Se cumplen 50 años del nombramiento de Adolfo Suárez como presidente del Gobierno. En año olímpico, hizo acrobacias políticas para sentar las bases de la Transición

Hacía tiempo que el Gobierno de Carlos Arias Navarro tenía fecha de caducidad. En un viaje a Estados Unidos, el rey Juan Carlos I había calificado ese intento de franquismo sin Franco de “un desastre sin paliativos”. En la terna definitiva de hipotéticos sucesores había tres nombres: Federico Silva Muñoz, Gregorio López-Bravo y Adolfo Suárez. Ya conocemos el efecto Pou-Pou atribuido al ciclista Raymond Poulidor, el eterno segundo del Tour de Francia. Nadie se acuerda de los subcampeones. Pero la elección de Adolfo Suárez (Cebreros, 1932- Madrid, 2014) fue todo menos fácil.

Inicialmente había una coctelera con 32 candidatos. El nombre de Suárez lo propuso Miguel Primo de Rivera, nieto del dictador y sobrino del fundador de la Falange. Respondía al perfil cuyas características había señalado su gran valedor, Torcuato Fernández-Miranda: “Un hombre joven que ni había hecho la guerra, ni había escrito ningún libro, ni pertenecía a ninguna de las familias dominantes ni formaba parte de los círculos de poder”.

Entrecomillo esas palabras porque proceden del libro La soledad fue el precio, biografía de Carmen Díez de Rivera con la que su autora, Carmen Domingo, ha obtenido el premio Comillas de este año. Ella, como el propio Adolfo Suárez, también procedía de las entrañas del Régimen: era hija extramatrimonial de la marquesa de Yanzol con Ramón Serrano Suñer, cuñado de Franco y su ministro de Asuntos Exteriores durante el encuentro del dictador con Hitler en Hendaya.

Hoy se cumplen cincuenta años del nombramiento de Adolfo Suárez como presidente del Gobierno por el rey Juan Carlos I, que apenas llevaba siete meses como jefe del Estado. El 3 de julio de 1976 debería figurar en letras de molde en la historia de la democracia española. Si el 20 de diciembre de 1973, fecha del atentado contra Carrero Blanco, se produce la muerte simbólica de Franco y el 20 de noviembre de 1975 su muerte biológica, el 3 de julio de 1976 España asistirá al entierro político de la dictadura.

En su mandato, la sede de la Presidencia se traslada de la Castellana al Palacio de La Moncloa

El de 1976 fue el único verano que trabajé en Madrid. El primero de los cinco veranos que Adolfo Suárez vivió como presidente del Gobierno. El último fue el de 1980. El del referéndum andaluz del 28 de febrero que lo convirtió por estos lares en el malo de la película, en una suerte de Ben Laden del centralismo, un ogro que quería cercenar las ansias de libertad del pueblo andaluz sojuzgado durante siglos. Un nuevo Cánovas de Cebreros.

La suya era una vocación política imparable. En la entrevista que Sol Alameda le hizo para el libro Memoria de la Transición editado por El País, en la que estuvieron presentes Javier Tusell, Javier Pradera y el historiador Santos Juliá, Adolfo Suárez contaba que algunos compañeros suyos de Universidad tenían libros en cuyas dedicatorias constaba como “futuro presidente del Gobierno”.

 
Santiago Carrillo, con Carmen Díez de Rivera antes de un pleno en el Congreso.
Santiago Carrillo, con Carmen Díez de Rivera antes de un pleno en el Congreso. / Efe

Como todos los años bisiestos (en el anterior, 1972, nacía Pedro Sánchez) fueron años olímpicos y con Eurocopa. Ésta, marcada icónicamente por el gol de penalti a lo Panenka, fue un retrato-robot de la Europa que vendría después: se disputó en Yugoslavia, país que quince años después se desangraría con la guerra de los Balcanes. Ganó Checoslovaquia (la finalista de los Mundiales de 1938 y 1962), que todavía no eran dos, y perdió Alemania Occidental trece años antes de que con la caída del muro de Berlín en 1989 hubiera una sola Alemania. Los Juegos Olímpicos de Montreal empezaron dos semanas después del nombramiento de Adolfo Suárez. Fue el salto al estrellato de una gimnasta rumana de 14 años llamada Nadia Comaneci que años después huiría de su país rumbo a Estados Unidos.

La política no es una especialidad olímpica, pero Suárez tuvo que hacer verdaderas acrobacias. En la citada entrevista decía: “Teníamos una gran parte de ese pueblo en contra; parte de la gente que había estado vinculada al régimen anterior, y los que estaban en la ruptura, que también desconfiaban de mí”.

A sus compañeros de curso les dedicaba libros como “futuro presidente del Gobierno”

Los otros 31 candidatos se llevarían una decepción. Luis Lezama, en su historia de La Taberna del Alabardero, cuenta que José María de Areilza, ministro de Asuntos Exteriores del gobierno saliente, había reservado una mesa para celebrar con sus íntimos su seguro nombramiento. La figura de Suárez no se entiende sin la de los otros dos pilares de la Transición: el rey Juan Carlos I y Santiago Carrillo, ambos unidos por un puente que entre alambres fue diseñado por el propio Adolfo Suárez.

