Rosalía ecuménica en modo mayor
Estudio de ‘LUX’ en cuatro movimientos
Primer movimiento: Berghain
La primera vez que escuché una orquesta sinfónica en vivo, casi con veinte años, la violencia del sonido, la vibración del aire en aquella sala de madera me atravesó por completo. Me convertí en una especie de membrana palpitante a merced de aquella turba sonora, con un nudo en el estómago y los ojos arrasados por las lágrimas. La primera vez que estuve en Berghain, recién cumplidos los cuarenta, y mientras subía la escalera que lleva a la sala principal sentí que estaba entrando a la vez en el cielo y en el infierno. Extrañamente, estaba volviendo a casa, a pesar de que nunca había estado. He perdido la cuenta de cuántas orquestas y coros he escuchado en directo, también de las veces que he estado en Berghain.
La primera vez que escuché Berghain de Rosalía no daba crédito a lo que estaba escuchando. Me tuve que tumbar una hora como una estatua yacente para tratar de asimilar cuál era el gesto artístico del que emanaba esa… ¿canción? Me costó un rato intuir qué estaba pasando allí, aunque me emplacé a escuchar el disco completo para poder contextualizar el uso de la orquesta y el coro. Solo tenía claro una cosa: con toda esa estética de la inevitabilidad, Rosalía parecía estar poniendo sonido a este tiempo presente de zozobra y falta de esperanza.
Mis primeros conciertos sinfónicos me los procuré escribiendo críticas para Mundoclásico.com. Solo me permitían no escribir de conciertos para escribir sobre Almodóvar y recuerdo una crítica bastante altanera en 2004 a propósito de La mala educación en el que venía a decir que la campaña de marketing me parecía desmesurada para lo que era la película. Que el medio no era, para nada, el mensaje. Cuando por fin pude escuchar LUX entero, aquella medianoche del 7 de noviembre que ahora parece que fue hace un siglo, rememoré aquella incómoda sensación. No tenía ni idea de cómo colocar toda la verborrea de Rosalía en las entrevistas promocionales con lo que estaba escuchando. Seguía paralizado, y lo que es peor, había algo en la parte armónica del disco que me provocaba rechazo por su obviedad. Voy a intentar centrarme en este artículo en el aspecto musical del disco, y como punto de partida quiero decir que LUX es infinitamente más comercial que Motomami y El Mal Querer, y que, lejos de ser visionario, es un disco que ha puesto momentáneamente en pausa la capacidad de Rosalía para negociar con el presente a través de su música. Pero ninguna de las dos características que apunto desmerecen para nada la calidad de LUX.
Segundo movimiento: Rosalía en el laberinto del marketing
Después de muchas vueltas y muchas escuchas y cierto recelo, me he rendido feliz a la lux
Canta Rosalía en la canción Dios es un stalker “soy el laberinto del que no puedes salir”. Y después de muchas vueltas y muchas escuchas y cierto recelo, me he rendido feliz a la lux. Tengo que reconocer que con la ayuda de mi amiga Henar León, que me hizo una puntualización finísima que sirvió para acercarme a la nueva música sin las férreas expectativas que yo mismo y la campaña de marketing habían creado. Para poder llegar a la música tuve que despejar la hojarasca de esa campaña que tan brillantemente ha parodiado Polonia en TV3. Y para mi uso interno he concluido que Rosalía, en esta promoción, se ha puesto, además del halo decolorado en el pelo, un antifaz bastante descarado con el que nos está vendiendo mucho humo artificial. Un humo que por momentos disimula las verdaderas fogatas que crepitan en LUX. Ejemplo de ello es hablar de Berghain sin haber estado en Berghain, según dijo en la entrevista con Zane Lowe. O repetir sin cesar que es un disco maximalista cuando los arreglos orquestales son minimalismo puro y duro. O hablar de Motomami como un disco minimalista, por puro ejercicio de oposición retórica con LUX, no porque en realidad lo sea. O la división del disco en movimientos, al uso de la música académica, que realmente no responde a un plan musicalmente claro para mí: en ninguna sinfonía podría ir La Perla después de Berghain en el mismo movimiento. De hecho, en mi cabeza es obvio que La Perla iniciaría un tercer movimiento, un scherzo, con toda su fuerza irónica. Pero esto está escrito por alguien demasiado apegado a una tradición anclada al pasado. También puede ser que ella quiera romper la lógica sinfónica, como ha hecho con la disposición tradicional de la orquesta y que yo todavía no sea capaz de apreciarlo. A Zane Lowe también le dijo que no había usado loops en este disco, pero se le olvidó decir que únicamente en los momentos orquestales, porque en los fragmentos de música digital, obviamente, los sigue usando con maestría.
