La anomalía del ‘prime time’ en España
La anomalía del ‘prime time’ en España: los programas se emiten tarde y la audiencia ya no está dispuesta a esperar
El prime time español se ha desplazado más de una hora en las últimas tres décadas hasta una paradoja ya estructural: el mayor volumen de audiencia se concentra antes de que empiece oficialmente la franja de máxima audiencia. Hoy, los grandes estrenos de las cadenas generalistas arrancan de forma habitual a partir de las 22.30 o incluso cerca de las 23.00 horas, frente a las 21.30–21.45 que marcaban el inicio del prime time a comienzos de los años noventa, con la llegada de la televisión privada.
Los datos llevan tiempo señalando el problema: un informe de GECA, elaborado en 2019 a partir de mediciones de Kantar Media, advertía de que el retraso sistemático del prime time no fideliza al espectador, sino que lo fatiga. El resultado es un abandono temprano de la televisión lineal que beneficia directamente a las plataformas de vídeo bajo demanda. Mientras que el consumo tradicional acusa un significativo descenso, estos horarios suponen una oportunidad de despegue para las plataformas VOD, ya que ofrecen al espectador la posibilidad de organizar libremente su tiempo.
No es casual que el access prime time concentre mejores resultados que la propia franja estelar: la audiencia está ahí, pero se va. El prime time se vuelve cada vez más incompatible con los horarios laborales y de descanso, y esa desconexión con la vida cotidiana de la población activa debilita la televisión lineal y refuerza a sus principales competidoras, que han entendido algo esencial en el panorama audiovisual actual: el tiempo del espectador ya no se negocia.
Una anomalía programada
El retraso del prime time no es cultural ni inevitable. Es el resultado de decisiones industriales sostenidas en el tiempo. Un estudio comparativo sobre el prime time en España y otros países europeos —Italia, Alemania, Reino Unido y Francia— subraya esta singularidad: las cadenas españolas programan sus contenidos estrella mucho más tarde que el resto, prolongando la noche televisiva hasta horarios que impactan directamente en las rutinas de descanso de los espectadores.
En el competitivo contexto audiovisual europeo, España destaca por el reloj. Mientras otros mercados ajustan su franja estelar a los hábitos sociales, las cadenas españolas han optado por desplazarla progresivamente hacia la noche avanzada, normalizando una anomalía que ya no responde a la demanda del público.
Conviene desmontar el argumento cultural: España no siempre tuvo un prime time tan tardío. El retraso es progresivo y programático, ligado a la guerra de informativos, al estiramiento artificial del access prime time y a la resistencia a renunciar a minutos publicitarios. No es una herencia inamovible, sino una estrategia industrial que se ha mantenido pese a sus efectos colaterales.
De hecho, este debate no es nuevo. Esta situación, conocida como la «anomalía horaria española», ha sido denunciada sistemáticamente por entidades como la Asociación para la Racionalización de los Horarios Españoles (ARHOE). La anomalía no está en los hábitos del espectador, sino en una parrilla que sigue llegando tarde a una audiencia que ya ha cambiado de ritmo.
Cuando el ‘access’ le roba la noche al ‘prime time’
La inversión del modelo es ya evidente y el access prime time —informativos prolongados y grandes formatos de arrastre— se ha consolidado como la franja más competitiva. Según el informe anual de Barlovento en 2024, el pico máximo de consumo televisivo diario se concentra antes del inicio del prime time programado por las cadenas generalistas.
El ejemplo más claro es el minuto de oro. De forma recurrente, se registra entre las 21.00 y las 21.30 horas, casi siempre ligado a Pasapalabra, es decir, antes de que las cadenas den por inaugurado el prime time. El momento de mayor concentración de espectadores ocurre, paradójicamente, cuando lo importante aún no ha empezado.
A partir de ese momento, la curva de consumo de televisión lineal cae. El mismo informe constata el crecimiento sostenido del consumo en diferido, que ya representa una parte relevante del visionado total. No es que el espectador haya dejado de ver contenidos, es que ha dejado de hacerlo cuando se lo impone la parrilla.
¿A dónde va el espectador?
Los datos confirman una migración sostenida del consumo audiovisual. La televisión tradicional pierde minutos a diario mientras el prime time se retrasa y los formatos híbridos —consumo en diferido y streaming— ganan terreno. El resultado es claro: el concepto clásico de horario de máxima audiencia ya no compite con unos hábitos de consumo cada vez más flexibles. Los últimos informes mensuales de audiencia en España señalan una tendencia descendente del consumo de televisión tradicional, con un impacto especialmente acusado en las franjas nocturnas.
El desplazamiento no es marginal. En 2024, la práctica totalidad de los españoles estaba conectada a redes sociales y plataformas OTT, con YouTube como la plataforma de mayor penetración durante todos los meses del año. En noviembre de 2024, el 75,9% de la población tenía acceso a YouTube. Detrás, Amazon Prime Video (54,7 %), Netflix (52,8 %), Disney+ (30,0 %), Movistar Plus+ (27,5 %), RTVE Play (26,8 %) y Max (21,8 %).
Esta tendencia se consolida en 2025 y, en noviembre, Barlovento volvió a constatar que el consumo de televisión tradicional sigue cayendo o se mantiene en niveles bajos, sin señales de recuperación estructural. A este descenso se suma otro dato clave, que la edad media del espectador supera ya los 55 años, lo que confirma la pérdida progresiva de público joven.
El diagnóstico es nítido. El problema del prime time español no es de contenidos, sino de reloj. La audiencia se concentra antes, envejece y se desplaza hacia el consumo diferido, mientras las cadenas mantienen su oferta principal en horarios cada vez más tardíos. La televisión llega tarde y el espectador ya no está dispuesto a esperar.
Lara García Rodríguez
David Broncano en ‘La Revuelta’.RTVE
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