El misterio de la jirafa

El misterio de la jirafa

La jirafa es «un animal muy mal diseñado», dice el filósofo Daniel Milo, que le dedicó todo un libro (llamado Good enough, algo así como «suficientemente bueno») a ese altísimo animal y la importancia de triunfar siendo únicamente regulero. Y ese diseño peculiar convirtió a este animal en un símbolo de la evolución de la vida en la Tierra: si tu teoría explicaba de dónde sale ese cuello de dos a tres metros de largo, es que habías dado con el santo grial evolutivo.

Es lo quiso explicar bien el divulgador Stephen Jay Gould cuando publicó El cuento más largo en 1996. Descubrió que en todos los libros de texto se citaba a la jirafa como el caso irrefutable que otorgaba la victoria a Charles Darwin frente a sus rivales:

Todos sin excepción comenzaban el capítulo sobre la evolución presentando inicialmente las teorías de Lamarck de la herencia de los caracteres adquiridos, y entonces presentaban la teoría de Darwin de la selección natural como una alternativa preferible. Todos los textos usan en ese punto el mismo ejemplo para ilustrar la superioridad darwiniana: el cuello de la jirafa.

Lamarck decía que alargaron el cuello para alcanzar las hojas; Darwin, que iban ganando las que lo tenían más largo en cada generación. El problema, recuerdan Gould y Milo, es que le estaban regalando a Darwin en los libros de texto un trofeo que no ha logrado realmente. Porque seguimos sin tener ni idea de por qué las jirafas tienen esos cuellos: la explicación de que le dio una ventaja decisiva para comer las hojas más altas no es tan buena cuando se somete al escrutinio científico.

Es una idea que «se materializó principalmente en las mentes de evolucionistas que nunca habían visto al animal en estado salvaje«, escribe Milo. Darwin nunca vio una jirafa en África. Por lo general, se alimentan de arbustos que no requieren esa altura y recurren a los árboles en la temporada lluviosa, mientras el alimento abunda. Cuando hay duras sequías, los primeros en morir son los ejemplares más altos.Comiendo sin lucir cuello.

Comiendo sin lucir cuello. / Derek Lee

Por otro lado, Darwin le prestó poca atención a este misterio y no lo resolvió, aunque ahora lo vendamos como el triple con el que venció a Lamarck sobre la bocina. Como explica Milo en su libro, solo citó a las jirafas en cuatro ocasiones. Y la primera vez que las menciona, en El origen de las especies, es para elogiar su rabo, perfecto para espantar moscas. Más adelante, lustros después, Darwin ya entró a ese trapo porque sus rivales le atizaban con el extraño cuerpo de la jirafa. Escribe Milo:

Darwin usa la evolución del cuello de la jirafa como un ejemplo de que ligeros cambios en algunas partes no necesitan un cambio simultáneo en otras; las compensaciones no son automáticas. Darwin afirmó que el alargamiento del cuello, lengua y patas delanteras llevaron a la «admirablemente coordinada estructura de la jirafa». La jirafa, asumió Darwin, es perfecta por definición. Quedó por demostrar cómo y por qué.

El animal es tan raro que los primeros en verlo fuera de África (llevado a Roma por Julio César desde Alejandría) pensaron que era un híbrido entre camellos y leopardos. De ahí el nombre que le dieron los griegos, Kamelopardalis, y su nombre científico: Giraffa camelopardalis.

Raras como para protagonizar un 'Bosco'.

Raras como para protagonizar un ‘Bosco’.

Desde esa explicación tan burda, todos los grandes pensadores y evolucionistas plantearon sus brillantes teorías: Lamarck, Darwin, Wallace y, más recientemente, Gould y Richard Dawkins han intentado explicarlo. Dawkins, por ejemplo, sugirió que pudo darse en un único salto evolutivo, una mutación afortunada que lo convirtió de golpe en el animal más alto. «Aunque apuesto a que no fue así», se respondió a sí mismo. También se ha propuesto que la verdadera ventaja de su altura es la de ser centinela en la sabana frente a depredadores, de lo que se aprovechan cebras y antílopes.

«¿Y toda esta chapa sobre las jirafas?», te estarás preguntando desde hace un rato, «¿a cuento de qué?». Primero, porque me parece una paradoja maravillosa que sostengamos una de las teorías más sólidas de la historia de la ciencia en un cuento que solo funciona en algunas cabezas. Y más importante, porque tenemos un nuevo trabajo, publicado esta semana en la revista Science, que ayuda a seguir dándole pensadas a este magnífico reto.

El descubrimiento de un pariente cercano de las jirafas, que vivió hace unos 17 millones de años en el noroeste de China, refuerza una hipótesis en la que se ha trabajado en los últimos años y que también daría la razón a Darwin. Pero no como él sospechaba: sería la selección sexual la que llevó a las jirafas a tener ese largo cuello, para que los machos lanzaran sus cabezas como bolas de derribo contra sus rivales. Y el que mejor cuello-cabezazo tuviera, aseguraría su descendencia.Cabezazos con y sin casco.

Cabezazos con y sin casco. / WANG YU Y GUO XIAOCONG

¿Por qué? Los autores de ese artículo en Science describen a esta especie de jirafoides, con el cuello más corto y robusto, y una suerte de casco de queratina que usaban para cabecearse y ganar peleas. A partir de ahí, concluyen los científicos: si los primos chinos de las jirafas desarrollaron un cuello a prueba de golpes en torno a la selección sexual, es probable que sea un rasgo familiar. El investigador Rob Simmons lleva años defendiendo esta tesis:

Hay que tener en cuenta que ha sido muy difícil para los investigadores tradicionales de las jirafas aceptar la idea de que la selección sexual intervino en la forma y la longitud de sus cuellos. Este análisis abre esa puerta, mostrando que si la morfología de las jirafas ancestrales puede explicarse por selección sexual, entonces la de la jirafa moderna puede explicarse por la misma idea.

Sin embargo, el debate no está cerrado. Otros científicos discuten desde hace tiempo el enfoque sexual, dado que las hembras tienen los cuellos casi tan largos como los machos y, más importante, un análisis reveló que los machos que ganan más peleas no se aparean más. En todo caso, sigue siendo un debate apasionante. Como dice el propio Simmons en la noticia que publican en Science sobre el estudio: «Ojalá Charles Darwin estuviera vivo para esta discusión. Estaría boquiabierto». Eso sí, advierte Milo, no disparen contra la jirafa:

No se puede culpar a la jirafa por extraviar a los evolucionistas. No eligió su rareza y celebridad, las cualidades que lo convirtieron en un objetivo tan atractivo para las suposiciones de los teóricos de la adaptación.

EL PAIS MATERIA