«La Navidad que no sale en los anuncios» por Joan Carles March

La otra Navidad: pobreza, soledad y desigualdad en tiempos de luces.

La Navidad se presenta cada año envuelta en luces, anuncios y mensajes de alegría. Pero mientras los escaparates brillan y las mesas se llenan, hay una parte de la sociedad para la que estas fechas no traen celebración, sino una sensación más intensa de ausencia. Son personas y familias que viven en pobreza, que están excluidas, que pasan frío, que están solas, que llegan a final de mes con dificultad —o no llegan— y que afrontan cada día con la incertidumbre de si podrán poner algo en el plato.

En Navidad, la desigualdad no desaparece: se hace más visible. Hay hogares donde la luz se corta con frecuencia, donde el gas es un lujo y donde el silencio sustituye al bullicio de las celebraciones. Hay madres y padres que hacen cálculos imposibles para alimentar a sus hijos, niños que crecen sin regalos, no porque falte ilusión, sino porque falta lo básico. Para ellos, la Navidad no es una pausa, sino un recordatorio de lo lejos que queda la promesa de bienestar.

La pobreza no es solo la falta de ingresos. Es también la soledad no deseada, la exclusión social, la vergüenza de no poder participar en lo que parece “normal” para la mayoría. Es el anciano que pasa las fiestas sin visitas, la familia que evita reuniones porque no puede corresponder, la persona que encadena trabajos precarios y aun así no logra cubrir necesidades esenciales. Es vivir con el estrés constante de elegir entre comer, calentar la casa o pagar un recibo.

Hablar de Navidad desde los medios de comunicación implica una responsabilidad: no reducir estas realidades a anécdotas ni a gestos puntuales. La solidaridad es imprescindible, y las campañas de ayuda salvan vidas y alivian urgencias. Pero no basta con un donativo navideño si el resto del año se normaliza la desigualdad. La pobreza infantil, en particular, no puede aceptarse como un daño colateral: condiciona el presente y roba oportunidades futuras.

Estas fechas pueden —y deben— ser un momento para mirar más allá del consumo y preguntarnos qué tipo de sociedad estamos construyendo. Una sociedad que celebra mientras una parte significativa de su gente vive sin lo básico necesita revisar sus prioridades. La dignidad no debería depender del calendario ni de la caridad, sino de derechos garantizados: vivienda, energía, alimentación, educación y trabajo digno.

La Navidad no será verdaderamente Navidad mientras haya personas que la atraviesen a oscuras, con frío o con hambre. Recordarlo no es aguar la fiesta; es darle sentido. Porque el mensaje que se repite estos días —paz, esperanza, comunidad— solo cobra valor cuando se traduce en compromiso real con quienes más lo necesitan, hoy y el resto del año.

Foto: Archivo: En Navidad, la desigualdad no desaparece: se hace más visible

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