19 febrero 2026

Ya su nombre nos ofrece uso: espacio para guardar trastos, en principio cosas inútiles y que estorban o acaban su función en casa. Y allí van y pasan años hasta que procede sanear el lugar. Esas cosas inútiles desde años antes y que generalmente solo han servido para ocupar un espacio, lo siguen siendo, por lo que es ahora cuando acaban en la basura. ¿Melancolía, lástima? Falta de practicidad y acomodo más bien. Ocurre igual con algunas personas que una vez acabadas sus funciones son pasadas a una especie de trastero social en el que se les hace poco caso, salvo que interese para lanzarlos en alguna batalla. No hablo ni de jubilados ni de gentes que han acabado su vida laboral. Me refiero a quienes han finalizado sus labores en determinados espacios y a quienes se agradece que colaboren con su experiencia, a ser posible con su bondad y discreción en la mayoría de las ocasiones.

Pero al contrario, a veces se transforman en personas celosas de su pasado, de sus logros –acciones– y no aceptan la evolución de los demás, sin sus directrices ya, lanzándose a un ruedo lleno de intereses, medios inexistentes en tiempos pasados cuando ellos dictaban sus lecciones. Son jarrones chinos por momentos, y en otras ocasiones fauces desmesuradas que intentan seguir llevando unas riendas desde concepciones ideológicas que evolucionan lentamente, si es que lo hacen. Lo más difícil del trastero no es estar lleno, es saber de lo que está lleno, y distinguir el papel que jugó otrora del que debería desarrollar en cada tiempo posterior. A veces es mejor callar para que ignoren lo que eres ahora, para que sepas lo que ya no eres, mejor guardar un hermoso retrato que descorrer las cortinas de un hoy que no perdona