preocupación de los españoles ha pasado a ser la justicia y por primera vez la gente no distingue si la humana o la divina, porque no es solo la organización de los tribunales o la lentiud de los mismos sino sobre todo los propios sentidos de los últimos fallos judiciales que de forma clamorosa contradicen el sentido y la opinión común del común de los ciudadanos. Nadie acepta como racional la práctica absolución de la infanta Elena ni, sobre todo, la de su marido y el socio; la de Luis Bárcenas, Rato y Blesa; la de los implicados en el caso Gurtel, la muy posible del presidente murciano y de la Generalitat, la de los integrados en la trama Púnica, la eternización de las dilgencias ahora ampliadas en torno al caso Serrallo y Nazaríes por la conivencia del ex-alcalde de Granada y de la teniente de alcalde de Urbanismo e incluso ahora la de buena parte de los acusados en el caso de los Romanones y del mismísimo padre Román tanto, en los tribunales civiles como en los eclesiásticos y de la posible implicación del Arzobispo Martínez. No somos nadie.

    Para ser condenado en firme y para pagarlo con cárcel y multas parece que hay que haber matado a la propia divinidad o que haber cometido un magnicidio tan patente como el de Dallas y que te hayan pillado con las manos en la masa sin que valga para ello la foto pisando el cuerpo exangüe de las víctimas (leones o elefantes) las cuentas corrientes multimillonarias en los bancos suizos o la grabación de las conversaciones telefónicas donde, en cuanto que se descuide la policía judicial, las pruebas son declaradas nulas y por tanto inutilizables en tu contra por aquello de las garantías procesales.

    En el caso del PP parece ser, más que un partido trufado por una corrupción tan sistémica como repugnante, una fomación política y benéfica que nada tiene que ver con las decenas y centenas de causas abiertas por la financiación irregular de su cuentas y por el enriquecimiento fradulento de muchos de sus dirigentes máximos, dándose el caso que el hasta hace poco pricipal partido catalán, Convergencia y Unión, ha tenido que desaparecer y refundarse por mordidas (ya van por el 4%) y desviaciones menos graves y cuantiosas que las del PP donde acaba de descubrirse la red fraudlenta de Madrid sin coste alguno para Esperanza Aguirre, mientras que Rajoy gobierna España con más desahogo que Puigdemont Cataluña y en estos momentos pasa por ser uno de los líderes europeos con mayor solidez política, si se le compara (paradojas de la vida) con los presidentes de Francia, Alemania e Italia, pendientes de un inminente refrendo electoral más dudoso que el del presidente español.

    Por lo que respecta a Granada, los dimitidos ediles del PP llevan unos meses acusados e investigados por corrupción y protestando por su inocencia mientras la justicia los va envolviendo cada vez más por la fuerza evidente de los hechos y con todo y con eso ellos se muestran más orgullosos y altaneros  que don Rodrigo en la horca, como si estuvieran seguros de su impunidad.

    Mientras, nosotros nos vestimos de luto riguroso y celebramos el 8 de marzo el Día de la Mujer Trabajadora y de la Igualdad entre géneros, lo que implica la Justicia para todas y todos ahora  que las asechanzas contra ellas se multiplican y endurecen en este mondo cane. Ojalá pronto cambiemos el color de nuestra indumentaria reivindicativa y nos vistamos todas y todos de rojo o morado por dentro y por fuera para celebrar el triunfo de nuestros derechos y de nuestra igualdad.