“EL CID EN ATARFE” por Jose Enrique Granados

“EL CID EN ATARFE” por Jose Enrique Granados

En el especial de las fiestas de IDEAL del año 1996, Antonio Rodríguez Gómez nos deleitó con el artículo titulado “Cuando el Cid estuvo en Atarfe (marzo de 1091)”. I
Hay pueblos que no tienen nombres ni fechas que conmemoren su participación en la Historia. Otros, más afortunados, disfrutan del privilegio de haber sido testigo de numerosos acontecimientos históricos; éste es el caso de Atarfe. Su nombre aparee relacionado con Cervantes, Lope de Vega, Pérez Galdós, etc.

Una de las viñetas históricas más curiosas y desconocidas de que Atarfe fue escenario es la participación del Cid en una de las numerosas campañas que los reyes castellanos mantuvieron en la Vega de Granada. Ocurrió en marzo de 1091, y así lo documentan la “Historia Roderici”, la “Crónica de 1344” y la “Crónica de Veinte Reyes”.

En 1086 el rey Alfonso VI había sido derrotado por los almorávides en Sagrajas (Badajoz). Alfonso era un leonés rudo y empecinado, acostumbrado a resolver sus conflictos, domésticos expeditivamente: lo mismo hacía asesinar a su hermano, que expulsaba de su reino a quien disentía, o renegaba de su religión para disfrutar de la lujuriosa musulmana Raquel. El fiero Yusuf había supuesto un serio revés para su orgullo; necesitaba resarcirse y puso sus ojos en el débil Reino de Granada. Una incursión repentina añadiría una victoria a sus cronistas latinos y un botín a sus soldados. Sí, dejaría pasar el invierno y caería sobre Granada. Así se lo contó a su reciente esposa, mientras cenaban, aburridos, en su palacio leonés. Con las manos llenas de grasa de carne de jabalí, le señaló su presa en un viejo mapa.
La reina Constanza era una princesa borgoñesa, acostumbrada a los refinados lujos de una corte poblada de trovadores lampiños, caballeros andantes y clérigos aristotélicos, harta de la amante árabe de su marido y de aquellos nobles barbudos con sus capas de oso y armiño, armados hasta los dientes. Entonces tuvo un impulso: organizaría una cruzada contra esos renegados del sur, a la que acudirían ejércitos de toda Europa, y ella sería su patrocinadora. ¿Porqué no? Sería admirada en todas las cortes y puede que beatificada.
Se apresuró a mandar cartas selladas a Borgoña y a Roma que obtuvieron pronta y unánime respuesta afirmativa. Alfonso VI “sólo” tendría que hacerse cargo de la manutención de los ejércitos que vinieran. Cuando se lo comunicó a su marido, éste estaba emborrachándose con Ansúrez, Alvar Díaz y Garci Ordóñez y cuatro furcias desdentadas. Un clérigo traducía, trémulo, las cartas firmadas por reyes, duques y cardenales; la mirada torva de Alfonso espesó el salón. Los galgos, gruñendo, dejaron la estancia, sigilosos y con el rabo entre las patas. ¡No le habían socorrido en Sagrajas y ahora venían a repartirse el botín de la vega de Granada! ¡Malditos franceses! ¡Malditos cardenales! Pero las cartas eran concluyentes: ya estaban en camino.
Enseguida adivinó que sería inevitable convocar también a los reyes hispánicos aliados. Habría preferido volver a enfrentarse con Yusuf antes que terciar entre aquella chusma de almibarados cortesanos. Además también tendrá que convocar a quien más odiaba, a Rodrigo Díaz de Vivar. Cuando sólo era alférez, su padre, el rey Fernando, lo enviaba a misiones que requerían nobleza para ser signadas, se permitía fijar alianzas y declarar la guerra mientas que él, el heredero, no podía mandar ni en el cuerpo de guardia. En enero de 1091 empezaron a llegar a Toledo, donde se había fijado la reunión de todos los ejércitos, los primeros, y, uno a uno, todos preguntaban por el Cid.

En marzo se puso en marcha la comitiva de presuntuosas y coloridas huestes entre los que los leoneses parecían osos mugrientos. Cruzaron la Mancha y la cordillera sin que nadie saliera a su encuentro, pero Abd’allah, el anciano rey granadino, ya habría sido avisado. Conforme se acercaban a Granada, el rey mandaba acelerar el paso con la esperanza de que Rodrigo no llegara a tiempo. El conde de Barcelona le había comunicado que estaba sitiando Liria, que se había negado a pagar la alfarda, y nadie conocía los designios del combate.

Por fin avistaron la Sierra que los árabes llamaban el Sol y Nieve. El cronista nos dice que, siguiendo escrupulosamente el orden jerárquico, “hincaron las tiendas al pie de los negruzcos y pelados riscos de Sierra Elvira, junto a los baños termales, allí los cristianos miraban codiciosos la opulenta vega y el maravilloso panorama de la ciudad renaciente” y ocuparon la Vega Alta entre la sierra y el río Genil. En la tienda real, que había sido relegada a la retaguardia con el pretexto de garantizar su seguridad, los príncipes de Borgoña don Enrique y don Ramón, prometido a su hija Urraca y futuro rey de España, dispusieron el orden de ataque y el reparto del botín. Los que intervinieran en la primera acometida podrían elegir las casas más nobles y ricas. Decidieron que no atacarían la alcazaba real; así habría menos bajas y Abd’allah satisfacerla un suculento tributo, que sería el único beneficio personal que obtendría el rey de esta malhadada campaña. El ataque sería al mediodía de la mañana siguiente. No parecía que los granadinos fueran a oponer resistencia, así que levantarían el campo dos días después.

