7 febrero 2026

Hay una pregunta que flota en el aire europeo estos días como una nueva gripe estomacal traicionera: ¿qué se hace cuando la amenaza viene de quien supuestamente era el aliado?

No hablamos de una invasión extranjera ni de un enemigo histórico. Hablamos de un presidente estadounidense que habla de Groenlandia como si fuera una propiedad en venta, que trata a la OTAN como un negocio de protección mafioso, que convierte la geopolítica en un reality show donde las fronteras son decorado y la dignidad de naciones enteras, atrezzo.

¿Confiamos en que esto pasará, como si Trump fuera un fenómeno meteorológico?

Y Europa mira. Calcula. Duda. Tiene miedo.

No es un miedo simple. Es un miedo fractal, que se ramifica en preguntas imposibles: ¿respondemos con firmeza militar y traicionamos décadas de construcción pacifista? ¿Nos quedamos quietos y confirmamos que somos irrelevantes? ¿Negociamos y legitimamos el abuso? ¿Confiamos en que esto pasará, como si Trump fuera un fenómeno meteorológico y no un síntoma de algo mucho más profundo? ¿Rezamos para que se le atragante el pollo frito que dice adorar?

Cada opción parece correcta e insoportable al mismo tiempo.

Pensemos en la paradoja del pacifista europeo en 2026. Has crecido creyendo –o queriendo creer– que los tanques y los portaviones eran vestigios de un pasado bárbaro. Que la Unión Europea era precisamente eso: una apuesta por resolver conflictos con comercio, derecho, diplomacia. Has defendido el desarme, la cooperación internacional, la confianza en instituciones multilaterales. Has criticado el complejo industrial-armamentístico, la lógica imperial.

Y ahora te dicen que la única respuesta posible a Trump amenazando Groenlandia es… ¿mandar barcos de guerra?, ¿ejércitos? ¿Militarizar el Ártico?

La contradicción no es solo política. Es existencial. Porque aceptar la lógica de la fuerza es admitir que todo el proyecto europeo –esa creencia en que los seres humanos podíamos evolucionar más allá de la violencia– era, en el fondo, un lujo sostenido por la alianza militar con Estados Unidos. Un paréntesis. Una ilusión que se desvanece en cuanto el matón del barrio cambia de humor.

Pero la alternativa –no responder, confiar en la buena voluntad, apelar a normas internacionales que Trump desprecia abiertamente– parece suicida. Ingenua. Peligrosa no solo para Europa, sino para cualquier noción de orden mundial que no sea pura arbitrariedad y fuerza bruta.

Entonces, ¿qué hacemos? ¿Nos armamos y perdemos el alma, o mantenemos los principios y perdemos la libertad?

El problema es que esta disyuntiva asume que solo hay dos caminos. Amenaza o sumisión. Tanques o rendición. Y tal vez ahí está el verdadero miedo: no solo a Trump, no solo a la guerra, sino a nuestra propia falta de imaginación.

Porque, seamos honestos, nadie –ni los halcones ni las palomas– tiene una respuesta que no apeste a derrota moral. Militarizar Europa nos convierte en aquello que rechazamos. No hacerlo nos convierte en víctimas. Y entre ambos extremos, la parálisis. El debate eterno. Las declaraciones vacías. La indignación performativa en redes sociales mientras los glaciares groenlandeses se derriten, los pactos se deshacen y sonreímos ante un vídeo de IA donde hilarantes osos blancos armados se disponen a defender su tierra.

¿Existe una tercera vía? ¿Algo que a nadie se le ha ocurrido?

Quizá la verdadera pregunta no es «¿cómo respondemos a Trump?», sino «¿por qué seguimos atrapados en un sistema donde un solo hombre desquiciado puede poner en jaque la estabilidad de continentes enteros?». O tal vez es: «¿Qué tipo de mundo hemos construido donde la paz depende de que los locos sean benevolentes?».

Hay algo profundamente paralizante en darse cuenta de que todas tus categorías mentales –izquierda/derecha, pacifismo/militarismo, soberanía/cooperación– no sirven para navegar lo que está pasando.

¿Existe otra vía? Tal vez. Probablemente. Pero no la vamos a encontrar mientras sigamos esperando que alguien –algún líder, alguna institución, algún tratado– nos diga qué hacer.

Tal vez lo único honesto que podemos hacer ahora es reconocerlo: no sabemos. No sabemos si enviar ejércitos o no enviarlos. No sabemos si negociar o plantar cara. No sabemos si existe un camino que no nos rompa de alguna manera.

Lo que sí sabemos es esto: el mundo que teníamos –o creíamos tener– ya no existe. Y lo que venga después lo vamos a tener que inventar nosotros. Con o sin miedo. ​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​

Isabel Coixet

FOTO: Haiyun Jiang/The New York Times

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