‘Hadhia’, la frontera invisible a la que se enfrentan los migrantes expulsados de Europa cuando vuelven a Marruecos
El fracaso del proyecto migratorio vivido en el exterior lleva a la vergüenza, al rechazo familiar y al estigma al retornar a Marruecos.
Una media de unos 10.000 ciudadanos marroquíes migrantes retorna al país magrebí cada año, expulsados de Europa o forzados a volver por falta de regularización.
Sin embargo, el regreso no termina necesariamente cuando el migrante cruza de nuevo la frontera. Más bien es entonces cuando comienza otro proceso: la rendición de cuentas ante su propia comunidad. Una vez en Marruecos, sufren la mirada social de su entorno que observa, evalúa y juzga al migrante que vuelve sin dinero ni estatus.
Así, se enfrentan a una difícil reintegración no solo en el ámbito económico o administrativo, sino también en el social. La Organización Internacional de Migraciones (OIM) señala que el estigma asociado al estatus del migrante retornado y la exclusión social constituyen obstáculos importantes para la reintegración.
Les resulta difícil tener que situarse de nuevo dentro de un entramado de familia, vecinos y comunidad, y explicar qué ha ocurrido durante su ausencia y por qué han vuelto.
En su trabajo de campo en Marruecos, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), un foro internacional que ayuda a los gobiernos a coordinar políticas para mejorar el bienestar económico y social de las personas, documenta que los retornados atraviesan una fase en la que intentan justificar su vuelta ante familiares y vecinos y comprender cómo es percibido por ellos.
Situación muy diferente en la mayoría de los casos a la que presentan los retornados forzosos. Algunos de ellos, a pesar de recibir apoyo económico y de permanecer en sus casas familiares, manifiestan no sentirse comprendidos ni acogidos por su propia familia y terminan llevando una vida relativamente aislada. Mientras otro migrantes rechazados evitan regresar precisamente por el escrutinio familiar y los sentimientos de culpa y vergüenza.
Vergüenza de retornar sin éxito
En ese contexto surge el término hadhia. Aunque significa “regalo” en árabe marroquí, aparece constantemente al hablar con las personas migrantes tras su retorno. Porque figurativamente engloba las expectativas sobre lo que un buen migrante debe hacer: enviar dinero, ayudar a la familia, llevar regalos, mejorar la casa, financiar estudios, contribuir a celebraciones, etcétera.
El regalo es la prueba material de que la migración ha funcionado. Si el joven vuelve de Europa con ropa, dinero, teléfono, perfumes o cualquier otro objeto asociado a Occidente, está llevando consigo una narración de éxito. Si vuelve con las manos vacías, la ausencia del regalo también cuenta una historia.
Por ejemplo, Bader Oumina (27 años) llegó a Canarias en una patera desde la costa atlántica marroquí. Estuvo en una ONG, después cobijado en una iglesia de Lanzarote y después de cinco años, cuando aprendió a hablar español, encontró un trabajo y normalizó su situación en España, regresó de vacaciones a su pueblo natal, Beni Melal, donde fue recibido como un héroe. En una entrevista en Arrecife explicaba que todo el pueblo se volcó en su llegada y que le organizaron una fiesta que parecía una boda. Toda la comunidad se sentía orgulloso de él, y fue un regalo para sus padres, que le habían costeado el proyecto migratorio.
Al contrario, cuando alguien es devuelto desde Europa contra su voluntad o porque no encuentra un bienestar, esa lógica se rompe de golpe: vuelve sin haber completado el proyecto migratorio y, en muchos casos, sin los recursos que se esperaba que generara. Ahí aparece el sentimiento de vergüenza.
Vacío institucional en Marruecos
Los que no tienen la suerte de Bader se enfrentan a una vulnerabilidad multidimensional agravada por el vacío institucional y falta de políticas públicas. Son ciudadanos marroquíes por derecho, pero ninguna institución pública los reconoce como una categoría específica.
Ni la principal institución estatal de acción y asistencia social, la Ayuda Mutua Nacional (Entraide Nationale) ni la Agencia Nacional para la Promoción del Empleo y las Competencias (ANAPEC) disponen de las herramientas necesarias para identificar o apoyar a estos migrantes. Incluso las estadísticas no reflejan la migración de retorno.
El Comité Europeo para la Formación y la Agricultura (CEFA), que desarrolla programas enfocados en la integración socio-cultural, la inserción laboral y el apoyo a personas migrantes en Marruecos, se centra en la problemática de la migración de retorno con proyectos específicos porque regresar a casa no significa volver a la vida de antes.