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En la fotografía realizada en enero de 2006, cerro del Sombrerete nevado.

II

Segunda parte del artículo titulado “Cuando el Cid estuvo en Atarfe (marzo de 1091)” de Antonio Rodríguez Gómez publicado en el especial de las fiestas de IDEAL del año 1996.
En su camastro, el rey intentaba conciliar el sueño en la fría noche granadina. Soñaba con la voluptuosa Raquel. De pronto, pareció que bajo la tierra bullía el fluido volcánico dormido de Sierra Elvira. El rey se sobrecogió; la algazara que siguió era un signo cierto: había aparecido. Era él. Con las ropas aún ensangrentadas, su mesnada se fundía en abrazos con los soldados castellanos del renegado, que ofrecían vino y daban noticia de sus familias a aquellos rebeldes. El rey salió e intentaba vislumbrarlo entre la oscuridad con los labios fruncidos y la garganta reseca; entonces lo sintió a su espalda. Se volvió y allí estaba, sobre un soberbio caballo árabe blanco, sin duda robado a algún taifa, en medio de las hachas encendidas que sostenían, enseguida los reconoció, Minaya, Martín Antolínez, Pedro Bermúdez y Félez Muñoz y seguido de una turba de niños y hombres de Atarfe que lo contemplaban embelesados. Hasta en aquel confín era famoso.

De lo que ocurrió después tenemos varios testimonios. Nos la cuenta la “Historia Roderici”: “Rex, vero per montaná, loca, in loco qui dicitur llibbriella, omnia sua figi arque locari iussit. Rodericus autem per planitiem, in loco qui erta ante castra regis et nobilis”.

Y la “Crónica de 1344”: “E fueron de so uno fasta Granada e posó el rey en la Sierra de Elvira e el lid posó en el llano ante él”. También la “Crónica de Veinte Reyes”, prácticamente en los mismos términos, aunque restándole encono al enojo regio: “E fueron en uno fasta que passó el rey la Sierra de Elvira y el lid iba por lo más baxo”.

Pronto empezaron a acudir los concurrentes con la noticia: el Cid estaba desplegando sus tiendas en la primera línea, “en el llano más baxo de la Sierra Elvira”, es decir, donde actualmente se extiende Atarfe; él abriría las puertas de Granada, él desvalijaría los mejores palacios, él polarizaría la gesta para la que ellos habían cruzado media Europa. Al amanecer, la campaña no tendría sentido; debería expulsarlo, le sugerían. Expulsarlo, ¿y quién lo había hecho llamar? ¡Maldito Cid! ¡Maldita campaña! ¡Maldita Constanza! En cuanto volviera a León la encerraría en un convento.

“Tun rex ductus invidia ait suis. Videte et considérate gualem injuriam et gualem injuriam et guale dedecus nobis Rodericus infert… et Rodericum de audacter nimic presumptione, sibi in omnibus invidentes coram rege illum vituperaverunt .

Llamó a Rodrigo, que acudió acompañado del “sabidor” Malanda y Alvar Fáñez, y le expuso sus condiciones: debía ocupar la posición que le correspondía a su estado, la retaguardia, y acatar las órdenes de sus superiores jerárquicos. Mio Cid sonrió, le apenaba ver así a su rey y decidió retirarse a Valencia.

Los aliados del Cid decidieron acompañarlo en su retirada, y entre los extranjeros cundió la confusión. Los musulmanes estaban instalados a su alrededor y los cristianos ignoraban el compromiso que el Cid podía haber adquirido con ellos; además desconfiaban de su capacidad para asaltar solos la ciudad. Se presentaron ante el rey y le comunicaron su decisión, desistían de la empresa y le exigían que juzgara al Cid por su traición. El rey ya no les escuchaba, mandó recoger sus banderas y levantar el campamento.

Atrás quedaba el sueño del suntuoso palacio con sus cámaras adornadas de esteras, tapices y cortinas de ensueño; y, por doquiera, esmeraldas, rubíes, diamantes, perlas, vasos de cristal, de plata y de oro que deslumbraban la vista. Todo abandonado. Era como el despertar de un sueño.

El arzobispo encomendó la custodia del Cid al monje cluniacense Jerónimo de Perigord y todos cabalgaron juntos hasta Úbeda. Al llegar allí, las tropas del Cid se desviaron hacia Valencia, con Jerónimo entre ellos. La fatigada tropa cristiana, desolada, veía alejarse con envidia la enseña del Cid. Algunos atarfeños se habían sumado a la escuadra.

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La ilustración se corresponde con uno de los trabajos presentados al concurso de pintura Ciudad de Atarfe, en el año 2005.