«Gentes indeseables» por Juan de Dios Villanueva Roa
No somos indeseables, no todo sirve para las personas decentes, para quienes están en la vida por la vida.
Las personas somos propensas a ayudar a los demás de manera desinteresada, de ser útiles para quienes nos necesitan, de poner a disposición de quienes precisan de nuestra ayuda aquello de lo que disponemos. Así fue a lo largo de la historia, por eso hemos llegado hasta aquí, y por eso seguiremos avanzando en nuestras relaciones.
Después aparecen las gentes, esas que están permanentemente buscando su exclusivo beneficio, su momento, aprovecharse de cualquier circunstancia para quedarse con el ascua y con la sardina, para imponer sus falacias porque el oportunismo ya sea histórico o puntual se lo permite.
Entre las personas estamos la inmensa mayoría, y eso ennoblece al género humano. Luego están aquellos que aprovechan las aguas revueltas, naturalidad en cualquier espacio, para arremeter. Es el caso de Trump, ser que se ha convertido en uno de los más despreciables del mundo, por su agonía, por su insaciable y desmedida ansia de quedarse con todo aquello que se le cruza por su cabeza.
Y luego están sus seguidores, aquellos que bajo su sombra caminan ahora por los carriles de la sociedad, todas las ultraderechas terrícolas, que son capaces de desatar la tercera guerra mundial por tal de alabar a su líder, amado líder. Aquí sabemos dónde están y cómo actúan en cualquier situación extrema, y si no es tal, ellos dilatan las circunstancias hasta hacerla extrema siempre que a ellos no les afecte, porque la masa reacciona como así, sin pensamiento propio ni raciocinio, cuando los extremos se tocan.
El comunicado de Abascal sobre el terrible accidente de Adamuz lo demuestra. Su objetivo está claro: mientras peor, mejor para sus intereses. Y si no, se provoca.