El dilema de miles de trabajadores en las grandes ciudades
Vivir a más de media hora del trabajo
David (25 años, Madrid) vivió durante algo más de un año en la calle Huertas, a pocos metros de la Puerta del Sol, hasta que decidió comprar. «Estaba tirando todos los meses setecientos y pico euros en un alquiler y ahora tengo una hipoteca muy por debajo», cuenta a Público. Es uno de los pocos privilegiados de su generación que ha podido permitirse ser propietario –sólo un 30% de los menores de 30 años viven fuera del hogar–. Para conseguirlo, ha tenido que regresar hasta Valdemoro, el extrarradio donde se crio. A pocas calles de distancia ha adquirido su primera vivienda Susana (27 años, Madrid), que gracias al teletrabajo consigue esquivar un par de días a la semana los más de 35 minutos que la separan de su puesto de trabajo.
Esta localidad madrileña, a 30 kilómetros de la capital, es un buen ejemplo del movimiento expansivo que está sufriendo el mercado inmobiliario español. Valdemoro ha experimentado un fuerte crecimiento demográfico en las últimas décadas, superando los 85.000 habitantes, según el último censo (a principios de siglo no se contaban ni 34.000). El año pasado este municipio fue uno de los que mayor incremento interanual del precio de la vivienda presentó, con un 31,8%. Por el metro cuadrado ya se está pagando fácilmente más de 2.200 euros. Son cifras completamente disparadas, que sorprenden a estos dos vecinos que recuerdan cómo hace pocos años por esas cantidades se podía comprar un ático o un chalet. Sin embargo, están muy lejos de los más de 4.000 euros/m2 que se están pidiendo en Madrid.
Gran parte de las cabeceras de provincia españolas están perdiendo peso en compraventas respecto a las coronas metropolitanas y ciudades medias. Según los últimos datos de la Estadística Registral Inmobiliaria del Colegio de Registradores, del último trimestre de 2025, en 31 provincias se ha producido este movimiento comercial, siendo València la ciudad que más cuota de mercado ha perdido (-4% en un año). En Madrid y Barcelona la proporción ha caído, respectivamente, de un 49,5% al 47,6% y del 23,6% al 22,5%.
Los expertos y las empresas dedicadas al sector también han notado este cambio en el mapa residencial, que ya empezó a perfilarse durante la pandemia. «La gente no deja Madrid o Barcelona porque quiera un jardín o teletrabajar desde un pueblo; se va porque no puede pagar lo que cuesta vivir en su propia ciudad», explica Mercedes Blanco, vocal de Pimec en el Consell Assessor d’Habitatge de la Generalitat de Catalunya, un órgano consultivo y asesor en materia de vivienda. La empresa de administración de fincas que dirige, Vecinos Felices, maneja datos que confirman este aumento de compradores que buscan piso a «40 o hasta 60 kilómetros» de sus oficinas.
Los datos de los portales inmobiliarios, que sirven como referencia para entender los cambios en la demanda de inmuebles, dan fe de esta tendencia. Idealista analizó a finales de año la competencia entre compradores en las periferias de Madrid, Barcelona, Sevilla y València. En el caso de la capital, los movimientos de este portal apuntan a que en Leganés y Móstoles la competencia era del 200% respecto al centro. En el caso de Barcelona, la presión se ha movido hacia Cornellà, con un 173%, L’Hospitalet (141%) o Sant Boi (141%). El análisis sobre variaciones residenciales en la última década realizado por el Ministerio de Transición Ecológica y Reto Demográfico confirma que un 81% de los municipios pequeños situados a menos de 15 minutos de una gran ciudad (con más de 50.000 habitantes) han ganado población.