Al entonces príncipe Juan Carlos lo conoce cuando Suárez es director de programas de Televisión Española. Se tuteaban y llegará a confesar que cuando llega a la presidencia del Gobierno le costaba trabajo llamarle Majestad. Siendo director general de TVE, cesó por negarse a retransmitir en directo la boda de Alfonso de Borbón, primo de Juan Carlos, también pretendiente a la Corona, con una nieta de Franco.

Hombre de profundas convicciones religiosas, católico practicante, eligió un Sábado Santo para legalizar al Partido Comunista. 8 de abril de 1977. La razón es que todos sus ministros estarían apurando los días de vacaciones. Carmen Díez de Rivera fue fundamental en las conversaciones entre Suárez y Carrillo. Tan clandestinas como la propia situación legal del Partido Comunista.

Joaquín Bardavío lo cuenta con todo lujo de detalles en el libro Sábado Santo Rojo. Desde la entrada de Carrillo por la frontera el 7 de febrero de 1976 en un coche conducido por su amigo Teodulfo Lagunero con una peluca que le regaló el peluquero de Picasso hasta el encuentro entre los dos en un chalet de Aravaca el 27 de febrero de 1977. Había tres ministerios de los tres cuerpos del Ejército, todos con militares que habían participado en la guerra civil, “una guerra anticomunista”, como dirá el propio Suárez.

Consiguió que el PCE antes que el PSOE aceptara la Monarquía y la bandera

Entre ambas fechas, la detención de Carrillo el 22 de diciembre de 1976. El comisario le pregunta: “¿Ha pasado usted miedo?”. “Prefiero quedarme con la parte positiva de la experiencia”, le respondió Carrillo. “Lo que ha ocurrido en las últimas horas es un dato político que me confirma los propósitos de Adolfo Suárez de democratizar el país, pues en otro caso la solución hubiera sido eliminarme”. El Rey frena el conato de rebelión en los cuarteles y Suárez consigue de Carrillo que su partido, que ha tenido un comportamiento ejemplar tras el asesinato de cinco abogados del bufete de Atocha el 24 de enero de 1977, acepte la bandera, la Monarquía y la unidad de España… antes que el PSOE. “Felipe González tenía una utopía en la cabeza, mientras que Carrillo conservaba los pies en el suelo”, dirá Suárez.

Antes de trabajar con Suárez, Carmen Díez de Rivera estuvo unos años de cooperante en Costa de Marfil, trabajó en la Revista de Occidente y con el filósofo Xavier Zubiri. Fue jefa del Gabinete de la Presidencia, pero mantuvo con su jefe una relación muy tensa. Antes de las elecciones del 15 de junio de 1977, se afilia al PSP de Tierno Galván y asiste al mitin-fiesta del PCE. Dejó su trabajo con Suárez para volver a TVE, al No-Do, que todavía existía. La hija secreta de Serrano Súñer hizo su tesis doctoral sobre la Pasionaria.

Panenka ejecuta su mítico lanzamiento de penalti ante  Sepp Maier.
Panenka ejecuta su mítico lanzamiento de penalti ante Sepp Maier. / M. G.

En el mandato de Adolfo Suárez, la Presidencia del Gobierno se traslada desde Castellana, 3 hasta el Palacio de La Moncloa. “El nombramiento de Adolfo Suárez por el Rey fue interpretado como una catástrofe por todos”, escribe Alfonso Guerra en el primer volumen de sus memorias, Cuando el tiempo nos alcanza. “Todos nos equivocamos. Suárez sabía lo que quería hacer”. “¡Qué error, qué inmenso error!”, llegará a escribir Ricardo de la Cierva. El 13 de febrero de 1977, The New York Times le dedicaba un artículo al presidente del Gobierno: “… con su tenacidad, franqueza y atractivo de estrella de cine, ha llenado una especie de vacío político, desterrando el persistente fantasma de Franco. La elección de su amigo, Adolfo Suárez, antiguo funcionario de la burocracia política española, puede haber sido la decisión más inteligente del monarca desde que asumió el poder de Franco”. Juan Carlos I se equivocó en Botsuana, pero en eso acertó de pleno.

Fue el verano que murió la cantante Cecilia en un absurdo accidente de tráfico. El Madrid ganó la Liga, el Atleti la Copa, Quini consiguió el segundo de sus cinco Pichichis, el Bayern de Múnich su tercera Copa de Europa consecutiva. Inglaterra ganó el festival de Eurovisión. El 16 de julio de 1976 se inauguraba el servicio aéreo Moscú-Madrid. Los aviones rusos empezaban a aterrizar en el aeropuerto de Barajas, hoy Adolfo Suárez. Moscú y Madrid estaban más cerca. Como Suárez y Carrillo; uno llegó a la movida desde el Movimiento; el otro renegó de Stalin con el Eurocomunismo, consenso de hoz y martillo.

Francisco Correal

FOTO: Adolfo Suárez jura de su cargo como presidente del Gobierno ante el rey Juan Carlos. / EP

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