En su laberinto, esta Rosalía, a la vez Dédalo y Minotaura, también está sembrando en la opinión pública ideas fuerza extramusicales que me parecen destacables: la idea de la fraternidad entre los pueblos a través del uso de trece idiomas diferentes, su afán de repetir que cada cultura, que cada religión, tiene mecanismos diferentes para alcanzar la santidad. En tiempos de xenofobia y aporofobia, en tiempos del genocidio de Gaza, esta mirada ecuménica a la vida y a las culturas, esta especie de alianza de las civilizaciones musical me parece destacable. También valoro especialmente la invitación a la lectura, al conocimiento, a la curiosidad con que riega cada entrevista, por oposición a la bravata cazurra de María Pombo este verano. Y especialmente disfruto con cómo está abanderando el concepto auténtico de libertad: encarnado en una mujer joven que impone su visión en una industria de hombres y volviéndolo a dotar de significado, después de que neofascistas como Isabel Díaz Ayuso o Donald Trump lo hayan pervertido con descaro o pretendan equipararlo con tener armas o tomar cañas en Ponzano. Estoy seguro de que Rosalía y su equipo están jugando con nosotros, que su ceremonia del despiste, que su reguero de pistas verdaderas entremezcladas con falsas, forma parte del briefing de marketing de LUX, y que poco tienen que ver con su proceso creativo: pero entre ella y su equipo han creado un soberbio juego de humo y espejos para que una gran cantidad de personas, musical o extramusicalmente, se pueda sentir interpelado por el lanzamiento.
Tercer movimiento: Winterreise desde el asiento de atrás del coche la madre de Rosalía
Estoy seguro que Rosalía podría defender todas las canciones de este disco ella sola con una pianista y una timbalera
Aunque Rosalía diga que es una ópera, LUX es sobre todo un ciclo de canciones, al modo de los grandes ciclos de lieder del siglo XIX: Winterreise, Die Schöne Müllerin, Frauenliebe und-leben. Estoy seguro que Rosalía podría defender todas las canciones de este disco en un liederabend ella sola con una pianista y una timbalera. Una gira por teatros, íntima, fascinante, con una lluvia de pétalos de magnolias para terminar. Rosalía le contó a Broncano que sigue estudiando y está enfrascada en el canto lírico, y en LUX lo demuestra. En este sentido, este es el disco de un jilguero que está descubriendo todas las virguerías nuevas que puede hacer y que quiere compartir. Me parece que el uso de los trece idiomas tiene también que ver con que a la Rosalía cantante, más en control que nunca de su aparato fonador, disfruta mucho probando fonemas nuevos que cantar, deformando su boca para cada lengua, para cada forma de expresión, porque con el castellano y el catalán ya ha jugado mucho.
En la entrevista con Lowe contó que cuando su hermana Pili escuchó Motomami le dijo algo así como “es que siempre tienes que destruir las canciones”. En la de Bella Freud afirmó que de pequeña admiraba mucho a su madre porque era un ejemplo de mujer siempre perfectamente arreglada. Creo que este disco es, por fin, un disco para las dos mujeres de su vida: un disco de canciones enteras, un disco de armonías reconfortantes, el disco de acabar con la estética de mujer irreverente, dura, urbana y ser capaz de defender su música desde una supuesta y estudiadísima normalidad burguesa que coquetea con lo monjil y con lo angelical, en cualquier caso muy elegante como demostró en los Premios 40 o en el programa de Jimmy Fallon. La camisa de fuerza de la portada puede que tenga algo que ver con esto.
Dije antes que Rosalía había pausado momentáneamente negociar con el presente y es que creo que el orden mundial le debe resultar tan desolador como a cualquier persona decente. En este sentido, y juntando todos los factores anteriores, creo que este disco también es un laberinto de tiempo y espacio, entre la memoria musical y sus eras anteriores. Hay canciones que suenan a otras canciones, a otros tiempos, a otros estilos, propios y ajenos, y no me estoy refiriendo a los arreglos orquestales, que también. El uso de la orquesta sinfónica aventuro a que tiene que ver, en origen, a cierta crítica que un señoro le hizo cuando presentó el Motomami Tour en Madrid y que le hizo cambiar el orden del final del show para la segunda fecha, a la que yo asistí. Ha querido demostrarse que era capaz de crear también para instrumentos musicales, lo que pasa que el proceso creativo, excesiva como es ella, le ha llevado a esta ordalía sinfónico-coral. Y lo mejor de todo, que ha salido triunfante.