“Muchos de los que apoyamos nos suplican: Por favor, no le digan a mi familia que me han deportado. Díganles que solo estoy de vacaciones”, compartió Jamal Boutbagha, animador territorial de CEFA, en un taller en Rabat organizado este año con la Red Marroquí de Periodistas de Migración (RMJM).
Esta petición de discreción refleja la intensidad de la presión ejercida por sus familias. La inversión familiar realizada para financiar su partida, entre préstamos, hipotecas y movilización de ahorros colectivos, transforma su regreso en una traición a los ojos de sus seres queridos, explica esta organización italiana.
Fracaso y remigración
De esta manera, quienes partieron “para triunfar” y regresan sin dinero, sin estatus, a veces sin documento nacional de identidad, se enfrentan a un veredicto colectivo inequívoco: el fracaso.
Son impactantes las conclusiones del periodista y escritor Hicham Houdaifa, miembro de RMJM, tras pasar cuatro años trabajando en un proyecto de campo en Hay Sbata (Casablanca). Describe una realidad de hacinamiento y falta de privacidad, donde el regreso del migrante no provoca una oleada de solidaridad, sino más bien un reflejo de rechazo.
En un sistema superpoblado, donde varios familiares comparten la casa heredada, el migrante que regresa no es percibido como un miembro más, sino como un intruso. “Imaginen a un hombre de treinta o cuarenta años que ni siquiera tiene su propio espacio privado… ni siquiera experimenta la privacidad”, describieron desde CEFA en el terreno.
Atrapados en un círculo vicioso, sin ingresos para alquilar una vivienda en otro lugar, sin documento de identidad para obtener un permiso de residencia, sin permiso de residencia para renovar su documento de identidad, el migrante que regresa se hunde cada vez más en lo que Jamal Boutbagha describió como un “círculo vicioso administrativo y social” del que algunos solo escapan recurriendo a la calle.
Igualmente, compartió el caso de un profesor universitario que llevó a sus hijos a España con visados de turista para “abandonarlos” en un centro de acogida, pensando que les estaba dando un futuro, antes de volver solo a Marruecos. “A su regreso, estas experiencias se convierten en problemas duraderos: depresión, insomnio, pérdida de confianza y conductas adictivas”, lamentó Jamal Boutbagha.
Algunos migrantes recibieron atención psiquiátrica en el país de acogida, con medicación regular. “En Europa, recibía tratamiento psiquiátrico. En Marruecos, no tiene ni los medios para consultar a un médico ni acceso a la medicación que tomaba allí, porque simplemente no está disponible aquí”, explicó Boutbagha.
Por supuesto, las mujeres están expuestas a vulnerabilidades específicas. Su viaje migratorio está marcado por un mayor riesgo de violencia física y sexual. A su regreso, se enfrentan a un doble obstáculo: la sociedad marroquí es más reacia al regreso de una mujer que al de un hombre, y las familias tienden a confinar a la mujer que regresa al ámbito doméstico.
“Aceptamos el regreso de un hombre, pero no el de una mujer. Y si la aceptamos, la confinamos a casa y le impedimos salir”, confesó Boutbagha. Además, cuando una mujer regresa con un hijo, las puertas a la reintegración se cierran aún más.
Sanidad, lazos familiares y anonimato
No obstante, los migrantes que llegan a Marruecos en muchas ocasiones vuelven a migrar. Jamal Boutbagha identifica tres razones que desafían la idea preconcebida de una motivación exclusivamente económica.
La primera es el acceso a la atención médica. La percepción de una brecha en la calidad de los servicios sanitarios es un factor en el apego emocional a Europa que las políticas de retorno no tienen en cuenta. “Un migrante me dijo: Allá, incluso sin papeles, voy al hospital, recibo tratamiento y me dan la medicación gratis. Aquí, si no tengo dinero, me muero en la puerta”, narró Boutbagha en el taller de Rabat.
El segundo factor es la propia hadhia. En Europa, incluso en situaciones precarias, estas personas disfrutan de un anonimato liberador. En Marruecos, se sienten vigiladas por sus vecinos, familiares y comunidad. La posibilidad de vivir sin ser juzgadas representa una forma de libertad a la que se niegan a renunciar.
El tercer factor son los lazos familiares forjados en Europa (hijos y cónyuges que se quedaron atrás), que crean un ancla emocional que ningún billete de avión puede romper.
Sonia Moreno
FOTO: Migrantes marroquíes esperan en el muelle de Arguineguín, Gran Canaria, a que se liberen plazas en el colapsado sistema de acogida, en 2020, en una imagen de archivo. Jairo Vargas
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