«LA ACCUA Y DON ALHAMBRO» por Remedios Sánchez

Ya avisaba Federico García Lorca en la revista ‘Gallo’ que, en Granada, dos y dos nunca acaban por ser cuatro; son dos y dos siempre, nos pongamos como nos pongamos, y no hay más que hablar.

Lo que en cualquier otro lugar se antoja razonable por pura lógica, ya sea académica o de sentido común, aquí casi nunca sucede. O, al menos, no sucede de primeras, por la vía del entendimiento racional. Lo digo a cuenta de los señores de la Agencia para la Calidad Científica y Universitaria (ACCUA) y de su valoración de las propuestas presentadas por la Universidad de Granada, sobre las que afirman que no cumplen los mínimos exigidos. Ninguna de las cinco. No sé por qué, pero empezamos a tener la impresión de que no les caemos especialmente simpáticos.

Con este calor de cuarenta grados a la sombra, habrá quien piense que la columna del lunes anda esta semana a medio camino entre la suspicacia y el quejío melancólico del carácter arquetípico granadí. Pero nadie negará que es extraño -cuando menos- que ninguno de los investigadores que lideran los proyectos cumpla con los estándares de relevancia internacional exigidos. Da igual que firmen sus artículos con premios Nobel de sus correspondientes disciplinas, eso parece ser irrelevante para la puntuación final; o, como ha explicado el rector Pedro Mercado, que en convocatorias similares nacionales o europeas, estos mismos catedráticos especialistas hayan cumplido con creces esa condición de excelencia estratégica. Quizá es que aquí la estrategia es otra y no nos hemos enterado bien. Que también puede ser.

Si fuera la primera vez, podríamos pensar que se trata de una metedura de pata, aunque sea una de siete millones y medio de euros. Pero resulta que, desde la misma ACCUA, el año pasado frenaron la incorporación de los grados de Inteligencia Artificial y de Ingeniería Biomédica en la UGR, mientras que sí los apoyaron en centros privados de menor influencia y repercusión.

Ahí reside el asunto: en perseverar en el daño, en reiterar esta muestra de poco aprecio hacia una universidad cinco veces centenaria, que es, además, una de las cinco primeras de España y la principal andaluza en los rankings mundiales. Y llama aún más la atención que hayan dejado sin invertir diecisiete millones de euros en investigación científica en Andalucía, como si no apoyar a equipos de trabajo punteros situados en el selecto grupo del 2% de los más citados estuviera dentro de lo razonable y por lo tanto, no fuera a tener consecuencias. Porque aquí hablamos de mucho dinero, sí, pero tampoco el intento de bofetada institucional es aceptable.

Cuesta comprender en qué pensaban los evaluadores, esos teóricos expertos independientes, emitiendo estos informes tan peregrinos; si creyeron que el personal iba a callarse mansamente en vez de evidenciar que cualquier parecido entre sus aseveraciones y la realidad es pura coincidencia, por expresarlo suavemente. Es decir: que han fusionado juego y mentira y el gallo de don Alhambro, todo en uno y seguramente esperaban silencio. Por eso, en este contexto, la hora inmensa del granadinismo inmemorial no puede dedicarse a mirar el paisaje, ni a beber agua, ni a girar el bastón. Tampoco al lamento. Obliga a tomar decisiones y a exigir que se reformule un organismo que con demasiada frecuencia perjudica los intereses científicos y el prestigio acreditado de una comunidad entera.