Europa ante el abismo: escenarios, riesgos y salidas imposibles
La crisis abierta por la amenaza de Estados Unidos sobre Groenlandia no es un accidente ni una excentricidad de un liderazgo errático. Es la manifestación más descarnada de un mundo que ha dejado de regirse por reglas y en el que la fuerza pretende sustituir de nuevo al derecho.
Ante este escenario, Europa sigue reaccionando como si el problema fuera coyuntural, como si bastara con una declaración conjunta más o con una cumbre de urgencia. No lo es. El problema es estructural y la respuesta europea continúa siendo radicalmente insuficiente.
La pregunta que se impone ya no es si la OTAN sobrevivirá a una agresión interna ni siquiera si Estados Unidos ha dejado de ser un socio fiable. La pregunta es mucho más incómoda y más profunda. ¿Puede Europa seguir existiendo políticamente sin constituirse como una verdadera comunidad política? Todo apunta a que no. Y, sin embargo, esta pregunta sigue siendo evitada de forma sistemática por unas élites europeas que prefieren administrar la inercia antes que afrontar el vértigo del cambio.
Durante décadas, Europa ha vivido bajo una ficción confortable, la de una soberanía delegada en materia de seguridad a cambio de estabilidad. Esa delegación fue posible mientras el garante aceptaba las reglas del juego, mientras el liderazgo estadounidense se ejercía dentro de un marco normativo compartido y con una retórica al menos formalmente multilateral. Pero cuando ese garante cuestiona la soberanía de un Estado miembro, cuando amenaza con usar la fuerza contra un aliado, la ficción se desmorona. La reacción europea ante la amenaza sobre Groenlandia lo demuestra con crudeza. Declaraciones solemnes, reafirmaciones del derecho internacional, llamados a la calma. Nada que incomode seriamente a Washington. Nada que indique que Europa esté dispuesta a asumir los costes políticos, económicos y estratégicos de defender su propia integridad territorial.
No se trata únicamente de una carencia de capacidades militares, aunque estas existan y sean evidentes. Es, sobre todo, una falta de voluntad política, y esa carencia tiene una raíz clara. Europa no actúa como un sujeto político porque no se percibe a sí misma como tal. Los gobiernos nacionales siguen calculando en clave doméstica, temerosos de romper un vínculo transatlántico del que dependen, incluso cuando ese mismo vínculo se ha convertido en una fuente de inseguridad. El resultado es una política exterior reactiva, fragmentada y permanentemente subordinada.
La amenaza sobre Groenlandia ha colocado a Europa en una encrucijada imposible. Por un lado, necesita a Estados Unidos para sostener el flanco oriental frente a Rusia, especialmente en el contexto de Ucrania y de un conflicto que ha reintroducido la guerra convencional en el continente. Por otro, empieza a asumir, aunque no lo diga en voz alta, que ese mismo actor puede convertirse en una amenaza directa en el flanco occidental. Esta contradicción paraliza cualquier respuesta coherente. De ahí las vaguedades, los apaciguamientos, los equilibrios retóricos que ya se han demostrado inútiles en otros momentos de la historia europea.
No es que Europa no sepa qué hacer. Es que no puede hacerlo sin dejar de ser lo que es hoy, una unión de Estados sin pueblo, sin demos, sin capacidad real de decisión colectiva. La impotencia europea no es un fallo puntual ni una mala gestión coyuntural. Es el resultado lógico de un diseño político incompleto que ha pospuesto sistemáticamente la cuestión fundamental de la soberanía compartida. Una Europa sin comunidad política es una Europa condenada a reaccionar siempre tarde y mal, a depender de otros para su seguridad y a aceptar, de facto, límites externos a su capacidad de decisión.
El contexto internacional agrava aún más esta fragilidad. La intervención militar estadounidense en Venezuela ha sido un punto de inflexión que ha confirmado que la política exterior de Washington ya no se siente obligada a disfrazarse de multilateralismo ni a buscar legitimación internacional. El mensaje es inequívoco. Las normas internacionales son opcionales, los aliados son instrumentos y la fuerza vuelve a ser una herramienta legítima de orden. Este giro no es exclusivo de Estados Unidos. Forma parte de una ofensiva ideológica más amplia, liderada por la internacional reaccionaria, que busca vaciar de contenido conceptos como soberanía compartida, cooperación internacional o derecho internacional, sustituyéndolos por una lógica de poder desnudo y jerárquico.
En este mundo sin reglas, quienes no actúan como actores políticos plenos se convierten inevitablemente en objetos de disputa. Europa corre el riesgo de quedar atrapada en ese papel, no como potencia normativa, como tantas veces se ha proclamado, sino como espacio vulnerable, fragmentado y estratégicamente codiciado. Un continente rico, tecnológicamente avanzado, pero políticamente incapacitado para defender sus propios intereses frente a actores que no dudan en usar la coerción.
Ante este escenario, insistir en más coordinación técnica, en mecanismos de consulta o en reformas incrementales es engañarse. No estamos ante un déficit administrativo, sino ante un vacío político. La única salida real pasa por la construcción de una comunidad política europea con capacidad de decidir, de asumir costes y de ejercer soberanía colectiva. Todo lo demás es gestión del declive.
Esto implica una verdad incómoda que sigue siendo sistemáticamente evitada. Sin demos europeo no hay soberanía europea. No bastan las instituciones comunes si no existe un sujeto político que las respalde. No bastan las políticas compartidas si no hay un espacio público europeo capaz de sostenerlas, discutirlas y legitimarlas. La defensa común, la política exterior común e incluso la capacidad de decir no a un aliado poderoso requieren algo más que tratados y comunicados. Requieren un pacto político entre ciudadanos europeos, una conciencia compartida de destino y de responsabilidad que vaya más allá de los intereses nacionales inmediatos.
Construir ese demos no es un ejercicio retórico ni un gesto simbólico. Implica conflicto, redistribución de poder, cesión de soberanía nacional y democratización real de las estructuras europeas. Implica aceptar que sin politización no hay proyecto común y que sin un horizonte de soberanía compartida Europa seguirá siendo un actor secundario en un mundo cada vez más hostil. El miedo a ese salto explica en gran medida la parálisis actual.
Groenlandia no es solo un territorio remoto en el Ártico ni una disputa estratégica más. Es una advertencia. Muestra hasta qué punto Europa es vulnerable cuando se enfrenta a un mundo en el que la fuerza vuelve a marcar las reglas del juego y en el que los vínculos históricos ya no garantizan protección. Ignorar esta señal sería repetir errores históricos que el continente conoce demasiado bien.
La disyuntiva es clara y ya no admite dilaciones. O Europa da el salto político que lleva décadas posponiendo o acepta su irrelevancia estratégica y su dependencia permanente. En un mundo sin reglas no hay espacio para las ambigüedades ni para las medias tintas. Y Europa, si quiere sobrevivir como proyecto político y no solo como mercado, tendrá que decidir de una vez si quiere ser actor o escenario.