Viajeros ingleses por la Vega de Granada, Atarfe y Sierra Elvira

A la necesidad que siempre ha sentido el ser humano de viajar se ha unido la de dejar constancia de haber realizado el viaje.

Desde mediados del siglo XVIII España se convirtió en foco de atracción para las miradas y mentes aventureras de toda Europa. Comenzaron a venir a España cientos de extranjeros que luego de vuelta a sus respectivos países de origen, publicaban sus diarios que, a modo de “libros de bitácora”, recogían hasta los más ínfimos detalles de todo lo que habían visto y sentido en su “aventura española”.

Podemos decir, sin temor a equivocarnos, que de todas las ciudades españolas Granada era la que más ansíaba visitar el viajero. Granada era una Meca a la que peregrinar. Pero Granada no habría sido lo que fue sin su Vega.

Granada era esa perla en una copa de esmeraldas, como bien dice Richard Ford que la solían describir los árabes desde las cumbres de Sierra Nevada. Muertos de miedo ellos y ellas, avanzaban por las tenebrosas gargantas que como afiladas dagas penetraban en el corazón de las áridas montañas que rodean la Vega. La horripilante visión de los cientos de cruces mortuorias que flanqueaban los caminos,  humildes monumentos en honor de aquellos que habían caído a manos de bandoleros y atracadores, les hacían temblar.

Pero contemplar Granada y el esplendor de exuberante Vega que la rodeaba, bien merecía el esfuerzo de tres días de viaje si venían desde la vecina Málaga, o nueve si lo hacían desde la región levantina.

La Vega de Granada, escenario de gestas heroicas y de sangrientas batallas entre moros y cristianos, se abría ante la mirada atónita del viajero que, cansado de la monotonía de las tierras de secano, de las desérticas montañas por las que tenía que atravesar en su camino hacia Granada, recibía con sumo deleite el verdor delos campos profusamente cultivados.

Tanto si venía desde las zonas de Córdoba y Jaén, cruzando grandes extensiones de olivar, o del Levante por Baza y Guadix, con sus rojizas montañas horadadas, formando troglodíticas moradas, como si lo hacía por las áridas tierras entre Alhama y la Malahá, la Vega con sus frescas alamedas y con el resplandeciente blanco de las casas blanqueadas en los pueblos que la salpican, proporcionaba al viajero la agradable sensación de alcanzar algo intensamente deseado.

La Vega de Granada no era algo que sorprendiera al viajero por inesperada, ya que su existencia, era conocida de antemano. Todos habían oído hablar o habían leído algo sobre la Vega.

A todos les era familiar el episodio en el que la Reina Isabel de Castilla había cruzado la Vega desde Santa Fe a la Zubia escoltada por su numeroso séquito para desde allí poder contemplar la ciudad de Granada. También era legendaria su exuberancia, como lo era la perfección de su sistema de regadío, la riqueza de sus cultivos, sus plateados ríos y las rosadas tonalidades de su inmenso cielo a la puesta de sol.

Y, aunque muchos viajeros solían estar predispuestos a la desilusión en otros aspectos y momentos de sus viajes, no es este nunca el sentimiento que les provoca. De hecho, la Vega, descrita desde sus propios campos o descrita desde lo alto de los torreones de la Alhambra, siempre da lugar a relatos que dejan ver el profundo placer que causa su contemplación.

Sir John Carr en 1809 nos dice “Después de estar subiendo durante dos días, por fin, a una distancia de aproximadamente una legua y media, al llegar a un abrupto promontorio, entramos en la enorme y magnífica llanura llamada la Vega de Granada, de casi noventa millas de circunferencia, repleta de cortijos, prados, ríos, bosques, arboledas y alquerías, rodeada de viñedos, naranjos, limoneros, olivos, moreras e higueras, representando todo un panorama lleno de exuberancia raro de encontrar.” Ese mismo año William Jacob al llegar a la Vega la describe en estos términos:

“Nada podía superar el panorama que entonces se abrió ante nosotros: los ricos y poblados campos, repletos de árboles y claros riachuelos que descendían de las montañas y que de forma artificial eran conducidos para cruzarlos por todos lados”.

Una década más tarde, Charles Rochfort Scott nos habla del primitivo  emplazamiento de Granada en las inmediaciones del actual pueblo de Atarfe: “El término Elvira, es simplemente la corrupción de las palabras árabes Al Beyrah -la improductiva- que es el aspecto de la árida montaña azotada por el viento”.

