A los andaluces nos toca volver a pasar por las urnas y no puedo evitar acordarme mucho estos días de mi abuela. No porque fuera una mujer especialmente politizada, al menos no como hoy entendemos la política. Nunca le escuché un discurso ideológico como tal. Sin embargo, el día que le tocaba ejercer su derecho al voto se la veía distinta.

Una mujer que apenas salía de casa encontraba fuerzas para arreglarse, preparar su papeleta y llamar a alguno de sus hijos para que la acercara al colegio electoral. Había una alegría no explícita necesariamente en su cara, pero sí en la mirada, en los gestos, en la forma de moverse. La recuerdo contenta.

Con la perspectiva que da el tiempo, y haciendo un análisis paciente de aquellos recuerdos, llego a la conclusión de que para quienes habían vivido cuarenta años de dictadura, en los que solo les tocó obedecer y callar, aquello de ser llamados como pueblo a elegir a sus gobernantes y meter una papeleta en una urna era motivo de orgullo. No una obligación. Más bien una celebración silenciosa de unos derechos conquistados con sangre, sudor y lágrimas.

Yo nací en democracia. El sufragio universal me vino de serie, igual que la sanidad pública, la educación pública, las calles asfaltadas, el alumbrado o las señales de tráfico, además de un largo etcétera. Haciendo números, desde que cumplí los dieciocho años he sido convocado a votar más de una veintena de veces. Generales, municipales, autonómicas, europeas. Nunca he faltado a ninguna. Y no lo digo porque crea que soy un ciudadano ejemplar ni porque me emocione especialmente hacer cola un domingo por la mañana. Más bien porque me produce vértigo pensar qué pensaría mi abuela si no lo hiciera. Qué pensaría toda esa gente que luchó durante años para que hoy nosotros podamos permitirnos el lujo de despreciar la oportunidad de ejercer nuestra palabra como ciudadanos que eligen su futuro.

Por eso este artículo no va dirigido a quien ya tiene decidido votar el próximo 17 de mayo. Este artículo va para el 43,87% de andaluces que en las últimas elecciones autonómicas decidió quedarse en casa. Y lo digo sin superioridad moral ninguna, porque entiendo perfectamente el cansancio y el hastío. Entiendo a quien enciende la televisión, escucha a unos y a otros y llega a la conclusión de que aquello parece más un concurso de egos que un debate político donde deberían primar las propuestas y las preocupaciones reales de los ciudadanos. Hemos interiorizado frases como “todos los políticos son iguales”, “votar no sirve para nada” o “la política es para los políticos”. Y hay pocas cosas más peligrosas para la conservación de una democracia que pensar así.

Llegará el lunes poselectoral y con él un nuevo gobierno autonómico que seguirá organizando nuestras vidas, aunque nosotros hayamos renunciado a participar. Porque la política no es de los políticos. La política la hace la ciudadanía. Y con ella se organiza el precio del alquiler, las listas de espera, el estado de los colegios públicos, las becas, las pensiones de nuestros padres y el sueldo que llega —o no llega— a final de mes, entre otras muchas cosas. La diferencia es que, cuando uno no participa, son otros quienes terminan decidiendo por ti, y tal y como está el panorama político actual, con grupos parlamentarios xenófobos, antisemitas, totalitarios, antieuropeístas y cada vez más cómodos en el enfrentamiento permanente, quizá no sea el mejor momento para abandonar las urnas y votar debe encontrarse entre tus prioridades.

Así que, a ti, que has decidido quedarte en casa el próximo domingo, solo te pido una reflexión. Sal y ejerce tu derecho al voto. Y si no lo haces por ti, hazlo por tu abuela, por tu abuelo, por tu padre o por tu madre. Hazlo por el futuro de tus hijas e hijos. Hazlo por demostrar que Andalucía sigue siendo una tierra solidaria, plural y diversa.
Andalucía tiene voz. Y también voto: el tuyo.

El próximo 17 de mayo, yo voto.