«La pandemia no cambiará nuestro modelo turístico; y es un error»

«La pandemia no cambiará nuestro modelo turístico; y es un error»

Pep Bernadas es la voz y esencia de la editorial Altaïr.

El despacho de Pep Bernadas (Gironella, 1952) es como un camarote escondido en las tripas de un enorme navío. Se encuentra en la librería Altaïr de Barcelona, en el piso de abajo, una vez superados escalones, mapas y estanterías, al fondo, justo al lado del servicio. No tiene gran cosa: una silla, una mesa, un ordenador, libros, papeles, algunas cajas de cartón abiertas. Pero tiene cristales en lugar de paredes: a Bernadas le gusta que le vean si está dentro. Lo que más suele ocupar en este modesto espacio, de hecho, es un tema de conversación. El director reconoce el gesto de un cliente en el exterior y lo hace pasar. A veces es un cliente, otras un amigo, otras un empleado. O un periodista. Todos van entrando y saliendo, como en un confesionario, y la charla (sobre viajes, sobre literatura, sobre la pandemia, sobre la vida), que en realidad es solo una, se extiende durante toda la jornada, hasta que el hombre se levanta y se va.

«Desde que llegó la covid me quedo las mañanas trabajando en casa, porque aquí, entre una cosa y otra…», comenta, con una sonrisa cándida, y luego se ajusta la mascarilla a la nariz y toma asiento en la silla del despacho. 41 años en esto, y nunca se vio en una igual. El virus cayó como un meteorito y vació de turistas el centro de la ciudad, donde se encuentra Altaïr; el virus rugió como un trueno y puso a temblar este emblemático templo del viaje, en el que las cuentas ahora no salen. Desde el 14 de marzo hasta finales de junio, las ventas fueron nulas. Las de julio, que es el mejor mes del año para la tienda, se redujeron un 80% en comparación con las de 2019. En agosto, septiembre y octubre, la caída fue del 60%. Y ahora, con las nuevas restricciones, el porcentaje de pérdidas vuelve a subir. «El castañazo es importante», resume Bernadas. Pero no se encoge de hombros, no resopla, ni siquiera chasquea la lengua. No hay nada en él que indique frustración o abatimiento. Más bien energía revolviéndose contra la adversidad. El ánimo no se quiebra: «Necesitamos remontar».

Altaïr necesita remontar. Altaïr, a la que el coronavirus ha golpeado en los dos flancos, con el enésimo desplome del comercio tradicional frente a Amazon y la cancelación de millones de vuelos. Altaïr, que es un pedazo extraño e insólito del paisaje barcelonés contemporáneo. Altaïr, que es mucho más que una librería de barrio o una librería especializada. Altaïr, que es una agencia de viajes, una revista, una escuela de talleres, un centro cultural. Altaïr, que es «una invitación a pensar el mundo, pero a pensarlo diferente», resume su cofundador.

La aventura arrancó a finales de los 70, cuando un compañero con el que estudiaba Antropología, Albert Padrol, le propuso abrir un local en el que se pudiera encontrar narrativa y toda clase de documentación sobre otros países, y Pep dijo que sí, pero siempre que aquello fuera a ser «algo más, un sitio que, aprovechando el atractivo del viaje, pudiera abrir horizontes a personas que creían que eso no iba con ellas. Porque tú puedes ser herrero, o arquitecto, o entierramuertos, pero, no jodamos, todos somos individuos que pensamos». Así despegó la idea, y así fue luego avanzando, a veces a la carrera, a veces a gatas, como cuando estalló la crisis de 2008, y el negocio estuvo contra las cuerdas. Él, sin embargo, aguantó. Precisamente porque aquello no (solo) le interesaba como negocio.

Bernadas nunca quiso ser librero. Tanto le daba. Aunque eso no fue impedimento para que se acabara convirtiendo en uno de los mejores. Suele decir que el modo más efectivo de lograr que una librería sobreviva es «haciendo visibles los libros ignorados». Habría que preguntarse cuántos libreros que no pretenden serlo son capaces de pensar un consejo así. Tan redondo. Él siempre se sintió, por encima de todo, antropólogo. «Pero un antropólogo heterodoxo», matiza. Cuando acabó los estudios y se imaginó en el departamento de la facultad, vio que aquel no era su sitio. Acababa de renunciar a un puesto fijo y bien pagado en un banco «porque estaba, con perdón, hasta los huevos» y no le motivaba volver a encerrarse entre cuatro paredes. «Es muy importante teorizar, pero no tiene ningún tipo de sentido si no te remangas y te ensucias los pies. A mí lo que me interesaba era trabajar sobre la realidad. Hacer antropología de trinchera, no antropología de erudición». Y consideraba que el viaje era la herramienta idónea para ello.

