Empiezo a redactar este artículo cuando son las cinco de la tarde del 19 de julio de 2026, a pocas horas de que la Selección Española de fútbol dispute la final del Campeonato del Mundo frente a la Selección Argentina. Desde hace días, una marea roja recorre calles, balcones, escaparates y conversaciones. Se preparan camisetas, bufandas, banderas, reuniones familiares y viandas. Los bares cuelgan el cartel de completo y en miles de hogares se retrasa la cena para asistir a uno de esos escasos acontecimientos capaces de detener el tiempo.

No soy futbolero. Nunca lo he sido. Pero confieso que la emoción también me invade. Siempre me ha fascinado la capacidad que tiene una simple pelota, un campo de césped y veintidós jugadores intentando introducirla en sendas porterías para conseguir lo que la política, la religión, la ciencia o casi medio siglo de democracia apenas han logrado: hacer que millones de personas se sientan parte de un mismo proyecto común. Una inmensa marea roja tras la que, durante noventa minutos, desaparecen las diferencias.

Hoy ya puedo decir que España se proclamó campeona del mundo. Que aquella noche y los días posteriores seguimos abrazándonos a desconocidos, celebrando un gol junto a personas de distintas culturas, religiones e ideologías. La España de las trincheras se pareció, por unas horas, mucho más a una comunidad que a un campo de batalla. Será un sentimiento efímero, no me cabe duda, pero mientras dure pienso disfrutarlo como un niño, con poca convicción futbolística y mucha alegría.

Dentro de unos días volveremos a lo de siempre. Regresarán las tertulias, los insultos en las redes sociales, las banderas enfrentadas y los discursos inflamados. Pero durante unos días todo ha quedado suspendido por el vuelo caprichoso de un balón.

Mientras observo este fenómeno inevitable, no puedo evitar acordarme de la figura deleznable de Antonio Vallejo-Nájera, el psiquiatra del franquismo que creyó descubrir un supuesto «gen rojo». Aquella teoría nunca fue ciencia; fue la coartada intelectual de una persecución. Pretendía explicar el compromiso con la igualdad, la justicia social o la libertad como si fueran una anomalía biológica que debía corregirse. Nunca existió tal gen. Existió, eso sí, el miedo a quienes soñaban con una sociedad más justa.

Y, sin embargo, estos días el rojo ha inundado España. Nos hemos sentido orgullosos de nuestro país. Millones de personas han vestido de rojo, han agitado banderas con ese color como protagonista y han celebrado hasta quedarse sin voz el triunfo de una selección que ha demostrado que también se puede ganar desde la humildad, el esfuerzo colectivo y el respeto. Qué ironía. El mismo color que durante décadas sirvió para señalar, perseguir y condenar se ha convertido, aunque solo sea por unos días, en el color de la alegría compartida.

Si realmente existiera ese gen rojo, me declararía portador sin necesidad de hacerme ninguna prueba genética. Porque soy rojo. Lo soy por elección y no por herencia. Lo soy porque sigo creyendo en la sanidad pública, en la educación pública, en la memoria democrática, en los derechos laborales y en una sociedad que mide su progreso por la dignidad de quienes menos tienen. Ese es el único rojo que reconozco y del que me siento profundamente orgulloso. También me siento orgulloso de una selección y de un cuerpo técnico que han sabido representar a nuestro país desde la humildad, el respeto y el trabajo en equipo.

Me pregunto si no deberíamos dedicar menos esfuerzo a discutir sobre quiénes somos y más a conservar aquello que, aunque solo sea durante unos días, nos recuerda que seguimos compartiendo el mismo país. Quizá el mayor misterio del fútbol no sea cómo entra un balón en una portería. Quizá el verdadero misterio sea por qué necesitamos una final de un Mundial para descubrir que la convivencia era posible.

Ojalá algún día celebremos con la misma pasión esos valores que, para muchos, siempre han sido el auténtico significado del rojo.