«Un siglo de un Ángel menos dos alas» por Fran López
Me siento a escribir y caigo en la cuenta de que llevo casi un año sin ser capaz de cuajar un nuevo artículo para el Mirador de Atarfe. Durante este tiempo hubo algún tanteo; sin embargo, cada vez que lo intentaba me topaba de bruces con la actualidad, con esa sucesión de noticias grises que en la tele, en la radio o en los diarios terminan por minar el ánimo de quien las ve, las escucha o las lee. Y, ante la posibilidad de contribuir a esa desidia y de profundizar en la melancolía de mis lectores, desistía.
En consecuencia, en este lapso, he dado oportunidad —como dejó dicho Machado en su poema “Retrato”— a conversar con el hombre que siempre va conmigo, ese que me enseña los secretos de la filantropía. También a escribir en otros enclaves y, sobre todo, a viajar leyendo y releyendo, a veces también poesía.
Hace unos días, releyendo al poeta Ángel González, me encontré con su verso: «He aprendido a perder para no darme por vencido», y algo en mí me hizo comprender que debía volver a este espacio abandonado. Este mismo año, el 6 de septiembre de 2025, se cumple un siglo del nacimiento de este imprescindible autor. Dado que le debo a su verso la reconciliación con este formato, este artículo pretende ser un homenaje a su figura.
Ángel González Muñiz nació en Oviedo en 1925, en el seno de una familia golpeada por la tragedia y la represión. Su padre murió cuando él era apenas un niño, su hermano Manolo fue fusilado al comienzo de la Guerra Civil, su hermano Pedro tuvo que exiliarse y su hermana Maruja sufrió represalias. Solía decir que las dos figuras más influyentes de su vida eran su padre y su abuelo, a quienes apenas conoció, pero cuya huella seguía viva en su madre y sus hermanos: los llamaba “dos muertos de muerte imposible”. En su educación sentimental tuvieron un peso especial dos palabras: resistencia y supervivencia. Educado en los sueños de la República, pronto aprendió que no siempre ganaban los buenos y que el esfuerzo no garantizaba recompensa; de ahí nació su ética prudente de resistir y sobrevivir, refugiado en la amistad y en la literatura. A los dieciocho años la tuberculosis lo obligó a guardar cama en León durante una larga convalecencia que, paradójicamente, le abrió la puerta a la literatura: allí, entre silencios y lecturas, comenzó a escribir los primeros versos. Ángel González terminó convirtiéndose en uno de los poetas más influyentes de la Generación del 50.
Sin duda, el mejor homenaje que se le puede hacer a Ángel, tras un siglo de su nacimiento, es continuar leyendo su poesía: una poesía que, por norma general, quedaba marcada por la ironía y que sabía convertir escenas cotidianas en una compleja estética de lo sencillo. Tenía la capacidad de usar un tono bajo para narrar escenas de alto calado y de emplear el humor para acercarse a los asuntos más serios. Su amigo y compañero Luis García Montero escribió una biografía que retrata la infancia y juventud del poeta, concebida como testimonio y homenaje. La tituló con uno de sus mejores versos: Mañana no será lo que Dios quiera. Ángel solía contar que este verso nació de una curiosa anécdota de su niñez: caminaba de la mano de su hermano cuando, al despedirse de un señor conocido con el clásico “Hasta mañana, si Dios quiere”, su hermano —consciente de la tensión creciente que se respiraba en la ciudad ante la inminente revolución— le susurró, cuando se alejaron lo suficiente como para no ser oído: “No, mañana no será lo que Dios quiera”. Y Ángel sintió cómo su hermano le apretaba con fuerza la mano, grabando aquellas palabras en su alma.