LUX, en definitiva, es la ilustración musical de un viaje de invierno
LUX, en definitiva, es la ilustración musical de un viaje de invierno, un homenaje y reinterpretación de la música que hubiera escuchado desde el asiento de atrás del coche, pero a la vez imaginando cómo iba a entregarse de mayor a su propia música, mirando el paisaje por la ventanilla, sonriendo a la Pili todo el rato y preguntándole a su madre cuánto faltaba para llegar a ser una estrella mundial.
Pero, aunque Rosalía se vista de seda, Rosalía se queda. Sigo distinguiendo perfectamente a la misma compositora de El mal querer y Motomami. Ya traté de describirlo en el artículo “Rosalías de ida y vuelta” y creo que no me apetece volver a hacerlo, porque los que están viendo a una visionaria, o un disco histórico en realidad se están dejando deslumbrar por un brillo que no es: Rosalía sigue basando su forma de hacer música en un gesto fundacional, uno y trino, si nos queremos poner teológicos, y en este disco ni lo cambia, ni lo evoluciona, ni falta que le hace.
La conclusión a la que llegué después de una hora de reflexionar sobre Berghain fue que Rosalía había sido capaz de expresar la misma idea musical de tres formas distintas, neoclásicamente minimalista, a lo oratorio de Mendelssohn; con pop experimental en el segmento de Bjork; y a lo que realmente tiende Rosalía, con el desgarrador fragmento de Yves Tumor. Lo mismo pasa con todo LUX, la Rosalía compositora y productora no puede dejar de ser ella, y no es que haga siempre la misma canción, como temía en el podcast de Bella Freud, pero obviamente sus canciones las hace siempre la misma mente creadora que, por el momento, tiene esa forma de trabajar. Otro de los mantras de la campaña de marketing es que tiene miedo a repetirse. Lo bueno de su gesto artístico es que alberga multitudes, se puede repetir todavía porque siempre nace de nuevo al enfrentar una melodía, una letra, un concepto y, especialmente en este disco, unos interludios/transiciones deliciosas. Pero sé perfectamente que Rosalía no está preocupada por ello, aunque se haga la coqueta. Después de ver la versión de La Perla en The Tonight Show estoy seguro que, como en Berghain, Rosalía tiene preparados varios arreglos, digitales y analógicos para cada canción. Como compositora ha logrado el reto de encontrar la esencia de cada canción y tener la libertad de adaptarla a cada circunstancia.
Cuarto Movimiento: Rosalía en Modo Mayor
Y aquí está mi verdadera piedra rosetta del disco, que tanto me costó descifrar. Cuando hablaba de obviedad armónica me refiero entre, otros a la tercera picarda en apoyatura que usa al final de Sexo, violencia y llantas con la cuerda; al sinuoso cromatismo ascendente constante de Cristo Mio Piange Diamante y Magnolias; a la esquemática armonía de La Perla; a la mutatio tonis al galope que es Dios es un stalker; a la progresión armónica ascendente del final de La Yugular, de todo Savignon Blanc y La Rumba del Perdón y al subrayado casi fosforito de la armonía del fado en Mémoria con piano, arpa, cuerda y masa coral. Rosalía ha hablado en sus entrevistas mucho de verticalidad, yo más que verticalidad veo un ascenso paulatino, gradual. De hecho, creo que mezcla con maestría lo horizontal con lo vertical, aunque eso no sea tan poderoso como simplificación publicitaria.
Toda esta retórica armónica, que consideraba facilona, me apartó los primeros días del disfrute del disco, hasta que vi la lux Sigo pensando que son armonías muy evidentes, solo que tratadas con exquisitez. Entiendo que para aquellos que no están acostumbrados a la complejidad armónica de la música académica, todo lo que esta música provoca no es nada más y nada menos que confort. Y seguramente por eso mismo este disco se va a escuchar muchísimo, porque provoca, en mitad de la zozobra, la recompensa del confort. Y esa precisamente es la lux que Rosalía trae al mundo, un pop que te reconforta, que utiliza los recursos orquestales y corales para emocionarte, que no se avergüenza de querer exprimir la emoción del oyente gracias a la simbiosis de su voz con ese cierto calorcito armónico ascendente.
Rosalía, antaño agresiva y dura, abrasiva, lúcida en poner sonido al presente, ha decidido suavizarnos el horror con el que convivimos con la luz de una música esta vez intemporal y crearnos un hogar sonoro al que volver cuando no podamos más con esta vida, en ocasiones, tan espantosa.
FOTO:Rosalía yacente en la Audition Party de Barcelona en el Museo Nacional de Arte de Catalunya, el pasado 5 de noviembre. / Columbia Records
https://ctxt.es/es/20251101/Culturas/51088/carlos-garcia-de-la-vega-rosalia-lux-hogar-sonoro-cuatro-moviemientos.htm