26 febrero 2024

Hemos forjado un mundo para seres fuertes donde empatía, solidaridad o cariño se desdibujan en un horizonte muy, muy lejano

Tiene la depresión la sangre negra y unas aristas de vidrio que cortan lentamente los hilos con la risa, la ilusión, la alegría la vida y su trasiego incesante de circunstancias sucedidas o que están por venir. Es un silencio que ejerce de grito, una parálisis eternizada del corazón, un llanto que va por dentro y nadie ve. Por eso las gentes se apresuran en buscar calificativos perversos a comportamientos erráticos, a miradas perdidas, al agotamiento que trasciende a lo físico y va más allá porque es alma derrotada, insomne en las mudanzas del destino, como esperando algo que no se alcanza a tocar y que pudiera llamarse paz, esperanza, sosiego. Eso que hoy tienen pocas personas, porque el mundo en que vivimos no lo permite.

Todo ocurre demasiado deprisa y hay quien, sin percatarse de que en su casa, entre sus seres más queridos está sucediendo algo parecido, prefiere buscar un adjetivo que se lo aleje, parodiarlo, atacar a la persona enferma, lo mismo que los jóvenes machos de una manada de leones matan al león viejo y enfermo. Enfermo, sí. Porque la depresión no es argumento para un talent-show, es un sufrimiento terrible, un mar de pena inabarcable, un fuego casi extinguido y convertido ya en cenizas.

El mundo es la ceniza de lo que va quedando. Nada, mujer sola a la deriva, al albur de los vientos que la llevan, mientras las últimas pavesas de lo que un día fuera un inextinguible fuego van apagándose. Pero no se dice, se deja que todo siga su curso sin ponerle freno porque el espectáculo debe continuar: sea en televisión, en una empresa o en una casa. Como lo que no se nombra no existe, hemos querido negar la existencia de la depresión, la posibilidad de buscar senderos de una mínima esperanza de mano tendida. Además, hay quien prefiere ver la ceremonia de autodestrucción de alguien, como Verónica Forqué, treinta años de oficio y prestigio, que ha traspasado el límite, que ha perdido el control de su vida y sus emociones (risa y llanto se confunden, la euforia conduce al más hondo de los pozos o el cielo en un infierno cabe, como en el soneto lopesco); todo conduce al horror, al final, para luego decirse que nada pudo hacerse, que era tarde -siempre es tarde-, que las cartas estaban echadas.

La culpa, la responsabilidad, siempre es ajena, del muerto o la muerta que guarda silencio, sellada su boca a perpetuidad. Y el que calla parece que otorga. Pero sucede que en España se suicidan cada semana unas ochenta personas, con nombre y apellidos que, al final, son sólo una cifra, únicamente parangonable con la alcanzada en 1906; otras se dejan morir y no entran en las estadísticas siquiera. Las más vegetan, sobreviven con el agua al cuello y una presión en el pecho atravesado de incertidumbres, arrasado como cuando estalla una bomba, zona devastada donde nada germina y siempre es invierno. La causa primera de estos suicidios en nuestro país es la depresión. O como lo llama la OMS, “los trastornos mentales” que, frecuentemente, no se tratan por especialistas, desbordados tras una pandemia que ha desvelado el desamparo que habitamos. Es triste, pero también verdad: hemos forjado un mundo para seres fuertes donde empatía, solidaridad o cariño se desdibujan en un horizonte muy, muy lejano.

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