«Luisa Jiménez “La Atarfeña» por José Enrique Granados
En el Boletín del Centro de Estudios Pedro Suárez número 37, Ana María Gómez Román y David García Trigueros publicaron un artículo titulado “Las mujeres entran al ruedo. Sol y sombra de tres Sinsombrero: la torera Luisa Jiménez “La Atarfeña” y las pintoras Lilia Busse y Eugenia Loutchinsky. De él podemos extraer la siguiente información:
De La Atarfeña se ha escrito mucho y muy variado, pero quien mejor ha venido a recrear hasta la fecha una parte considerable de su personalidad ha sido la escritora Antonina Rodrigo a través de un capítulo de su libro La Huerta de San Vicente y otros personajes y gentes (Granada, 1997). Dicha ensayista abordó su figura desde la perspectiva de una fascinante mujer vinculada al universo Lorca y cuya gran hazaña fue lanzarse a los ruedos tras la muerte de su marido. A partir de este estudio surgieron varios artículos periodísticos y de opinión, y otros tantos publicados en blogs, que vinieron a recopilar, en gran medida, lo que Rodrigo ya había expuesto en su trabajo. Sin embargo, con la idea de asentar tanto la biografía de Luisa Jiménez como algunos aspectos fundamentales en torno a su familia y a su propia vida y otras tantas noticias relativas a su trayectoria taurina, debemos analizar su discurrir vital desde una perspectiva completamente diferente de lo que hasta ahora se ha hecho.
Por ello, lo que nos interesa resaltar es el perfil de una mujer que supo enfrentarse a los convencionalismos de una época, buscando el camino de su emancipación a través de una constante superación frente a las trágicas circunstancias que le tocaron vivir. Prueba de todo ello es que, además de hallarnos ante una poderosa personalidad capaz de arrastrarla a la aventura de los ruedos, también nos encontramos ante una mujer que se convirtió en modelo de referencia tanto de las más variadas expresiones de carácter artístico y literario como de los medios informativos.
Era evidente que la accitana gozaba de un gran atractivo y que se movía por importantes y destacados círculos intelectuales y sociales con la suficiente relevancia como para figurar en una publicación de tales características. Entre tanto, un joven novillero oriundo de Atarfe, llamado Miguel Lázaro Morilla Espinar, iba en ascenso en su carrera taurina. Así, pues, se había dado a conocer en su pueblo natal en 1926, cuando debutó como becerrista, y tan sólo un año más tarde se presentaba de luces ante la afición. Un ascenso meteórico que le llevaría a debutar con caballos en 1928, en el municipio cordobés de Pozoblanco junto al onubense Pedro Carreño, y consolidando su carrera como novillero en la temporada de 1929, con una treintena de paseíllos en su haber, asumiendo importantes compromisos en plazas de primer nivel, como Sevilla y Madrid; y con la afición de Granada rendida a él, recibiendo homenajes en los más destacados salones de la ciudad.
Bajo este ambiente, no ha de extrañar que Luisa y Miguel estuviesen abocados a conocerse, pues ella, como se ha dicho, era una joven muy conocida y él un afamado novillero que recibía sentidos reconocimientos. Algo que tuvo lugar en el verano de 1931 en el Hotel San Pedro, propiedad de la familia de Luisa. Cuando decidieron casarse, ella se instaló momentáneamente en Atarfe para agilizar los trámites de la boda, viviendo con la familia de su prometido, mientras este completaba la temporada taurina, tal y como se desprende de la misiva que le envió desde Sevilla el 15 de septiembre de 1931: “Dime muchas cosas y escríbeme mucho, qué dice tu familia y si han ido a verte tus hermanos o alguien de Granada […]. La única alegría que tengo es que estás en mi casa, adiós prenda mía.”
Los esponsales tuvieron lugar el mismo día de la onomástica de Atarfeño, el 29 de septiembre de 1931. Ese día, a las siete de la mañana, en la iglesia parroquial de la Encarnación de Atarfe, en una ceremonia oficiada por el párroco Enrique Sánchez, Luisa y Miguel se convertían en marido y mujer. Fueron testigos del enlace José Jiménez Navarro y Manuel López Prados; mientras que los padrinos fueron Antonio Sánchez y la hermana de la novia, Pepita Jiménez
. Prueba del amor que hubo entre la pareja son las letras de una carta que el novillero envió a su esposa después: “Luisa, Luisa no me olvides nunca, no dejes de amarme pues me volvería loco, me mataría”. La pareja, en sus tres primeros años de vida marital, tuvo su residencia en la calle Reyes Católicos, cerca de plaza Nueva. A partir de 1934, cuando Atarfeño fue adquiriendo una mayor presencia en los ruedos de toda España, decidieron instalarse en Madrid. Cuando estuvieron residiendo en Granada se rodearon de buenos amigos, especialmente relacionados con la profesión del joven, circunstancia que aprovecharon para acudir a distintos encuentros taurinos y capeas.
Una de ellas tuvo lugar a mediados de 1932 en la dehesa La Flora, propiedad de José Carvajal Jiménez. Allí se realizó una fiesta taurina donde participó Atarfeño, con capote y muleta, ante un toro grande, junto con su sobrino Antoñito Morillas y Joselito Martín. Para ese año ya se hablaba que Miguel se estaba preparan do para torear en Perpiñán. Igualmente fue en ese mismo año de 1932 cuando Atarfeño se ofreció en octubre al Comité Pro-Presos a encerrarse, a beneficio de los encarcelados sociales, en la plaza de toros del Triunfo con seis novillos de la ganadería de Flores Albarrán.
El único hijo de la pareja nació en Granada a las cuatro de la tarde del día 10 de abril de 1933. Fue bautizado el 28 de junio a las diez de la noche en la iglesia parroquial de San Gil y Santa Ana y recibió por nombre Miguel de la Santísima Trinidad. Sus padrinos fueron su tío Alfonso Jiménez Carvajal y su esposa Concepción Cantón. Después de la ceremonia bautismal, los amigos y familiares se trasladaron al domicilio de la pareja en la calle Reyes Católicos donde, además de un ameno baile, se sirvieron entre los invitados dulces, pastas, habanos, licores y vino manzanilla; asistiendo a la celebración alguno de los más reconocidos toreros del momento, como Antonio Pelegrín, Francisco López Gitanillo de Granada, Antonio Zúñiga Esparterito y Niño de la Vega.
En la fotografía publicada en La Estampa (30 de mayo de 1936) Luisa Jiménez con su hijo Miguel.
Gacetilla y curiosidades elvirenses.