18 febrero 2026

«La Dama del Balneario» por Francisco Vaquero Sánchez

La tarde, fría y otoñal, comienza a caer. Los rayos de sol entran vigorosos por las enrejadas ventanas del recibidor y me recuerdan a las gavillas secas de paja amontonadas en los campos de siega; dorado sobre dorado, sol sobre sol. A lo lejos, el Genil rueda y rueda cantando siempre, en vivificadora y desbordante alegría, las excelencias de la Vega granadina. Las alamedas empiezan a teñirse de amarillo.

Verde y amarillo se funden y se confunden en el azul lejano de la tarde arrebolada en justa actitud de reverencia coronada ante la hermosa puesta de sol que se avecina. Tierra y cielo fundidos en el horizonte, a manera de tapiz multicolor, dibujan el suave perfil del paisaje que baja en primer término, poco a poco, hasta el río para subir, después, animoso y con brío hasta las abruptas montañas de la lejanía. La puesta de sol, excitante y misteriosa, agita dulcemente mi alma.

Sentado en uno de los bancos de granito que hay a lo largo del pasillo, que hoy se me hace  interminable -más interminable que nunca-, veo pasar de vez en cuando alguna pareja de monjas ensimismadas en una conversación inescrutable. Entonces, se escucha la campana de la ermita del balneario.

La conocí un lluvioso día de mayo, antes de la inauguración de la nueva temporada del balneario de Sierra Elvira en el año 1928. Una tormenta la había sorprendido viniendo de Granada. Se bajó del tranvía en la parada que éste tiene en la misma puerta principal del balneario. En el corto trayecto, la indumentaria se le había empapado de agua y un rebelde mechón de pelo mojado le asomaba por la frente, bajo el pañuelo. Las gotas de agua resbalaban por su rostro, ligeramente sonrojado.

Sus ojos hermosamente azules, la finura de su cara, su alargado cuello, la elegancia y simpatía de sus gestos. Todo en ella dejaba traslucir una persona y una personalidad exquisitas. Habló unas palabras con el recepcionista del hotel que, con una gorrita de cuadritos sobre su cabeza gacha, anotaba algo bajo el amplio mostrador de madera.

El mantenimiento del balneario estaba a cargo de una congregación de monjas de la Caridad. Estas se habían establecido en las habitaciones del interior del edificio y realizaban todas sus tareas de hospedaje, comidas, limpieza, etc.

Aquella temporada se presentaba animada. Se habían hecho algunas reformas en las habitaciones -ducha y también en las instalaciones dedicadas a la toma de aguas. La sala de recepción se equipó con un extraordinario piano de cola. Todo estaba listo para el inicio de la temporada luciendo sus mejores galas. La fotografía de rigor y ¡hala, a curarse en salud!

La primera noche hubo un baile de disfraces. En el transcurso de la fiesta nos fuimos conociendo todos los asistentes. Al término de la misma me quedé solo, sentado junto a una lujosa mesita vestida con mimo; sobre ésta había un pequeño y original candelabro y una copa de champán casi apurada. Estuve reflexionando sobre la gente que acababa de conocer. De pronto pasó la hermana Teresa por la puerta acristalada que da acceso al salón de baile y le di las buenas noches.

Con paso firme y ligero, decidida, se dirigió hasta la mesa donde yo estaba y entablamos una conversación que se prolongó durante un buen rato. Ya sí lo tenía claro. Era una mujer auténtica y veraz. Precisa en la palabra, preciosa en el gesto -aplomado y sereno-. Bella y hermosa como pocas. Se despidió de mí y se marchó con la misma ligereza con que había venido. Mi estado de turbación y de pesadumbre era tal, que incluso llegó a dolerme la cabeza.

Al día siguiente no recordaba nada de la conversación que había mantenido con la hermana Teresa. Me pasó como cuando ponemos tanto vigor y tanto ímpetu en hacer bien una cosa y, al final, hasta se nos olvida la cosa misma. Me levanté tarde esa mañana, serían las once. Media hora después bajé al patio del balneario para la toma de las aguas. La gente jaleaba en corrillos la alegría exultante de los primeros días. El patio estaba muy bonito. Me senté en un bando de madera, bajo unas parras y junto a una refrescante fuente saltadora con numerosos surtidores de agua que dibujaban formas y figuras muy diversas en el aire.