En 1826 Sir Arthur de Capell Brooke describe la Vega:

“Casi a la puesta de sol llegamos a la cumbre de las montañas, y una magnífica vista estalló ante nosotros -la romántica ciudad de Granada, brillando en la distancia, con sus torres y palacios agrupados a lo largo de las escarpadas laderas de la Sierra. A sus pies se extendía la deliciosa Vega, salpicada de pueblecillos, protegidos del sol por olivares y naranjales a través de los que podían seguirse las plateadas curvas del Genil. Bien pudo el moro suspirar cuando contempló este paraíso por última vez”.

Richard Ford entre 1830 y 1833 también expresa con entusiasmo la belleza de la Vega: “La Vega ofrece todo tipo de verduras y hortalizas y es un ‘paraje’ decían los árabes, ‘superior en extensión y exuberancia al Valle de Damasco’. Ellos comparaban las blancas alquerías y los cortijos que relucen entre el eterno verdor a “perlas orientales colocadas en una copa de esmeraldas”.

También sobre Sierra Elvira nos dice lo siguiente:

“Famosa en los anales españoles por la derrota de los infantes Don Pedro y Don Juan. Ellos habían avanzado contra los moros con “tropas tan numerosas que cubrían la tierra” Después de mucha vanidosa presunción, se retiraron y fueron perseguidos el 26 de junio de 1319 por unos cinco mil jinetes árabes. Los infantes fueron derrotados; se dice que cayeron unos cincuenta mil entre los que se encontraban ambos infantes.

El cuerpo de Don Pedro fue desollado, disecado y colgado sobre la Puerta de Elvira”.

Robert Dundas Murray, Don Roberto, como le llamaban por estas tierras, estuvo en Granada en 1840 y la describe así: “Esa misma noche estábamos atravesando la Vega de Granada. Nuestros animales ya no iban resbalándose y avanzando con dificultad por entre los escarpados desfiladeros como había ocurrido la noche anterior, sino que iban andando sobriamente a lo largo de los bordes de la llanura a buen paso”.

Pero también hubo damas que viajaron por España durante el siglo XIX y que nos han dejado apasionantes descripciones de sus aventuras. Desde una perspectiva un tanto menos romántica, Lady Grosvenor en 1840 nos dice: “Por primera vez vimos la cordillera de Sierra Nevada, que se levantaba majestuosamente por encima de Granada, con sus cumbres cubiertas de nieve y después, al poco tiempo la propia Granada ya era visible, en el extremo de una inmensa llanura, la famosa Vega, ahora abandonada y baldía, anteriormente cubierta con fantásticas huertas y con una vegetación exuberante.

No había nada que pudiera ser más desesperante que el estado en el que se encontraba la carretera durante muchas millas por la Vega, solamente interrumpida por pequeños manojos de áridos arbustos, retamas, tomillo etc. La pista era como un lodazal arado, con frecuencia amenazando volcarnos. Granada, siempre tentadora, estaba ante nosotros.. pero parecía que nunca la alcanzaríamos”.

Otra dama, esta vez Dora Quillinan en 1845 lamenta haber pasado por la Vega sin ver nada, lloviendo a cántaros y envuelta en la oscuridad de la noche tanto cuando vino a Granada como cuando se fue rumbo a Málaga.

En 1850 Lady Tenison se instaló para pasar una temporada en un carmen en el Mauror y nos describe las vistas en estos términos: “Teníamos una terraza con un emparrado, donde pasábamos nuestros días a la sombra del exuberante follaje. Era un lugar precioso desde el que contemplar el magnífico paisaje, bañado por los brillantes tonos del sol poniente cuando se ocultaba por detrás de Sierra Elvira, vistiendo las montañas con un manto púrpura y arrojando un torrente de luz dorada  sobre La Vega”. Visitaron el Soto de Roma y a su vuelta esta viajera nos dice: “Al volver del Soto de Roma la carretera va bordeando la base de la montaña volcánica de Sierra Elvira, que se levanta como un centinela en la llanura, exenta y aislada de las demás montañas.

