La generación sin suelo
España tiene un problema de vivienda. Pero decirlo así es ya parte del problema, porque nombrar algo como “problema de vivienda” es como reducirlo a una categoría técnica para confiarlo a los expertos. Se pierde de vista que debajo hay una herida antropológica que afecta a la capacidad de una sociedad para reproducirse, cuidarse y confiar en su propio futuro.
Lo que está ocurriendo pertenece a un orden más profundo que el mero encarecimiento de la vivienda. Una generación entera está siendo privada de la condición más elemental de la vida adulta; esto es, de un lugar desde el que vivir. No se trata de un bien de consumo que se adquiere si los ingresos lo permiten. Es el espacio donde se conforma la intimidad, donde se decide tener hijos y se construye una historia familiar. Sin él, la vida queda tan suspendida como una raíz que no encuentra suelo donde hundirse. Y una vida suspendida no es solamente una vida difícil. Es también una vida que no se funda ni se proyecta.
La medicina lo vive antes de que la política lo admitiera. Los determinantes sociales de salud –las condiciones en que se nace, se crece, se trabaja y se envejece– explican más de la mitad de los resultados en salud. La calidad de la vivienda, la inseguridad residencial y el estrés económico crónico tienen efectos directos sobre la salud mental, las enfermedades cardiovasculares y la esperanza de vida. Se ha dicho, con razón, que el código postal importa más que el código genético. De lo que no se discute es de la consecuencia política de esa frase. Si la vivienda es una de las grandes variables de salud pública, entonces la crisis de acceso a la vivienda es una crisis sanitaria. Y debería tratarse como tal, con la misma premura con que se trata una epidemia. En su lugar, se multiplican los discursos sobre la salud mental juvenil, sobre la soledad o la natalidad, pero no se establece la evidente conexión entre esos síntomas y la causa que los alimenta. Una generación condenada a encadenar contratos precarios y alquileres imprevisibles no puede mantener el equilibrio psicosomático. No por falta de resiliencia, sino porque incluso la resiliencia encuentra su límite en el hogar.
Sólo puede sostenerse el presente de una sociedad que tiene futuro; y ese futuro comienza en la vida doméstica. Sin ella, el sistema sanitario trata consecuencias que el sistema político fabrica. La inseguridad residencial crónica se asocia de forma documentada con trastornos de ansiedad y depresión, peores indicadores cardiovasculares y esperanza de vida reducida. El estrés crónico de no saber si el contrato se renueva, o el alquiler sube, activa de forma sostenida el eje del cortisol, con efectos deletéreos sobre el sistema nervioso y el inmune. Una juventud que vive en esa incertidumbre demora la descendencia, los cuidados saludables y los vínculos estables. Todo eso encierra una forma de negligencia estructural.
España carece de voluntad política para aceptar que el problema no se resolverá únicamente con control de alquileres o incentivos fiscales. Mientras no haya suelo suficiente, vivienda asequible y un enfoque que trate el hogar como una condición que garantizar, y no sólo como un mercado que regular, la crisis persistirá. La diferencia entre ambas concepciones es antropológica antes que técnica. Y si no se resuelve en ese nivel, los síntomas seguirán multiplicándose en las consultas, en las estadísticas de natalidad y, sobre todo, en esa forma silenciosa de desesperanza que no aparece en ninguna encuesta, pero que cualquier médico reconoce en la mirada de los pacientes más jóvenes. Un país que no les garantiza la posibilidad de fundar un hogar los condena a vivir de prestado. Les dice así, sin decirlo, que su vida no tiene aquí un lugar propio. Pero sólo se pertenece a aquello que puede habitarse sin fecha de caducidad. Y una sociedad que transmite ese mensaje a su generación más joven no está en crisis de vivienda. Está en crisis de futuro.
FOTO: Rosell
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