12 febrero 2026

Alargar la vida ¿para qué? por Juan Santaella

De qué sirve alargarla, si cada vez acortamos los afectos

Según los últimos estudios de la Universidad de Harvard, sobre la conducta social de las personas, la «recesión de la amistad es, cada día más, una pandemia silenciosa». Hoy, son más frecuentes los ancianos que viven solos, sin el apoyo ni la compañía de nadie, y, muchos de ellos, sin amistades de ningún tipo; cada vez son más las personas que comen solas (en los dos últimos años se ha incrementado el número un 29%); las relaciones sociales se han reducido a la comunicación mediante whatsapps, pero la gente ni se ve, ni se habla, ni se abraza.

El mundo de hoy, y las personas, estamos más comunicados que nunca, pero más lejos que siempre, porque nos falta el contacto humano. Nunca la sociedad había logrado disponer de más medios de conexión (radio, televisión, teléfonos móviles, internet…), pero, al mismo tiempo, sus integrantes sentirse más solos y aislados, conforme pasan los años.

Las familias cada vez están más dispersas e incomunicadas, porque las obligaciones laborales así lo imponen; un porcentaje muy elevado de matrimonios se separa; las familias tienen menos hijos; los televisores rompen la comunicación familiar; en las reuniones familiares y sociales, los móviles hacen estragos en el diálogo… Se ha roto la sociedad del diálogo, en beneficio de los «cacharros tecnológicos». Tan preocupante es la ruptura de la amistad, que hay Universidades, entre otras la de Stanford, que imparten cursos y másteres sobre cómo conseguir crearla y fomentarla.

Aquellos tiempos en los que los vecinos y las familias se reunían para charlar, en casas, plazas y puertas, sin impedimento alguno, pasaron a mejor vida. Hemos logrado vivir más, a costa de mayor aislamiento social. Cuando sabemos, porque los estudios sociales y psicológicos de las Universidades de Harvard y Stanford así lo dicen, que la incomunicación personal es muy destructiva (según Harvard, más que el consumo de quince cigarrillos diarios).

Y es que las relaciones sociales próximas es lo más beneficioso para el cuerpo y el espíritu. Somos, aunque no lo queramos, seres sociables. Necesitamos del afecto y del cariño de los demás, y cuando éste falta, todo nuestro organismo lo detecta y lo sufre profundamente. El aislamiento, no solo produce enfermedades mentales, especialmente depresión, ansiedad y demencia senil, sino también enfermedades cardiovasculares.

¿Longevidad sin reserva o lograr un equilibrio celular, para que la extensión de la vida vaya acompasada a un bienestar físico y social? ¿Para qué alargamos la vida si el ritmo frenético que nos impone esta sociedad rompe, cada vez más, los círculos de amistad e impone el aislamiento y la soledad? Quizá estemos buscando una juventud eterna para lograr una soledad eterna, porque la verdadera salud no solo está en células fuertes y saludables, sino, también, en una buena compañía.

Es hora ya, tras tanto avance y sofisticación, que recuperemos el abrazo, unamos lo disperso, eliminemos el odio y la soledad, volvamos a las mesas amplias y radiantes de conversación y alegría, cultivemos la amistad en vivo y en directo, porque hemos nacido para compartir, y, cuando no lo hacemos, nuestra vida pierde el sentido y nuestra salud física y mental se deteriora y sufre. Estar en la vida, es estar, también, y, sobre todo, en la amistad y en el cariño.

FOTO: https://montesalud.com

https://www.ideal.es/opinion/juan-santaella-alargar-vida-20251218225722-nt.html