«ESCENAS COSTUMBRISTAS Y PERSONAS PECULIARES DE ATARFE» por Francisco L. Rajoy Varela

«ESCENAS COSTUMBRISTAS Y PERSONAS PECULIARES DE ATARFE» por Francisco L. Rajoy Varela

A través de estos relatos o crónicas lejanos en el tiempo voy desgranando, no sólo recuerdos y vivencias, también las sensaciones que experimento según las transcribo.

Y hay momentos que, aunque todo se ciñe a la realidad, me parece como si lo vivido hubiese sido un sueño y me pregunto, ¿realmente existió aquella gente tan distinta en su forma de pensar y vivir?, ¿influyeron y en qué medida las circunstancias políticas y económicas de aquellos años? Honestamente, creo que la vida no es más que un conjunto de circunstancias y anécdotas, unas agradables y otras no tanto. Y que la felicidad, no es más que un estado de ánimo, un reflejo de nuestras luces y sombras interiores, de nuestros ángeles y demonios. Siento discrepar de Machado cuando dice, “todo pasa y todo queda”. Porque, ¿qué quedará del Atarfe del ayer, cuando hayamos pasado los que lo vivimos y no estemos?, ¿quién se encargará de transmitir fiel y objetivamente la historia de aquellos años y no una torpe y vulgar interpretación?

De las Escenas Costumbristas.

Ya he referido algunas, pero las vuelvo a recordar. La de los cabreros con sus rebaños de cabras vendiendo la leche por las calles a pie de puerta. La de las mujeres llenando los botijos y los cántaros de agua en los Pilares de la plaza del Ayuntamiento y frente a la Iglesia, con sus tertulias y chismes, sus risas y cantos, sus penas y llantos. Miguel Moles repartiendo hielo por las calles del pueblo en el verano, llamando a la gente con su corneta.

El afilador o amolador, ese comerciante ambulante que ofrecía sus servicios de afilar cuchillos, tijeras, navajas y otros instrumentos de corte. Es historia esa imagen del artesano recorriendo con su bicicleta y su piedra de amolar las calles del pueblo, anunciando su paso con el pito del afilador o chiflo (una pequeña flauta de Pan hecha de cañas y luego de plástico), con su breve melodía haciendo sonar las notas de su escala tonal.

El buhonero o trapero, con su carrito ambulante que iba recogiendo por las calles la ropa vieja y objetos que se desechaban y que luego reutilizaba o revendían para chatarra.

El colchonero que se dedicaba a arreglar las colchonetas. “Se atirantan, se recortan las colchonetas”, iba pregonando por las calles.

La leche “del Auxilio Social”, que se repartía todas las tardes en los bajos de la Emisora que estaba antes en la calle Horno Viejo. La gente iba con sus lecheras a recogerla. El reparto corría a cargo de Maruja Cantalejo como Jefa de la Sección Femenina y Luis el de Virginia como Jefe de Falange.

El Santo Viático que daba el cura a los enfermos en los atardeceres. Salía el sacerdote bajo palio, acompañado de los miembros de la Hermandad del Santísimo y otras personas. En cambio, cuando la persona estaba moribunda, se administraba la Extremaunción en cualquier momento.

El día del Corpus, era costumbre que los niños que habían recibido la Comunión ese año participaran en la procesión acompañando a la Hermandad del Santísimo y las Hijas de María (ambas desaparecidas).

Cuando un viudo se casaba de nuevo, era costumbre darle “la cencerrá”, acudían a la puerta de su casa con latas, cacerolas y petardos durante varios días.

Otra costumbre era cuando se iba a casar una pareja, como despedida de solteros era normal ir a lavar la lana del colchón a las madres del Rao y después se hacía una pequeña fiesta con los amigos en casa de la novia. En caso del novio, se iba a comer un arroz en la Moleona o en los Caballicos del Rey.

Al producirse un incendio y no existir servicio de extinción, las campanas de la Iglesia tocaban a arrebato para que la gente acudieran a sofocarlo de forma solidaria.

En la época de verano, y debido al calor, los niños llevábamos colgados al cuello unos jarrillos de lata o plástico, para beber agua y mitigar la sed.

Una vez terminado el servicio de atención al público de los tranvías, durante la noche seguían funcionando con vagonetas incorporadas que transportaban remolachas a la fábrica de la Vega u otros materiales para las distintas fábricas que existían. También, y en época de trashumancia, trasladaban el ganado a los pastos frescos de Sierra Nevada.

También hubo una época en la cual existió una caja de las ánimas que se guardaba en la Iglesia para enterrar a los pobres sin recursos económicos. Y, a propósito de difuntos, según la importancia social y económica del fallecido, existían funerales de primera, segunda y tercera. En el primer caso, las campanas doblaban de forma repetitiva y el funeral de cuerpo presente era celebrado por varios sacerdotes.

La devoción religiosa y mariana de aquellos se reflejaba en unas hornacinas de madera con algunas vírgenes en su interior (La Milagrosa, la del Carmen, etc.), había grupos de vecinos que pagaban una pequeña cuota y elegían unas imágenes u otras que iban rotando durante cierto tiempo de unos a otros y se exponían en las casas durante unos días y se encendían con unas mariposas en el interior de un vaso de aceite.

De las Personas Peculiares.

