«El personaje TARFE, es un ente de ficción» por José Enrique Granados
Según María Soledad Carrasco, el personaje TARFE, es un ente de ficción extraordinariamente complejo, cuya presencia en la literatura española ha pervivido por varios siglos.
La primera aparición de Tarfe en las letras hispánicas no es muy halagüeña, ya que apunta a una desacralización religiosa muy grave por parte del personaje contra la Virgen María. La leyenda, reiterada en el romancero, se conoce como «el triunfo del Ave María». Cuenta el famoso romance que un moro valiente pero descortés, llamado Tarfe en la mayoría de las versiones, se presenta ante los muros de Santa Fe arrastrando de la cola del caballo un cartel con la divisa «Ave María». Lanza un desafío arrogante a la multitud cristiana: «¿Cuál será aquel caballero/ que sea tan esforzado/ que quiera hacer conmigo/ batalla en aqueste campo?» Le sale entonces al paso un joven caballero cristiano, llamado Garcilaso en algunas de las versiones del romance, que triunfa finalmente sobre Tarfe. Los versos describen cómo el caballero cabalga victorioso frente al rey don Fernando con la pía divisa mariana al pecho y la cabeza del moro clavada en la punta de la lanza».
Esta leyenda, tan reiterada en el romancero, se la apropia Lope en comedias como Los hechos de Garcilaso de la Vega y el moro Tarfe y El cerco de Santa Fe. Tarfe es a su vez un personaje muy notorio en el romancero nuevo. Aunque es una figura estilizada y galana, no es tan heroico como los otros moros literarios de fantasía: posiblemente la leyenda negativa del «Ave María» aun estuviera gravitando fuertemente sobre él. Es el amante desdeñado y celoso en «Abrasado en viva llama/ Bravo, feroz y rebelde», o «Si tienes el corazón/ Zaide, como la arrogancia»; el rival amenazado en «Mira, Tarfe, que a Daraja/ no me la mires ni hables»; el murmurador en «Di, Zaida, ¿de qué me avisas? / ¿Quieres que muera y que calle?» [«miente el infame de Tarfe]».
El moro Tarfe, figura clave en el romancero morisco, reaparece en el Quijote apócrifo de Avellaneda, donde acompaña a los protagonistas a Zaragoza. Cervantes usurpa a su rival el personaje morisco y lo hunde en su propia novela {Quijote II, 72), para hacer que desdiga al espúreo autor tordesillesco. Tarfe parece haberse convertido en el moro por antonomasia de las letras españolas. Cervantes pinta al personaje como comedido y sobrio. Su séquito, tan lleno de colorido en el Quijote apócrifo, se reduce ahora a tres o cuatro criados, y sus ropajes ricamente coloreados son sustituidos por ropa de verano cuando se hospeda en la venta con los protagonistas de la novela. Don Quijote y Sancho lo convencen de que ellos son los «auténticos» frente a las marionetas espúreas de Avellaneda. Y, en una escena demencial, Tarfe juramenta que estos don Quijote y Sancho de la venta no son los que él estuvo acompañando en las justas de Zaragoza. Cervantes, eso sí, es perfectamente consciente del origen moro del personaje que le usurpa a Avellaneda: «voy a Granada, que es mi patria» comenta Tarfe a don Quijote, a lo que éste replica con un entusiasmo algo enigmático: «¡Y buena patria!».
Tenemos pues que el antihéroe del romancero protagoniza dos novelas del siglo XVII. Digo mal, protagoniza tres, ya que también Tarfe luce su gallardía desde la fabulación de un morisco exilado en Túnez, que lo inscribe en una novela a la italiana en la que las damas y galanes de un sarao perdido en el tiempo escuchan sonetos y romances españoles. Entre ellos, aquel que protagoniza el mismísimo Tarfe: «Si tienes el corazón, Zaide, como la arrogancia…». Los concurrentes celebran alborozadamente la gallardía del moro -«Solenicósse la balentía del moro Tarfe» (fol. 42 r)-. Al fin Tarfe está con los suyos: ya no es un blasfemo ni un «antihéroe». El novelista propone a sus correligionarios moriscos de carne y hueso una lectura reivindicadora -à l’envers- del «traicionero» Tarfe, con quien se identifica plenamente.
Estamos pues ante un hecho documentado: Tarfe, figura representativa de la morería para las letras españolas, a la vez galán, blasfemo y traicionero, es, sin embargo, la figura árabe paradigmática ante los ojos de la casta vencida.
(Extraído del artículo ya referido en esta Gacetilla de Luce López-Baralt, titulado <<Juan Ruiz y el morisco Tarfe “galanes” de la tierra chica.>>
En la fotografía, escultura del Sagrado Corazón de Jesús recién instalada en 1944.
Gacetilla y curiosidades elvirenses