Sus áridas cumbres contrastan con la alegre vega alrededor, e incluso aquí, en su cara sur, se levantó la gran ciudad romana de Illiberis. Gradualmente fue perdiendo  importancia ante las mayores ventajas que ofrecía la floreciente ciudad de Granada y, ahora ha desaparecido completamente y no existe ni un sólo vestigio que marque el lugar en el que se encontraba.

En un lugar elevado, detrás del cual se supone que se encontraba la ciudad, se descubrió un gran cementerio hace unos cuantos años; fueron abiertas más de doscientas sepulturas, y se descubrieron algunos restos de los cimientos de antiguos edificios.

La mayoría de los sepulcros contenían esqueletos. Se descubrieron anillos de sello, magníficos brazaletes de oro y plata, ánforas y otros objetos. Todo esto, sin embargo ha desaparecido. Los campesinos de los pueblos del alrededor han encontrado en los joyeros el modo más lucrativo de disponer de sus tesoros, y estos a cambio los han fundido para hacer adornos modernos, sin tener en cuenta otra cosa aparte de su valor intrínseco.

Los sepulcros al haber sido violados de sus contenidos, han proporcionado una ventajosa ocupación durante un año de sequía, los han vuelto a tapar con tierra, y para el que pasa por allí, difícilmente puede ver algo de interés en los pequeños agujeros que están salpicados sobre un trozo de terreno baldío, sin que existan ningunas viviendas en los alrededores, salvo el horrible pueblo de Atarfe”.

William Edward Baxter entre 1850 y 51 cabalgando por las tierras de la Vega mientras entretenía su mente con históricas ensoñaciones nos dice: “En pleno centro de la Vega el caballero árabe Tarfe, saltando por encima de las barreras del campamento, arrojó su lanza tan cerca del pabellón real, que se estremeció en la tierra a oídos de los soberanos; allí Fernando Pérez del Pulgar respondió pegando sobre la principal mezquita de Granada una tablilla, con las palabras “Ave María”; allí Garcilaso de la Vega, en un único combate, mató a los más valientes guerreros musulmanes; allí se escuchó el poderoso grito de “Santiago, Santiago”, cuando la corte cristiana y el ejército vieron la cruz de plata, el monumento a la victoria, brillando con los rayos del sol, sobre la inmensa torre de la Alhambra. Con esta y otras hazañas estaba ocupada mi mente mientras que íbamos pisando este honroso terreno.

Parecía como si la época de las hazañas caballerescas hubiese vuelto; como si el Generalife pudiese una vez más exhibir el estandarte de la media luna, y los viñedos de la llanura otra vez proporcionaran lugar de acampada para los empenachados guerreros, los impávidos héroes que habían dejado sus huellas tan profundamente impresas “en las arenas del tiempo”.

En el mismo año, George John Cayley se sintió en un principio defraudado al acercarse a la Vega: “Difícilmente pudimos distinguir la Alhambra de la ladera de la colina. La famosa Vega, sobre una de cuyas esquinas la estábamos contemplando, era de un verde deslucido. El día estaba nublado, y el magnífico anfiteatro de montañas tenía un aspecto frío y monótono; además, nosotros estábamos acostumbrados a las montañas.

Sin embargo, cuando nos íbamos acercando, algunos rayos de sol encendieron destellos púrpura entre los lejanos picos, y rociaron luces esmeralda sobre la Vega, y aquí y allí, sacó a relucir brillantes torres y chapiteles, haciendo resaltar los pueblecillos que había salpicados por toda la llanura”.

El lector habrá observado que, si tenemos en cuenta los relatos de viajeros ingleses escritos en la primera mitad del XIX, sólo Lady Tenison hace referencia al pueblo de Atarfe, y, para hacerlo con la frase “salvo el horrible pueblo de Atarfe”, posiblemente hubiese sido preferible que no lo citara.

Puesto que Lady Tenison no justifica su opinión, es difícil concluir por qué llega a ella, pero, con toda seguridad, habría sido bien distinta de haber realizado su viaje en la actualidad, y haber contemplado el ordenado crecimiento urbanístico, empresarial, industrial etc.. del que es uno de los pueblos más activos de nuestra provincia.

FOTO: Plumilla de M. Antonia López-Burgos

Artículo editado por Corporación de Medios de Andalucía y el Ayuntamiento de Atarfe, coordinado por José Enrique Granados y tiene por nombre «Atarfe en el papel»