Formaban parte del paisaje urbano y de la historia atarfeña. Si no hubieran existido, habría que haberlos inventado. Gozaban del cariño y del respeto popular, sólo siendo muy mezquino, se hubiera burlado de ellos o hubiese hecho chanza. En una época que no había centros especializados para su atención, era de admiración y respeto, aquellas familias que dedicaron su vida a cuidarlos con tanto amor y sacrificio.

Entre los disminuidos síquicos estaban Juan de Dios el de la Capacha que siendo niño sufrió parálisis cerebral, Antonio Tonto y su hermano Faustino, Daniel Aguilar que se paseaba todo el día desmenuzando un trozo de cartón o deshilachando un trozo de trapo o dentro de la Iglesia, al igual que Elisa la Guapa que tan pronto se abría el recinto y hasta que cerraba, permanecía en el interior rezando. Cuando no, te la solías encontrar por las calles rezando ante las hornacinas de vírgenes y santos que encontraba. También recuerdo a Marina de los Quesada de la calle Nueva y a Manuel el de los burros y su famoso estribillo que cantaba por las calles: “Te acuerdas Carmen de Franco cuando juntos íbamos a los toros”. Al último que llegué a conocer antes de dejar el pueblo, fue a Juanillo el de los Tetinos. En cualquier caso, he de decir que la gente los cuidaban y trataban con mucho cariño.

Entre los personajes populares estaban el Maiquel que transportaba en una carretilla la caja de los difuntos. Juanele que se dedicaba al trabajo doméstico de limpiar casas. Joselillo el Mangahuevos, llamado así porque trabajaba en un cortijo y sustraía los huevos. Solía esconderlos en el interior del sombrero que llevaba puesto. Un día el dueño del cortijo le dijo que parecía como si el sombrero le estuviese pequeño, al ajustárselo, los huevos se rompieron. El resto es fácil de imaginar, de tebeo cómico.

Otros dos personajes que destacaron con desigual suerte fueron, Vicente Honorio “Atarfeño” que se dedicó al mundo taurino de forma efímera a principios de los 60. Su recorrido fue muy breve y no pasó de novillero. Y Gerardo, destacado centrocampista que militó en las filas del Granada desde las temporadas 1967 hasta 1970 y en el Mallorca desde 1970 hasta 1972.

También eran populares, Cervantes, que vendía cupones para el sorteo de cestas que él hacía. Donato y Peña que recorrían bares y tabernas vendiendo frutos secos que llevaban en una canasta.

El Pirrángano, el Víznar y Pedro el Terrible, eran guardas de campo. Se ocupaban tanto de las eras como de los campos con la finalidad de evitar los robos de productos.

Y por último reseñar a la hermandad de los santos beodos. Eran personas muy peculiares y que nunca molestaron a nadie, algunos eran divertidos. Recuerdo a el Quino en la esquina frente a mi casa y sus diálogos poéticos y filosóficos con la luna. Las conversaciones surrealistas entre Antonio el Pajarica y Antonio el Tejero. Antonio el Jarillo con su voz prodigiosa para cantar y que quemó la bebida. A Julio el de las Escalerillas, cuando su mujer iba a buscarlo a la taberna de Antonio el Coco y subiendo por la calle Cedazos le pellizcaba y le decía: “Julio me vas a enterrar y él le respondía, Carmen, pellizcos no”. Y Sebastián el Herrerillo, que se apuntó siendo joven a la División Azul y volvió traumatizado de tanto horror vivido, lo cual justifica su refugio en la bebida.

CALLES

Pequeñas calles

que de niño me parecían grandes.

Calles que en sus esquinas

se esconden mis secretos,

mis travesuras y mis juegos,

mis penas y mis alegrías.

Calles en cuyos balcones,

quedaron colgadas las macetas de mis ilusiones.

Muchas noches en mi sueño,

como un fantasma a ellas vuelvo.

Allí, entre sombras me encuentro

con aquel niño que fui, solitario y serio.

Y vuelvo a ver, como si fuera ayer,

la mañana con su cielo azul e intenso.

Una mujer, regando en su puerta el suelo.

El aroma de pan de leña recién hecho

que cada día y a la misma hora, trae el panadero.

Y el sabor a la leche fresca

de la cabra, que a la puerta

de una casa ordeña el cabrero.

Y siento, mi humilde hogar de nuevo,

lleno de amor, paz y silencio

y la figura de mis padres

con inmenso amor velando mi sueño.

Y al fondo en el establo,

unos bueyes de ojos tristes y negros,

grandes como el agobio y el desasosiego,

comiendo en sus piletas hierba fresca y pienso.

Las gallinas en el corral, picotean comida en el suelo.

Y me recuerdo subiendo unas escaleras,

con miedo, que llevan a habitaciones

de trastos viejos y recuerdos

y que, en mi fantasía, creía

que eran misteriosos tesoros secretos.

En el patio, un pozo profundo y negro,

en sus aguas se perdieron los restos

del naufragio de mi niñez y mis recuerdos.

Calles encaladas de un blanco eterno,

de una luz y un color intenso.

Figuras humanas, unas de colores

y otras, de una tristeza y un negro eterno.

Calles sin asfaltar, de tierra,

cuando llovía, charcos en la acera

y barro y fango, en el suelo.

Huellas de ruedas de carros en el pavimento,

sigo sus surcos eternos

y me llevan hasta las estrellas de mis recuerdos.

Francisco L. Rajoy Varela

prajoy55@gmail.com

Julio 2020

FOTO DEL ARTICULO: Francisco L. Rajoy Varela ( AUTOR DEL RELATO) con Vicente Honorio «Atarfeño