 
Pep Bernadas junto a Pepe Mujica. — Paty Godoy

Aunque, antes de poder viajar, Bernadas ya había tenido tiempo de desarrollar otra pasión. Leer. Se hartaba a leer. Desde niño. Nació en la comarca del Bergadá, «cuando aquello era el culo del mundo», completamente apartado del ritmo y el borboteo cultural de las grandes ciudades. «Era la selva, ¿qué hace un niño en un sitio así?». Pues coger un libro y devorarlo. Y luego otro. Y otro. Abandonarse a la literatura, que es otra forma de marcharse lejos. Fue en aquellos tiempos que descubrió a Frison-Roche y los textos sobre sus exploraciones por África. «Ahí apareció por primera vez el Sáhara, y aquello me dejó enganchado». De esa revelación vino su impulso de marcharse a Argelia en cuanto pudo. Tenía 21 años. Estuvo mucho tiempo conviviendo con las comunidades Tuareg del sur del país, analizando las contradicciones de un gobierno que en los 70 defendía una línea socialista que desde Europa parecía muy atractiva, tratando de entender por qué nadie protegía a aquellos pastores nómadas que, en medio de una de las zonas áridas más impresionantes del planeta, «eran los únicos capaces de convertir hierbajos en filetes». Además, como no tenía acceso a becas, para pagarse la estancia recibía a grupos de turistas que le mandaban empresas y les paseaba por la zona. «Recuerdo que me preguntaban que qué narices íbamos a hacer en el desierto, y yo les contestaba que en el desierto había más cosas de las que se pensaban. Les llevaba a conocer a la gente de allí. Y alucinaban». Unas experiencias que le marcaron, y que le hicieron cambiar su concepto del viaje. No solo se trataba de pasárselo bien, también de aprender. No solo se trataba de indagar, también de dejarse sorprender. «Me di cuenta que cuando viajas es más interesante lo que encuentras que lo que buscas».

Se considera «un facilitador». O al menos eso es lo que pretende ser. Alguien que acerque el material adecuado a otros que quieran desarrollar su interés por un destino. «Todo es literatura de viajes», razona. «Novelas, crónicas, ensayos, memorias… Todo. Porque todo lo que está escrito, o casi todo, nos habla de territorios». Bernadas está convencido de que, si antes de subirte al avión ya has leído sobre el lugar al que te diriges, una vez allí ves muchas cosas que de otra forma se te escaparían, te liberas de los clásicos prejuicios y aprovechas más la experiencia. «En Mali hay una dicha que dice que los blancos tenemos los ojos muy grandes pero que no vemos nada si no nos lo muestran». Se trata de corregir ese defecto. De ayudar al que se marcha a disponer del contexto necesario para saborear mejor la aventura. «El libro tiene que ser como un aperitivo».

Pero no vale con cualquier cosa. Una guía, por ejemplo, es un documento tan útil como limitado. Te especifica dónde comer y dónde dormir, pero duermes una vez al día, y comes dos o tres, con lo que no hacen falta 200 puntos de referencia. Cuando abres una novela, en cambio, o lees una crónica, recoges más elementos para poder juzgar. En una ocasión, Bernadas dijo: «Si tuviera que contarle la Barcelona de los 70 a alguien, más que regalarle una guía, le regalaría la serie Carvalho de Vázquez Montalbán«.

¿Cómo es la persona que entra a Altaïr?

Hay de todo. Desde el que viene a comprar cualquier cosa hasta personas que tienen una visión del mundo lo suficientemente sólida para buscar materiales que le permitan seguir completándola. Esas segundas son el motivo que me empujó a continuar aquí. Siempre he creído que cualquier trabajo tiene una función social, y para mí ese trabajo es lanzar botellas al mar, dando lo mismo que alguien las encuentre o las abra, para alimentar esa curiosidad.

Aportar otro punto de vista.

