«Homenaje al cuarto» por Fran López
Relato ganador – IV Concurso de poesía y relato de la Fiesta del PCA
Nubes negras con gesto ufano se dejan ver por el horizonte, amenazando con descargar sus barrigas sobre los aquí presentes. Pronto dejan de preocuparme; por la velocidad a la que se mueven, sospecho que, para cuando lleguen a nuestra posición, la concentración se habrá disuelto.
Una brisa tímida sacude las ramas, apenas un murmullo entre los árboles que nos rodean en esta fría mañana. Calculo, sin demasiado interés, que seremos en torno a medio centenar de personas las aquí congregadas. Imagino que, observadas desde lejos, no parecemos lo que realmente somos: un grupo de desconocidos que sin hablarlo ni ensayarlo cumplimos un mismo patrón, idéntico, ajeno a clases y géneros. Cabeza baja, hombros hundidos en el abrigo, mirada oscilante entre el suelo y el cielo, como si alguien fuera a respondernos desde ahí.
En cambio, la mía, mi mirada, lleva más de diez minutos fija en el monolito central de la plaza, ese bloque revestido de ladrillo visto y rematado por un puñado de azulejos mal fraguados en los que, pese al desgaste y el deterioro, aún puede leerse tu nombre.
Ya casi ha pasado medio siglo desde aquella trágica noche. No hay un solo día en que mi mente no acuda a ella. Superé las pesadillas, los sobresaltos en mitad de la noche, el sudor pegajoso del miedo… O al menos, eso creo. Sin embargo, siempre hay un instante, un paréntesis en mitad del día, en el que la memoria se empecina en regresar a la noche de aquel 24 de enero de 1977, como un eco testarudo que se resiste a desvanecerse.
Llevo semanas preparándome mentalmente para asistir a este homenaje. Esta mañana, recién llegados a Villacarrillo, tomé churros con chocolate. No por expreso deseo de degustarlos en este preciso lugar, ni siquiera por costumbre. Fue tu recuerdo, parece que fue ayer. Aquella tarde, cuando llegaste al despacho, venías pletórico tras haber pasado unos días aquí, tu pueblo natal, con una energía inusual, con esa alegría que te hacía aún más especial si cabe. “Alejandro, esta mañana, antes de partir, me he tomado unos churros con chocolate y amigos, en el Café Paquito. Fíjate que aún me estoy relamiendo”, dijiste, y luego, girándote hacia mí, añadiste: “Algún día te llevaré a que los pruebes, te aseguro que no has probado cosa igual en tu vida”. Y me quedé tan convencido, disfrutando y recogiendo parte de tu hilaridad. Qué poquito nos duró, Luis Javier…
La percusión de unos aplausos sordos me arranca de mis pensamientos. Alguien ha terminado de hablar y, absorto como estaba, no he captado ni una sola palabra. Ahora es tu hermano quien toma el micrófono. Es la comidilla del día: dicen que es la primera vez que vuestra familia, al completo, asiste al homenaje que, año tras año, te organizan tus compañeros del Partido.
No está mal, Luis Javier. Ha tenido que pasar casi medio siglo, pero aquí están, junto a nosotros. Tus amigos, tus camaradas y tu familia al completo. Tú, mejor que yo, sabes que no fue fácil para ellos aceptar que dieras ese giro en tu vida, que acabases abrazando la ideología contraria a lo que ellos siempre defendieron. Pero tú lo hiciste sin titubeos, convencido de que era el único camino posible: justicia social, libertad, solidaridad… Nunca lo entendieron. Nunca lo aceptaron. Pero míralos ahora. ¿No es asombroso? Sé que te encantará verlos aquí, por fin, entre todos nosotros.
«…Enrique, Javier, Serafín, Luis Javier y Ángel, fueron mártires por la libertad. Gracias a su sacrificio hoy disfrutamos de una plena democracia. Cuidémosla en su recuerdo…».No puedo estar más de acuerdo con lo que dice tu hermano. Levanto la cabeza, asintiendo, y mi mirada nuevamente queda atrapada en el monolito que corona la plaza, en los azulejos que dan nombre al espacio que ocupamos: Parque Luis Javier Benavides Orgaz. Tu Parque. Y entonces, mi mente vuelve a marcharse.
Calle Atocha, bloque 55, tercera planta. «Despacho de abogados laboralistas», reza la placa en la puerta de entrada donde pasadas las diez y media, el timbre suena y eres tú quien acude a abrir. Escucho el pestillo y me extraña que no intercambies palabra con nadie. Me asomo, apenas un instante, lo justo para verte retroceder con las manos en alto. Siento un fogonazo de fuego trepar desde el estómago hasta la garganta. Detrás de ti, dos jóvenes avanzan con el rostro descubierto y sendas pistolas firmes, encañonándote.
