Volverán las oscuras golondrinas/en tu balcón sus nidos a colgar…».

Cada año, cuando asoman en los rincones de los jardines las primeras flores de marzo y el aire pierde su filo más áspero, regresan los versos de Gustavo Adolfo Bécquer como regresan las aves: sin estrépito, pero con la autoridad de lo inevitable. Antes de que el calendario lo anuncie, la primavera ya se ha insinuado en los detalles. No entra de golpe. Se deja presentir.

Primero es la luz. No exactamente más intensa, sino más larga. Se demora en las fachadas de la catedral, resbala por los balcones del Albaicín y parece quedarse prendida en el murmullo del río Genil. Las tardes se estiran con una dulzura nueva. Hay un minuto añadido al día que basta para alterar el ánimo. Después llegan las golondrinas.

Un día levantamos la vista y allí están, cosiendo el cielo con su vuelo en arco, dibujando sobre el azul una escritura antigua. Nadie las oye cruzar el horizonte, pero todos reconocemos su mensaje: el frío no tiene la última palabra. El invierno ha comenzado a retirarse.

En los márgenes de los caminos, los almendros florecen con una audacia casi imprudente. Sus pétalos blancos y rosados desafían el calendario. Cada árbol es una declaración de confianza en lo que todavía no ha terminado de llegar. Florecer antes de tiempo es un acto de fe. La primavera empieza así: con signos discretos.

Una ventana que se abre sin pensarlo. Una bufanda que se queda olvidada en la silla. El olor húmedo de la tierra después de una lluvia leve.

El aire cambia de textura. Ya no hiere; acaricia. Y en esa caricia algo se despierta en nosotros. No es todavía alegría plena. Es expectativa. Es una vibración leve que recorre el ánimo como si la vida afinara sus cuerdas después de meses de silencio.

Las ciudades lo perciben antes que los hombres. Los parques recuperan voces. Las terrazas reaparecen como flores urbanas. Las conversaciones se alargan sin que nadie mire el reloj. La vida, que en invierno se recogía en interiores tibios, vuelve a expandirse hacia afuera.

Quizá incluso en lo más íntimo, allí donde la luz alcanza los relojes secretos del organismo, se produce un reajuste real y medible. El incremento progresivo de horas solares actúa sobre la retina y, desde ella, sobre los núcleos hipotalámicos que regulan nuestros ritmos circadianos. Disminuye la melatonina invernal, aumenta la disponibilidad de serotonina, se modulan discretamente los niveles de dopamina y de hormonas sexuales. No es un estallido químico, sino una afinación. El cuerpo interpreta la prolongación de la luz como señal de expansión y reorganiza su fisiología hacia la vigilia, la actividad y la sociabilidad. Lo que sentimos como claridad anímica tiene, en efecto, una base biológica: la primavera no solo florece en los árboles, también reprograma, con delicadeza evolutiva, nuestro sistema nervioso.

El cuerpo se endereza. El paso se vuelve más ligero. La piel, liberada de capas, recuerda que fue creada para sentir el aire. Hay una inclinación casi imperceptible hacia el encuentro.

Bécquer supo ver en las golondrinas algo más que aves migratorias. Las convirtió en símbolo del amor que regresa y, sin embargo, nunca es idéntico. La naturaleza repite sus ciclos; la biografía humana no. Sabemos que volverán las golondrinas, pero no aquellas exactas que aprendieron nuestros nombres. Esa es la melancolía secreta de la primavera.

Pero Bécquer no está solo en este temblor del aire.

Federico García Lorca sintió que la estación no era únicamente flor, sino sangre que asciende. En su mundo andaluz la primavera palpita con una sensualidad telúrica. El campo en abril no se limita a reverdecer: late. Hay savia que empuja desde las raíces hasta la garganta. Hay deseo bajo la luz blanca.

Muy distinta es la mirada de T. S. Eliot, quien abrió The Waste Land con aquella sentencia desconcertante: «April is the cruellest month». Abril, el mes más cruel. ¿Cruel por qué? Porque obliga a despertar. Porque mezcla memoria y deseo. Porque arranca del letargo lo que el invierno había mantenido dormido. La primavera, en Eliot, no consuela: sacude.

Y luego está Rainer Maria Rilke, que entendió la estación como una metamorfosis interior. Cada brote es una transformación del alma. Algo en nosotros desprende su corteza vieja. Algo se atreve a abrirse, aun sabiendo que abrirse es exponerse.

Así, la primavera no es unánime. Es savia y es herida. Es memoria y es promesa. Es vuelo que regresa y es nombre que no volverá.

Sin embargo, cada año, cuando las golondrinas dibujan su caligrafía sobre el cielo y los almendros estallan en una blancura casi irreal, sentimos que la vida insiste. Que el tiempo no avanza en línea recta, sino en círculo paciente. Que después del invierno siempre hay una oportunidad de claridad.

Y entonces, cuando creemos haber agotado las metáforas, regresa la sencillez luminosa de Antonio Machado:

«La primavera ha venido,/nadie sabe cómo ha sido…».

Quizá ahí resida el misterio intacto. Podemos describir golondrinas, almendros y horas de luz. Podemos escuchar a Lorca, a Eliot, a Rilke. Pero al final, la primavera siempre nos sorprende como si fuera la primera vez.

Ha venido. Nadie sabe cómo ha sido.

Y, sin embargo, todos lo sentimos.

Javier Castejón  Médico y escritor