Cerca, al otro lado del patio, los jaleosos chorros de un estanque plagado de nenúfares y peces de colores inundaban de misterio y relajación el ambiente, ya de por sí plácido de este lugar. Las florecillas de los setos que rodeaban el patio daban con sus olores un toque de refinamiento a la limpia atmósfera que allí se respiraba. Escuché unas notas musicales muy claras que salían del piano. Notas que el maestro Buenaventura interpretaba con agilidad.

Era una composición de Falla. Entonces, comencé a recordar, con precisión meridiana, la conversación con la hermana Teresa. Aquella musiquilla había hecho el milagro. La verdad es que el embeleso, la serenidad y la dulzura de esta mujer infundía en los que la escuchaban un gran respeto y admiración. En mi alma, sin querer, se había desatado una pasión. Pasión que, día a día, iba creciendo. Mi único y ferviente deseo era ver oír a aquella mujer continuamente, donde y como fuera. Quería tocar sus manos, blanquísimas, y sus alargados dedos.

Un día observé, tras la puerta entreabierta, a la hermana Teresa que se estaba lavando en alguno de los aseos pertenecientes al servicio. Fue un espectáculo simpar la contemplación de aquel cuerpo semidesnudo. Se me representaron entonces los cielos y la tierra, los mares y las montañas, los inmensos bosques del Paraíso. Todo, en insuperable armonía de siluetas y movimientos. Sentí la vida, latido a latido, con más fuerza que nunca; ni tan siquiera en sueños lo podía haber imaginado.

Esa escena se fue repitiendo algunas veces más. La hermana Teresa y yo sabíamos, por las conversaciones mantenidas, así como por la turbación y también por la languidez en nuestras miradas, torpes y perplejas, que estábamos enamorados. Locamente enamorados.

¿Una verdadera locura? No, creo que no. Desatar los sentimientos nobles me parece de auténtica cordura y de sentido común. Y sucedió, lo que tenía que suceder.

Esa noche hacía un fuerte calor. Era de esas noches que dormir resulta poco menos que imposible. Ella me dijo durante la cena que dejaría la llave abierta y el cerrojo descorrido de la puerta que comunica las habitaciones del hotel con las del servicio. Sin dudarlo un instante, sudoroso, traspasé el umbral que separa un mundo de otro.

Recuerdo sólo la fogosidad indescriptible de aquella noche de pasión sin freno. Nuestros cuerpos se fundieron una y otra vez. Pero, eso sí, aquí si hubo solución de continuidad. Y vaya solución. Esa noche, a la hermana Teresa la había dejado embarazada un  hombre enjuto e insignificante como yo.

Pasó un tiempo. Corrían los últimos días de agosto de esa misma temporada. La noticia cayó como una bomba en toda la comunidad eclesiástica. ¡Una monja embarazada!

Tomaron la decisión de clausurar el balneario durante tres temporadas. El revuelo que causó el incidente fue impresionante. La hermana Teresa pasó a ser sencillamente Teresa. Toda una mujer. Dejó los hábitos, que arrojó por la famosa Raja Santa, próxima al balneario, y tuvo que pasar todas las vergüenzas imaginables. Pero, al fin, unidos en el amor, dos seres se quieren con cordura.

Aquél día fui a recogerla al balneario para marcharnos lejos de allí y emprender una nueva vida.

Comenzaba a caer la fría tarde otoñal. Los condensados hacecillos de sol que entran por las ventanas del pasillo, me recuerdan a las gavillas secas amontonadas en los campos de siega. Dorado sobre dorado. Sol sobre sol.

Sentado en uno de los bancos del pasillo, inquieto y desasosegado, veo la tarde pasar. El pasillo se me hace más interminable que nunca. Suena la campana de la ermita. Allá, a lo lejos, el río Genil rueda y rueda.

Artículo editado por Corporación de Medios de Andalucía y el Ayuntamiento de Atarfe, coordinado por José Enrique Granados y tiene por nombre «Atarfe en el papel»