El motivo, principalmente, es el precio. Los municipios del norte de Madrid donde el coste del metro cuadrado es históricamente más alto crecen, pero lo hacen a un ritmo menor. Aun así, el crecimiento poblacional ya es palpable hasta en los pueblos del Madrid rural, o en sus provincias colindantes. Un buen ejemplo son Illescas y Seseña, en Toledo. Están entre las cuatro mayores ciudades de la provincia y ambas han aumentado su centro entre 5.000 y 10.000 personas en cuestión de una década. Según datos del INE, el 2,4% de los trabajadores vivía en una comunidad diferente a la de su lugar de trabajo en 2023, una cifra que en 2010 apenas era del 1,6%.
Este proceso de «vaciamiento de las ciudades» no es exclusivo de España. Mientras que los precios de la vivienda no paran de aumentar en todo Reino Unido, Londres cerró 2025 con una caída del 5,1%. Los distritos más caros son los que mayores contracciones han sufrido: Kensington, Chelsea o Westminster. Como consecuencia, se ha producido un efecto mancha de aceite: las clases altas se han desplazado del riguroso centro hacia los barrios de clase media; éstas, se han ido a zonas más baratas y los más precarizados ven cómo, poco a poco, se van alejando de la ciudad del Támesis.
«Existe un factor múltiple en la expulsión de población residente de los centros de la ciudades», explica Alejandro López Parejo, arquitecto urbanista especializado en procesos participativos y ciudad. Por un lado, el envejecimiento de los vecinos y vecinas tradicionales de los barrios históricos condiciona su propia continuidad, dejando vacantes pisos que tenían, en la mayoría de casos en propiedad, a la espera de ser heredados por sus hijos y nietos. «Tradicionalmente esto podría suponer una renovación demográfica natural del perfil de vecinos de estos barrios. Sin embargo, el segundo factor clave es el auge de inversores extranjeros», subraya.
Esta dinámica se ha incorporado recientemente a España «por su atractivo geográfico y competitividad en precios» y está consiguiendo «distorsionar» completamente el mercado: «Los propietarios –esos herederos– acaban vendiendo sus propiedades a estos inversores, que pueden ofrecer unas sumas de dinero irrechazables y lejos de la capacidad adquisitiva de un ciudadano medio».
Otra de las causas detrás de esta «expulsión en cadena de la clase trabajadora», según el arquitecto, es la apuesta de ciertas administraciones por potenciar el centro como único ámbito «donde se cruzan los caminos». «En vez de potenciar los distintos ámbitos de los distritos de manera equitativa y equilibrada, en función de sus necesidades históricas y características socio-productivas, se decide priorizar y alimentar esta dinámica inversora fomentando la ciudad producto frente a la ciudad vivible», concluye.
Atascos y transbordos
Marco (Pinto, 34 años), operario de maquinaria pesada, atraviesa de lunes a viernes el sur de la comunidad autónoma para llegar a su puesto de trabajo en Tres Cantos. Los «días buenos» dedica una hora a ir y volver, pero difícilmente se libra de unos atascos que pueden duplicar su estancia en carretera. «A veces prefiero que me toque el turno de noche a tener que entrar y salir en hora punta. Acabo agotado», confiesa. El pasado febrero las principales carreteras de Madrid colapsaron por la nieve y estuvo varias horas atrapado.
Efrén, otro joven madrileño afincado en Getafe, está también acostumbrado a los trayectos largos, en su caso, en transporte público. Cuando estudiaba, tardaba casi dos horas en llegar a la Universidad Politécnica, «los días que la Renfe iba mal, a lo mejor un poco más». «Según en qué momento de tu vida estás, te afecta de una u otra manera. Ya no es sólo el tiempo, sino el estrés de ir apelotonado, tener que cuadrar conexiones…», explica.
De mudarse, Efrén, asume que se tendría que ir todavía más lejos. De momento, para él, Getafe «no está tan mal», porque ahora mismo tiene buenas conexiones con el centro, incluso han conseguido recientemente que les llegue el metro. El principal problema que contempla son los precios de la vivienda, porque en esta localidad del cinturón obrero de Madrid los alquileres difícilmente bajan de los 900 euros y una vivienda de 90 metros cuadrados ronda los 200.000 euros. Las preocupaciones de Marco son similares, no le gustaría tener que irse a vivir aún más lejos, pero considera que los precios de la periferia están «hinchados».