Necesitamos una visión del mundo diferente. Ponernos en los zapatos del otro, creer que la globalización puede ser algo muy diferente de lo que es. Pero desde el acuerdo y la complicidad, no desde la imposición. Necesitamos unas relaciones internacionales distintas, y eso solo se consigue rompiendo todo un grueso de clichés que no existen. Estamos hablando del mundo con imágenes de hace un siglo. Y te das cuenta de que esto es una losa que pesa muchísimo en el momento de pensar en quién es el otro. El espíritu de la universidad medieval del Trivium y el Quadrivium, que relacionaba todas las materias, desapareció con la especialización. Pero el viaje vuelve a ser esa universidad. Vuelve a ser un espacio donde puedes mezclar la astronomía con lo que sucede en el suelo. Tenemos que fomentar esa posibilidad de convertir cada viaje en una reflexión. Pero disfrutando, porque viajar no es ninguna cosa penosa.

A Bernadas le sigue fascinando sacar un billete, llenar la maleta y desaparecer por un tiempo, pero ha dejado de hacerlo tan a menudo. Una lesión medular crónica, fruto de una operación que se complicó más de la cuenta, ha restado considerablemente su capacidad de movimiento. Desde hace años le acompañan dos muletas de hospital, a las que trata con admirable indiferencia, y que cuando está en el despacho deja apoyadas entre los trastos. «Estoy averiado», resume, sin extenderse mucho, como si no quisiera perder la ocasión de atacar otro tema más interesante. Porque hay muchos temas interesantes rebotando en la cabeza de Bernadas. Todo el tiempo. Yendo y viniendo. El turismo de consumo. La gentrificación. Jack Kerouac. El humanismo. La cartografía. Florencia. La memoria. Los flujos migratorios. Los libros de fauna. Los resorts. Los viejos amigos: Martín Caparrós, Juan Villoro, Mia Couto, Héctor Abad, Boubakar Boris Diop, Marcela Turati. Las rocas basálticas de Atakor. Kandahar. El mercado editorial. Japón. La Tierra como un único país de todos.

Hace unos años, en una entrevista, confesó que le despertaba mucho interés el futuro. Saber qué le esperaba a la humanidad. No solo en lo tecnológico. También en lo político. «¿Todavía tienen sentido los Estados nación? ¿O tiene más lógica pensar que ahora mismo, en el mundo globalizado en el que vivimos, los derechos tendrían que ser los mismos en Ciudad del Cabo y en Vladivostok?», se preguntaba. Pero de repente la pandemia se cruzó en el camino. Y la frontera, que para algunos turistas y otros privilegiados ya no era más que una línea en el mapa que rebasar con insistencia, volvió a hacerse demasiado presente. «La frontera es miedo. La pandemia es miedo. Y nuestra especie, desgraciadamente, funciona más por el miedo que por el proyecto». Un miedo que llevó a gobiernos a cerrar aeropuertos y hoteles. Un miedo que condujo a las familias a enfocar las vacaciones de otro modo. Un miedo que nos llevó a rechazar planes en el extranjero. Un miedo que nos encerró en nuestras casas. Un miedo que, de nuevo, nos contrajo hacia dentro. «La valentía es querer que todos estén bien y plantearnos si somos capaces de regularnos sin que haya un muro delante de nuestras narices. ¿Qué eso es parte de las utopías? Sí. ¿Que me creo que se pueda lograr totalmente? No. Pero si tenemos que andar hacia alguna dirección, yo elijo esa».

El viaje ha cambiado mucho en los últimos 50 años. Cuando él se marchó al Sáhara, eran «tres chiflados que íbamos a otro continente». Luego vino el hippismo y sus peregrinaciones, pero aquella historia fue tan bonita como inconsciente. Y después, en los 80, se produjo un cambio económico, y viajar pasó a ser una cuestión de estatus. «La gente presumía de haber cogido el Concorde, pero no te contaba dónde había ido. ¿Qué importaba: el transporte o lo que hacías?». Surgió la necesidad de desarrollar unos servicios de lujo para seducir a los que podían permitirse el pasaje. Y de ahí se pasó a la competición de consumo en la que entraron los países más visitados, que hizo que con la competencia bajaran los precios y el hábito del viaje se extendiera a mucha más población. «Era aquello de que durante las vacaciones tenías que viajar porque si no no estabas al día». El turismo, o este tipo de turismo, ha pasado desde entonces a ser un modo de entretenimiento dominante en muchas sociedades. «Todo esto de viajar para poderlo contar, y mostrar las fotos, es sacar el ego a pasear. Que es muy legítimo, pero no va con la idea que yo reivindico».

