«EL CINCO A LAS CINCO» nos vemos en Fuente Vaqueros

«EL CINCO A LAS CINCO» nos vemos en Fuente Vaqueros

Algunos años después, el cinco a las cinco, regresamos a Fuentevaqueros. Un tiempo nuevo en el que los míticos tranvías habían desaparecido, ya no atravesaban la Vega como orugas amarillas en busca de vergonzosos olvidos. Se iban a celebrar los 78 años del nacimiento del poeta, porque también –desgraciadamente– estaban a punto de cumplirse los 40 de su asesinato.

Pocos meses antes, una comisión formada por treinta y tres miembros de los más diversos ámbitos (pintores, poetas, escritores, catedráticos, abogados, profesores, estudiantes, periodistas, humoristas y fotógrafos) tuvieron el valor de presentar, en el gobierno civil de ‘su’ Granada, –represora hasta el último aliento– la petición de permiso para poder rendir un homenaje popular a Federico en su pueblo natal. La idea del acto, al que no se pudieron negar las autoridades –a su pesar parecían correr vientos renovadores – puso muy nerviosas a las fuerzas vivas de la ciudad, incluidos por supuesto el gobernador civil y los principales mandos del Movimiento, que de inmediato fraguaron un hipócrita contra-homenaje oficial. Sin pudor alguno –con Julio Rodríguez a la cabeza, el nefasto exministro de Educación en tiempos de Carrero Blanco– colocaban, a finales de mayo, una placa de cerámica en la fachada de la calle Trinidad 4, de la que hasta entonces se habían estado avergonzando; y rotulaban la esquina con un nombre que tras la guerra habían arrebatado a la calle paralela, aquella que la República le había dedicado al poeta cuando vino a inaugurar la Biblioteca Popular. Una viñeta del humorista Martinmorales, publicada esos días en el diario Ideal, sintetizaba a la perfección gesto tan vergonzoso: “Queremos tanto a Federico que, por su muerte, en lugar de guardar un minuto de silencio, vamos a guardar cuarenta años”.

Matar dos veces

“Se ha dicho que para dar muerte a un poeta, muerte verdadera, hay que matarle dos veces: una con la muerte, y otra con el olvido”. Afirmaciones con este rigor y valentía se contenían en el primer manifiesto que la Comisión Organizadora hizo público en Granada a comienzos de marzo de 1976. En él se pedía nuestra adhesión y presencia en la plaza de Fuentevaqueros, el 5 de junio a las cinco de la tarde. Se trataba de algo más que un homenaje popular. Había que romper un silencio. Reivindicar la memoria. Recuperar del olvido al poeta, precisamente en su pueblo, amordazado hasta entonces por el miedo.

Vuelvo a Granada
Desde Alcalá regresé a Granada con algunos amigos: Celia, Javier, José Luis, Jesús… Esperanzado en que realmente los tiempos estuvieran cambiando. Quería mostrarles la ciudad que un año antes había abandonado, sumida en los estertores y agonía represiva de un régimen ya casi podrido. Albergaba la ilusión de reencontrarme con sus gentes, desbordadas ahora entre la euforia de comenzar a disfrutar una libertad que le habían fusilado hacía cuarenta años. Nos encontramos –ellos lo experimentaron– con una Granada alegre y desinhibida que nos acogió en aquellos días entre un gratificante ambiente festivo y de solidaridad, desconocido hasta entonces. Profusión de carteles pegados por sus calles, con el rostro de Federico, convocaban a un programa intenso de exposiciones, encuentros, charlas, recitales de música y poesía… en las vísperas a la cita de aquel sábado a las cinco en punto de la tarde.

El cinco a las cinco
Fuentevaqueros ya no se alcanzaba en tranvía, el recorrido se realizaba por carreteras de la Vega. La Guardia Civil había retirado algunas señalizaciones con el absurdo propósito de que los posibles asistentes se extraviasen por Valderrubio, Pinos Puente, Láchar o Atarfe. Incluso habían colocado tanquetas en los cruces para tratar de amedrentarnos. Antonio Ramos Espejo, periodista del diario Ideal y colaborador de la revista Triunfo, publicó diez años después un libro con el título: El 5 a las 5 con Federico (Ed. Balcón Abierto). En él se narra con minucioso detalle, el antes y el después de lo que supuso aquella conquista de las libertades. En sus páginas señalaba que ese día las fuerzas del orden habían apostado tiradores con metralletas en algunos tejados del pueblo. Afortunadamente ninguno de nosotros se percibió de ello. Tal vez porque mirábamos más arriba, a los centenares de globos que se elevaban al cielo con la palabra Amnistía. O tal vez más abajo, a la tribuna presidida por una gigantesca foto del poeta como telón de fondo donde intervinieron y nos emocionaron a unas diez mil personas: José Ladrón de Guevara, Aurora Bautista, Nuria Espert, Manuel Fernández-Montesinos, José Agustín Goytisolo, Blas de Otero y Juan Antonio Rivas. Allí se logró consumir la media hora más intensa de libertad vigilada que podamos recordar. Hace pocas fechas, en horas desgarradas por el dolor, evocaba con Javier aquellos días lejanos, a modo de terapia inútil, tratándonos de engañar. Como si con el vano ejercicio de rebuscar en el tiempo perdido, fuésemos capaces de recuperar las ausencias.

La casa museo
A lo largo de estos casi cuarenta años, he regresado muchas veces a Fuentevaqueros. A infinidad de Fiestas por la Libertad, convocadas cada año el 5 de junio a las 5 de la tarde. El pueblo pasó del silencio atemorizado al orgullo de haberse reencontrado con su poeta. Aquel que un día en la inauguración de la Biblioteca Popular se dirigía a sus paisanos con esta recomendación: “Es preciso que los pueblos lean para que aprendan no sólo el verdadero sentido de la libertad, sino el sentido actual de la comprensión mutua y de la vida”. He regresado muchas veces a Fuentevaqueros, a la casa natal, recuperada por la Diputación en 1986 y cuidada, ‘inventada’ y enriquecida de contenido, gracias a los esfuerzos de mi amigo el poeta Juan de Loxa, él consolidó allí el Centro de Estudios Lorquianos y a él se le ocurrió la idea de hermanar, cada cinco de junio, a Federico con algunos de sus amigos y compañeros. Hoy muchas calles del pueblo, rotuladas con la cerámica típica de Fajalauza, llevan nombres que potencian aún más el recuerdo del poeta: Jorge Guillén, Pablo Neruda, Pedro Salinas, José Caballero, Manuel de Falla, Nicolás Guillén, Rafael Alberti, Manuel Angeles Ortiz…

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