Una investigación de la Universidad de Alicante ha estudiado la afectación en la salud que tienen los desplazamientos al trabajo. Cuanto mayor es el tiempo invertido, más influye este factor en la conciliación familiar o en el ánimo de los trabajadores, con una mayor afectación entre las mujeres. «Trabajar lejos de casa es un factor de riesgo, es decir, actúa como una variable que aumenta la probabilidad de que ciertos problemas se puedan dar en una persona», cuenta Jorge Patier, licenciado en Psicología por la Universidad Autónoma de Madrid.
El tiempo invertido en los trayectos no se destina a las obligaciones del día a día, a pasar tiempo con la familia o a realizar actividades de la rutina diaria que «tiran de nuestro estado de ánimo», como hacer deporte o ver a amigos. «Todo esto puede afectar en el bienestar emocional o desencadenar problemas de salud mental, como ansiedad o trastornos del sueño. Además, por supuesto, de generar sensación de culpa y ahogo por no poder llegar a todo», sostiene el terapeuta.
El INE ha empezado a estudiar el tiempo que tardan los españoles en llegar a su trabajo o centro de estudios. Más del 25% tarda 30 minutos y otro 22% dedica más de una hora, según la Encuesta de Características Esenciales de la Población y las Viviendas, publicada en 2025. El 62% de los usuarios se desplaza en coche y solo un 16% puede permitirse llegar a pie. Los madrileños son los que más tiempo de su vida se dejan en esta tarea. Por suerte, David es programador y teletrabaja todos los días de la semana, porque de no ser así formaría parte del 38% de los valdemoreños que perdía más de 60 minutos en ir y volver a su casa.
Parejo advierte de que, detrás del crecimiento brutal que se está dando en muchas áreas metropolitanas, hay un reto de gobernanza «que, a excepción de Barcelona, no se está abordando en ninguna comunidad autónoma». El experto defiende que hay muchas cuestiones que no pueden circunscribirse a un solo municipio, como tampoco lo hacen las personas. Desde la movilidad a la ordenación del territorio o la gestión energética y de las infraestructuras verdes. El resultado, dice, son barrios y municipios de nueva creación «encerrados en sí mismos, donde los vecinos y vecinas sienten un abandono institucional sistemático, que responde a un modelo de ciudad segregada e individualista».
«Para pensar los nuevos barrios, tenemos que mirar a los de toda la vida, a esos donde vivían nuestros abuelos. Son zonas equipadas, con transporte, comercios y parques. Ahí es donde tenemos que poner nuestros esfuerzos. Quizá no hacen falta tantas viviendas de 90 metros y podemos densificar segregando viviendas, por ejemplo, que es más eficiente que construir pueblos desde cero», propone Parejo, que ha centrado parte de su actividad en el desarrollo de proyectos de urbanismo en el extrarradio madrileño. Cuando esto no es posible, añade, solo basta con aprender de los errores: «Hacen falta alternativas a los barrios de los PAU, no podemos seguir haciendo ensanches y cañaverales, sin transporte público, con avenidas de 10 carriles, sin dotaciones públicas ni comercios».
Por su parte, Iván Murray, doctor en Geografía por la Universitat de les Illes Balears y en Sostenibilidad Ambiental por la Universidad de Edimburgo, cree que «deben tomarse medidas cuanto antes» para evitar que las grandes ciudades y zonas turísticas «se queden sin vecinos» y acaben convirtiéndose en parques temáticos para el turismo: «No se está prestando la atención necesaria al impacto que tiene el uso de la vivienda como valor refugio, es decir, como pura inversión especulativa. Se está extendiendo lo que en la literatura anglosajona se denomina buy-to-rent, comprar para alquilar, y las consecuencias son catastróficas». Para este experto la hoja de ruta debe empezar por un avance progresivo hacia políticas que «desactiven la mercantilización turística de la vivienda», topando los precios y aplicando controles que favorezcan a los vecinos.