Con esto del virus, ¿en qué posición queda el viaje?

Ahora mismo hay miedo en los receptores y hay miedo en los emisores. Hay miedo en los dos bandos, así que pasaremos una temporada muy incierta.

¿Y cuando acabe? ¿Viajaremos menos que antes, por el temor acumulado? ¿O viajaremos más, por nuestras ganas de volver a hacerlo?

Ocurrirán las dos cosas. Supongo que, una vez lo superemos, habrá personas que debido a algunos motivos (la edad, la economía, el miedo) ya no se plantearán viajar. Luego habrá otras muchas, que ya eran mayoría, que volverán a lo habitual: A ver, tengo dos semanas libres en verano y quiero un sitio en el que haya playa, ¿dónde me voy?. Pero entre ambas seguirá quedando esa minoría que intentará conocer el mundo con sus ojos, que en el fondo es lo que el viaje había sido siempre, porque te movías por algo más que el viaje en sí. Yo calculo que a finales del año que viene empezarán a moverse las cosas. Además, hay mucha presión por parte del sector turístico, porque aquí el gran problema que tenemos es que está sobredimensionado y dependemos demasiado de él [la industria aporta el 12% del PIB nacional y es responsable de casi el 13% del empleo en España].

Y precisamente este golpe que hemos recibido, con tantos despidos y negocios arruinados cuando el grifo se ha cerrado, ¿no nos puede llevar a repensar ese modelo?

Sinceramente, no soy optimista. No creo que con la pandemia cambie nuestro modelo turístico. Y es un error. Hay demasiado intereses. Una cosa son los servicios, y otra el viaje. Son cosas diferentes. Aquí dependemos demasiado de los servicios. ¿Qué pasará? Que habrá menos servicios de los que había, porque algunos habrán reventado. Pero todavía veremos cómo se crearán nuevos. Entonces, eso de apostar a partir de ahora por un término medio de calidad, que consiga que el que venga a tu casa lo haga no solo para emborracharse, sino porque hay alguna cosa más; no solo porque sea barato, sino porque le interese… Difícil. Lo hemos estropeado todo. No puedes viajar en función de lo que es barato y lo que no. Si lo único que buscas es eso, ¡vete a Port Aventura! Allí encontrarás un parque temático cojonudo, gastarás menos, no tendrás que correr, y esa foto que tanto querías en una gompa del Nepal podrás hacértela igualmente.

«No soy optimista», repite. «Y si lo soy», dice, con un gesto amable que le estría el rostro, «es por error». Sin embargo, no se detiene en su cometido. Tener una opinión crítica sobre la realidad, ser consciente de lo difícil que es que cambien algunas cosas, no lo inmoviliza; al contrario, lo espolea. Por eso apenas frunce el ceño cuando habla. Por eso no utiliza palabras como «preocupación», «desastre», «imposible», como si estuviesen prohibidas. Por eso ya está pensando en la manera de superar el bache y conseguir que el proyecto, su proyecto, siga en pie después de estos meses calamitosos. «El papel de la librería, por más que cambien las formas de consumo, seguirá existiendo. Pero con una condición: toca construir una audiencia«. El librero sabe que hay una parte del público común que se irá eliminando, si no es que

no ha desaparecido ya, y que la única manera de combatirlo es generando otro de nuevo. «Tenemos que demostrarle a la gente que aquí descubrirá un planteamiento que no encontrará en la pantalla. Para mí esa es la receta de los pequeños comercios como el nuestro, buscar esa singularización». Y singularizarse, entiende, pasa por seguir transformando Altaïr en algo que no encaje en el molde de las librerías corrientes.

«Hay un público pequeño, pero lo hay». Bernadas está convencido de que hay una minoría que no querrá perder el contacto humano, y que querrá ser consciente de lo que compra. Sigue enumerando posibles soluciones para atraerla -montar coloquios, preparar cursos, traer escritores- . Lo que no dice, hasta pasada una hora de conversación, es que también comienza a vislumbrar otra etapa. «A mí lo que me gustaría en estos momentos es empezar a dar pasos hacia atrás, que esto pudiera funcionar sin mí». Apoya los dos brazos en la mesa, desvía la mirada por una vez y la lleva al otro lado del cristal, al interior de la librería, su universo. «Pero primero esto tiene que volver a levantar cabeza».

Por suerte, el ánimo no se quiebra. Necesitamos remontar.

Marcel BeltrAn