«ESA LUZ EXTRAÑA» por Remedios Sánchez

En las tardes de mayo de esta semana, la luz ha jugado al escondite entre las nubes.

No era por fastidiar, estaba claro: se trataba de mantener ocupada a la primavera que, como es una chiquilla inquieta, necesita tener a mano un juguete que la entretenga para que no haga travesuras gateando entre las gentes o poniéndolo todo perdido después de saltar en los charcos. Y esa diversión es la luz, esta luz temblorosa aún de un sol confiable, sí, pero que a veces se desvanece levemente aunque sólo sea para iluminar luego con más fuerza todo aquello que es importante y posee sentido pleno, porque tiene el valor de la esperanza limpia que protege frente a cualquier adversidad.

De esta manera, todo se pone en funcionamiento al servicio de la chanza: el sol -ya lo he dicho- se oculta detrás de una nube de algodón con la cara manchada aún de chocolate; pero brota, de no se sabe dónde, un vientecillo alegre que acaba por descubrirlo, por desvelar el secreto. Así, la primavera, que al principio se queda perpleja en su inocencia, ríe, y su risa es lluvia cantarina, unas gotas acaso y poco más, que limpian el aire y lo hacen transparente para que el canto de los gorriones y de los vencejos alcance mejor. Incluso el de la paloma torcaz que habita en el olmo de bola parece resonar a lo lejos y conecta misteriosamente con aquel jardín donde siempre habita la memoria. Vivir es mirar adelante, una evocación que te abraza con nostalgia a cada rato, tiempo atado a los zapatos para andar cada mañana, templanza encendida algunas veces (menos de las que nos gustaría), esa lluvia repiqueteando los cristales, amapolas en flor y margaritas, la nieve en la distancia de la cumbre, ese viento de ida y vuelta, el entusiasmo necesario para construir un puente hasta el futuro. Y algunas veces mar junto a las rocas, el brazo en que apoyarte si resbalas y esa firme voluntad de no caer jamás en el desánimo.

Con eso, juntando las piezas de este puzle, se puede resistir medianamente incluso en las épocas de oscuridad más absoluta, puedo dar fe. El resto son vaivenes, inesperados terremotos, el destino, las otras estaciones del calendario: un otoño melancólico de hojas amarillas, ese invierno friísimo que a veces dura siglos o el verano de ardentía en el asfalto, sin tregua y sin descanso. Es decir, que en la vida todo acaba siendo una sucesión de instantes, mejores y peores, que convendría apresar en la retina, pues luego se marchan y no vuelven. Hay que fijarse bien en todo lo que pasa para tener luego un refugio confortable, tapizado de recuerdos, que arropen cuando llegan etapas de silencio o de ruidos incesantes que desbordan; tanto da, porque ambos escenarios acaban por confundir la brújula, por inutilizarla, aunque sea momentáneamente.

Nadie olvide que somos seres frágiles; valientes cuando las circunstancias obligan, pero frágiles a la vez, con un no sé qué de inocencia destellando en las pupilas. Desde el primer día hasta el final, toda persona requiere, al menos, un puñado de esos momentos luminosos que le revelen las verdaderas dimensiones del sendero que transita y le permitan avanzar con mayor agilidad, sin desalentarse al mirar el horizonte. Con el pecho más ligero y algunas certezas necesarias en la mano.

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