«EL DESENCANTO» por Francisco L. Rajoy Varela

Un estado democrático es una forma de vivir y actuar en sociedad muy distinta a la que nos han hecho creer que vivíamos

A modo de presentación transcribo literalmente un extracto de la obra de Ramón María del Valle-Inclán, Luces de Bohemia, escrita en 1924, hace casi 100 años y que dice así:

“España es una deformación grotesca de la civilización europea. En España, el trabajo y la inteligencia siempre se han visto menospreciados. Aquí todo lo manda el dinero, en España el mérito no se premia. Se premia el robar y el ser sinvergüenza”.

Repito, fue escrito hace casi cien años, pero podía haberse escrito ayer. Nada nuevo bajo el sol, suena a viejo y cansado.

Pertenezco a esa generación que, o estamos jubilados o a punto de jubilarnos. Recuerdo bien que cuando acabó la dictadura en este país, éramos jóvenes llenos de ilusiones y utopías. Nos hicieron creer que, a partir de ese instante, se abría el telón y veríamos una nueva obra llena de color, libertad, igualdad y justicia social. Éramos tan jóvenes y como tal, tan ingenuos que nos creímos el cuento y nos embrujó la milonga.

A nuestra generación se le ha definido de muchas maneras, hoy, más de cuarenta años después, puedo añadir sin riesgo a equivocarme que somos la generación del desencanto, porque hubo, nos guste o no, un encantamiento previo. Mirando hacia atrás sin ira, pero sí con tristeza, el sentimiento es de decepción y de sentirse estafado moralmente. Esto que nos contaron de una democracia ha sido una falacia absoluta.

Y esta pandemia, ha sido la gota que colma un vaso lleno de mentiras y ha ayudado a desmontarlas y mostrarnos, en su absoluta desnudez, la miserable demagogia en que vivíamos instalados.

Un estado democrático es una forma de vivir y actuar en sociedad muy distinta a la que nos han hecho creer que vivíamos, a continuación, expongo una serie de razonamiento en que me baso para afirmar lo expuesto. Ustedes, reflexionen y saquen sus propias conclusiones.

Cuando acaba la dictadura, el edificio de este país es un caserón viejo que necesita piqueta y derribo por lo que se hace necesaria la construcción de uno nuevo con unos cimientos mucho más sólidos. ¿Qué se hace? Las chapuzas clásicas que nos caracterizan en este país y que a la larga no conducen a ningún sitio. Aunque reformes los interiores y des una capa de pintura a la fachada, el edificio sigue siendo viejo. Había que lavar la imagen internacional y hacer creer que las cosas en este país iban a cambiar, cuando en el fondo iban a seguir siguiendo absolutamente iguales. Pasamos de una dictadura militar a otra civil y en ella seguimos instalados. La libertad ha degenerado en libertinaje y lo que debía ser una sociedad justa e igualitaria, ha devenido en otra más insolidaria y egoísta y en las que unos, siempre los más pudientes, son mucho más iguales que la mayoría de los ciudadanos, que paradójicamente, son los que los aúpan al poder establecido y los mantienen en él.

Y entonces, me preguntarán, ¿de qué sirve la Constitución o la Carta Magna? Pues, en aquel momento fue una declaración de buenas intenciones que para pasar página no estaba mal. La ciudadanía española la votó entonces, como ha ido votando tantas cosas después a lo largo de estos años, sin análisis y reflexión y que, pasados más de cuarenta años, necesita una reforma en profundidad porque los tiempos, los pensamientos y los sentimientos del ayer, no son los de hoy. Lo que fue válido entonces, ha quedado totalmente desfasado actualmente.

Una Constitución es un conjunto de normas de convivencia que debe regular no sólo las relaciones entre particulares, también con todas aquellas instituciones que deben velar por la ejecución y cumplimiento de estas. Una Constitución ha de ser clara e inflexible, no ambigua y sujeta a la libre interpretación y ejecución según a quien convenga y favorezca.

Citaré algunos ejemplos ilustrativos. Se dice en la Constitución que todos los españoles tenemos derecho a una educación gratuita, a una vivienda digna, a un trabajo y a una justicia igualitaria, ya no hablemos de gratuita. Como verán nada de esto y mucho más, es cierto y ajustado a la realidad.

Otro asunto bien discutible y reformable, la vigente Ley Electoral que a ningún partido político le interesa cambiar. Me parece correcto que cualquier persona agrupada en una formación política tenga el derecho y la posibilidad de presentarse a unas elecciones. Pero siempre pasando unos filtros de actitudes morales y aptitudes profesionales, de una reconocida solvencia moral y una experiencia en la gestión de recursos. Por ejemplo, no me pongan al frente de Sanidad a un individuo que ni es médico, ni tiene experiencia.

Lo que ocurre es que la vida política de este país ha degenerado en una forma de vida ejercida por gente sin escrúpulos, sin oficio y beneficio, que no tienen vocación de servicio a la ciudadanía y han venido a aprovecharse del cargo y llenar sus bolsillos y las arcas del partido, vaciando las arcas de la ciudadanía.

Y lo canallesco de esto, siéndolo, es la desfachatez, la desvergüenza de que, aquellos que llegan a alcanzar un cargo público, se blindan tras una maraña jurídica que les garantiza no sólo impunidad, también el no devolver el dinero apropiado indebidamente de las arcas ciudadanas y a las que luego se les recorta en prestaciones sociales (educación, medicina, justicia, etc.) y para colmo se aseguran una pensión vitalicia y algún cargo en el consejo de administración de alguna empresa a la que previamente han favorecido.

He puesto algunos ejemplos de las falacias en que estamos instalados. Si analizamos y reflexionamos otros muchos hechos que han ocurrido a lo largo de estos últimos cuarenta años, llegaremos a la misma conclusión. Esta historia va siempre de lo mismo, de perdedores y ganadores en la que siempre ganan los más granujas de la clase. Lo triste, siéndolo, no es que engañen miserablemente a la ciudadanía, es que la tomen por imbécil. Y en estas andamos, gobernados por gente inepta y miserable, incapaces de gestionar y gobernar la cuestión pública y solucionar los gravísimos problemas que afronta la ciudadanía hoy en día. Y su carencia de moralidad, su falta de escrúpulos, le arrastran a la indignidad de no dimitir.

Pero también hay que decir que la ciudadanía tiene su cuota de responsabilidad y no tiene derecho a la indignación y la queja, porque con su voto irreflexivo e irresponsable los han aupado hasta ahí.

Después de más de cuarenta años, ¿es esto una democracia seria, madura y fuerte, o es la casa de tócame Roque?

Decía al comienzo de este artículo que pasados los años todo ha sido un desencanto, todo se resume en lo que pudo haber sido y no fue. La vida es un círculo vital que se va repitiendo a lo largo de la historia. Lo que estamos viviendo hoy ocurrió anteriormente, lo triste es que no hemos aprendido la lección.

Si repasamos la historia desde la civilización romana hasta nuestros días, la raíz de todos los problemas, es la miserable esencia del ser humano que todo lo contamina y destruye. Si observamos en la naturaleza al reino animal, veremos que éste mata por instinto de supervivencia, en cambio el ser humano mata por el placer de hacerlo.

Analizando la decadente realidad actual me pregunto, ¿estaremos asistiendo al final de una civilización?

Francisco L. Rajoy Varela

prajoy55@gmail.com