El propio Luis García Montero definía así a su amigo en el arranque de aquella biografía: «No sé si ustedes conocen al poeta Ángel González. Su palabra revela una mezcla de filósofo clásico y de anciano del lugar, de superviviente estoico que lo ha visto todo y lo cuenta todo, mientras pide una última copa para no dar por terminada la noche que de manera inevitable se pierde ya por la grieta rojiza del amanecer. Detrás de su barba blanca esconde un mentón demasiado corto y una vida demasiado larga».
En la última etapa de su vida, Ángel González era invitado a multitud de actos donde recitaba su poesía. Se le podía ver subiendo al escenario con un religioso rito: caminaba con paso lento, cargado de una humildad que se confundía con timidez, se asomaba al micrófono y expectoraba unas primeras toses que delataban sus pulmones de fumador. Luego, intentaba mitigarlas con un caramelo de menta que —o eso pretendía— le aclaraba la voz. Y tras este riguroso ceremonial, se arrancaba siempre con ese poema suyo en el que se autodefine de una forma sublime:
Para que yo me llame Ángel González,
para que mi ser pese sobre el suelo,
fue necesario un ancho espacio
y un largo tiempo:
hombres de todo mar y toda tierra,
fértiles vientres de mujer, y cuerpos
y más cuerpos, fundiéndose incesantes
en otro cuerpo nuevo.
Solsticios y equinoccios alumbraron
con su cambiante luz, su vario cielo,
el viaje milenario de mi carne
trepando por los siglos y los huesos.
De su pasaje lento y doloroso
de su huida hasta el fin, sobreviviendo
naufragios, aferrándose
al último suspiro de los muertos,
yo no soy más que el resultado, el fruto,
lo que queda, podrido, entre los restos;
esto que veis aquí,
tan sólo esto:
un escombro tenaz, que se resiste
a su ruina, que lucha contra el viento,
que avanza por caminos que no llevan
a ningún sitio. El éxito
de todos los fracasos. La enloquecida
fuerza del desaliento…
Y con esta entrada daba paso a otra retahíla de grandes poemas rematando en muchas ocasiones con esta maravillosa despedida:
Cuando estoy en Madrid,
las cucarachas de mi casa protestan porque leo por las
noches.
La luz no las anima a salir de sus escondrijos,
y pierden de ese modo la oportunidad de pasearse por
mi dormitorio,
lugar hacia el que
—por oscuras razones—
se sienten irresistiblemente atraídas.
Ahora hablan de presentar un escrito de queja al
presidente de la república,
y yo me pregunto:
¿en qué país se creerán que viven?;
estas cucarachas no leen los periódicos.
[…]
les deseo buenas noches a destiempo
—pero de corazón, sinceramente—,
reconociendo en mí su incertidumbre,
su inoportunidad,
su fotofobia,
y otras muchas tendencias y actitudes
que —lamento decirlo—
hablan poco en favor de esos ortópteros.

Ante el empírico temor de extenderme en exceso en mi artículo o, peor aún, de apaciguar la curiosidad de acudir a la obra completa de Ángel González, dejaré de poner muestras de su obra e iré buscando un cierre. Para ello, acudo a otro fumador empedernido, con quien fantaseo viéndolos compartiendo humos en noches de sobremesas infinitas. Os hablo de su compañero y amigo Joaquín Sabina, quien a título póstumo le dedicó una canción en la que comenzaba por definirlo de una forma magistral:
González era un ángel menos dos alas
González era un santo por lo civil
Un dandy con un ojo a la funerala
Tan rojo, tan castizo y tan zascandil
No creo que haya una mejor forma de definirle. Por desgracia, Ángel nos dejaría falleciendo el 12 de enero de 2008 en Madrid, de una forma que el propio Joaquín definía con su punto de ironía en aquella canción:
Verde por la vergüenza que no tenía
Hasta ayudó a Caronte a quemar sus naves
Decía que morirse no era tan grave
Y agonizó en voz baja por cortesía
Lean a Ángel González, encontrarán la compañía y la cercanía de un autor que vive en sus lectores. Este humilde homenaje no pretende más que eso. Salud, paz y amor.