Aquel silencio incómodo duró lo justo, un par de segundos en los que nadie supo bien cómo reaccionar. Después, uno de aquellos desalmados, se puso a gritar, alentando a que todos los compañeros salieran hasta aquella sala de espera. No contento con ello. Fue despacho tras despacho, arrancando los cables de los teléfonos con una rabia desproporcionada, como si pensara que de algún modo podíamos llamar sin tocarlos, solo con la intención.
El otro, el que no había dicho ni una palabra, quedó mirándonos fijamente. La pistola apuntando directo, con los ojos desorbitados, cargados de algo que no podía ser solo miedo, sino algo más visceral. No hacía falta que hablara, ya sabíamos que ahí no había espacio para nada. Nos manteníamos en silencio, colaborando como podíamos, conscientes de que el nerviosismo no ayudaría en nada. Nada más que esperar a que la pesadilla se acabara.
Atemorizados, nos apretujábamos contra la pared, abrazándonos en un silencio que se hacía cada vez más denso. Luego, el loco de las voces volvió y nos dispersó, nos obligó a formar una hilera. Éramos nueve, los que quedábamos aquella noche en el despacho, y nos inspeccionaba uno a uno. Pero no quedó conforme, buscaba a alguien que no se encontraba entre nosotros y de nuevo se puso a rebuscar entre los despachos. Nuevos gritos que no fui capaz de entender porque los nervios retumbaban con virulencia en mis tímpanos como un tambor.
El azar quiso que me colocara en un extremo desde donde podía veros a todos. Nueve compañeros, nueve amigos. Nos mirábamos sin atrevernos a decir nada, hasta que, de repente, el tipo que no había dejado de apuntarnos, de observarnos con esa mirada de odio, apretó el gatillo una vez y otra y otra más hasta descargar toda su arma sobre nuestros cuerpos. Nos masacró a bocajarro. La mandíbula apretada, los ojos desorbitados, y el brazo firme apretando el arma segadora de vida. Escuché las primeras detonaciones y la deflagración de aquella arma me hipnotizó hasta que el golpeo de vuestros cuerpos al caer se interpusieron a las detonaciones y mi mirada quedo fija en aquel instante. Un estallido violento que me atravesó como una puñalada. No hubo gritos, tan solo un suelo que se cubría de sangre y muerte.
Te vi caer, Luis Javier. Tú fuiste el cuarto en recibir aquellas balas asesinas, el cuarto que se desplomó ante la brutalidad de aquel hombre. Sentí la angustia en mi pecho, esa que nunca podré olvidar, nunca. Fue justo en aquel momento cuando decidí tirarme voluntariamente al suelo como si aquel gesto pudiera salvarme o al menos hacer más difícil el blanco a nuestro enemigo, quizás gracias aquel gesto hoy esté aquí, nunca lo
sabré. Fui herido, pero pude escuchar cómo aquellos miserables huían, sentí sus pasos, sentí como se alejaban, dejando una senda de sangre, dolor y muerte a nuestro alrededor.
«…hoy no estamos aquí para hablar de aquellos tres verdugos, fanáticos de extrema derecha, que arrebataron la vida de mi hermano y de sus cuatro compañeros. No daremos cabida al sentimiento de venganza que, en su momento, pudo haber sido nuestra
única respuesta. No, no estamos aquí por eso. Estamos aquí para recordar a las víctimas, a aquellos que con su sacrificio consiguieron que este mundo fuera un poco más justo. El entierro de sus compañeros, masivo y lleno de respeto, fue la mayor manifestación de pacifismo contra sus asesinos, un acontecimiento que aún hoy nos estremece. Fue una muestra de duelo, pero también de serenidad, que caló hondo en todos los que la vivieron. Esa demostración de dignidad y de amor por la libertad fue lo que convenció al presidente del Gobierno de la época, a que se decidiese a legalizar el Partido Comunista de España, permitiendo así que pudiera presentarse a las primeras elecciones democráticas de este país…»
Luis Javier, quédate con las palabras que hoy aquí pronuncia tu propio hermano. Estoy convencido de que, allá donde estés, te alegrarás de haber entregado tu vida. Porque tú no solo fuiste un hombre valiente, fuiste el ejemplo más puro de lo que significa estar comprometido con la justicia social. Te fuiste en paz con tu lucha, sabiendo que, a pesar del dolor y la sangre derramada, tu causa sigue viva en cada uno de nosotros. Hoy caminamos sobre la tierra que ayudaste a sembrar con tu valentía. Tanto tú, como tus compañeros, estáis presentes en cada paso que damos hacia la justicia, la libertad y la dignidad.
Francisco José López García («Honorio Civantos»)
Imagen: Mundo Obrero