Rubiales contra Rubiales
Aunque mi colega Aníbal Malvar ya ha escrito todo lo que había que escribir sobre los huevos de Luis Rubiales, creo que el expresidente de la Real Federación Española de Fútbol tiene -aparte de huevos- tantos talentos, tantas aristas familiares y tantos frentes abiertos que su última aparición en los medios merece al menos otra aproximación, quizá no tan brillante como el propio Rubiales. Todo lo que ocurrió durante la presentación del libro de Luis Rubiales, desde el lanzamiento de huevos al placaje final de Ndongo, fue berlanguiano, fue épico y fue blásico, pero la noticia verdaderamente impresionante es que Rubiales ha escrito un libro.
Se ignora si las librerías, las papelerías, los grandes almacenes y la literatura española van a poder soportar tal cúmulo de obras maestras en el género memorístico. En menos de un mes han publicado sus memorias el rey Juan Carlos, Isabel Preysler y ahora, contra todo pronóstico, Luis Rubiales, quien se declara «damnificado en una de las persecuciones injustas más duras y crueles de la democracia española». Durante el campeonato nacional de victimismo que estamos presenciando -entre las lágrimas reptilianas de Mazón, la amenaza de suicidio de Rodríguez Amador y la melancolía arábiga del rey emérito-, Rubiales presenta su candidatura mediante un tocho de quinientas páginas con un título de lo más inequívoco: Matar a Rubiales. Ya se quejaba, mucho antes de lo del piquito, de que un día le iban a pegar un tiro y tirarían su cadáver en una cuneta.
A estas alturas, todavía no se ha estrenado Red Carder (Tarjeta roja), el documental que una productora estadounidense anunció hace cosa de un año sobre el auge y caída de este mago de los despachos futbolísticos. La autobiografía en clave criminal vendría a cubrir el hueco audiovisual sobre su figura, aunque en breve es muy posible que aparezcan también un retrato de cuerpo entero cargando a hombros a Athenea del Castillo y una estatua en una plaza de Motril comprobando el estado de su próstata. Para hacer justicia al personaje, lo ideal sería que la estatua tuviese veinte o treinta metros de altura, como el Coloso de Rodas, que la colocasen a la entrada del puerto de Motril y que los barcos fuesen pasando entre sus rodillas. Lo mejor de todo sería que la esculpiese el propio Rubiales.
En efecto, con unas pocas palabras Rubiales se define a sí mismo como «una persona noble, llena de buenas intenciones, capaz y honrado». También dice que es «un hombre más iluso de lo debido y más valiente de lo normal, que luchó contra los verdaderos ladrones y corruptos». Da la impresión de que el libro podría llevar un prólogo escrito por su abuela, pero basta repasar su vida para darse cuenta de que -a excepción de su madre, que hizo huelga de hambre encerrada en una iglesia tras el incidente que acabó con su carrera-, la familia de Rubiales ha hecho todo lo posible por hundirlo en la miseria. Era sólo un bebé cuando su hermana, año y medio mayor, se sentó encima de él y le partió las piernas: una señal del destino digna de un héroe griego. Uno de sus tíos, Juan Rubiales, lo denunció en 2018 por una orgía en un chalet de Salobreña «con chicas de 18 años que podrían ser tus hijas», una orgía pagada con dinero de la Federación, aunque los jueces desestimaron la denuncia.
Por último, Luis Rubén, otro tío suyo, acudió encapuchado el pasado jueves a la presentación, lo llamó «sinvergüenza» y le tiró encima unos cuantos huevos. Es una estrategia excelente para promocionar un libro y creo que todos los escritores deberíamos tomar buena nota, contratar a Bertrand Ndongo y montar un pollo de este calibre con el fin de que la peña no se apalanque: así saldríamos en todos los periódicos, como si fuéramos Rosalía. Aun así, no pienso leer a Rubiales hasta que no se decida a escribir una saga familiar con todos los atentados cometidos contra su persona, desde la cuna hasta los juzgados. Fútbol es fútbol.